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Miércoles de la Octava de Pascua


14 abril 2014
Sección: Ciclo B, Evangelio, Pascua

Lucas 24, 13-26

Autor: Pablo Cardona

«El mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Y conversaban entre si de todo lo que había acontecido. Y sucedió que, mientras comentaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos; pero sus ojos estaban incapacitados para reconocerle. Y les dijo: ¿Qué conversación lleváis entre los dos mientras vais caminando? Y se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, de nombre Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días? El les dijo: ¿Qué ha pasado? Y le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo: cómo los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron. Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas. Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado porque fueron al sepulcro de madrugada y, al no encontrar su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, los cuales les dijeron que está vivo. Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron. Entonces Jesús les dijo: ¡Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?» (Lucas 24, 13-26) 

1º. Jesús, estos dos discípulos vuelven derrotados, entristecidos. Esperaban la redención de Israel como liberación temporal del dominio de los romanos. No habían llegado a entender que eres el Hijo de Dios hecho hombre. Eras para ellos «un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo,» un hombre sabio y poderoso, pero hombre al fin y al cabo.

Por eso, una vez muerto, todo ha acabado.

Y, finalizado el descanso obligado por el sábado, regresan a su pueblo, a las ocupaciones que tenían antes de que, atraídos por tus milagros y tus palabras, decidieran dejarlo todo para seguirte.

Están tan hundidos que no creen las primeras noticias de la resurrección que trajeron las mujeres, y luego Pedro y Juan, que fueron los siguientes en ir al sepulcro.

Juan creyó al ver el sepulcro vacío: «vio y creyó».

Sin embargo, los discípulos de Emaús comentan incrédulos: «pero a él no le vieron».

Ni siquiera a Pedro hacen caso, y se vuelven.

Todo ha acabado.

2º. «Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos.

Jesús, en el camino. ¡Señor qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria”. (Amigos de Dios, 313.)

Jesús, cuando parece que nada tiene remedio, allí estás Tú.

Y si me olvido de Ti y me alejo de tu Iglesia -de Pedro y los demás apóstoles-, te haces el encontradizo, apareces de las formas más comunes y diversas: un amigo, un libro, un hecho que me hace pensar, una pequeña conversión sin motivo aparente…

«Jamás daremos gracias suficientemente por este don, en virtud del cual Cristo se ha convertido en «nuestro compañero de camino» (…). En medio de las sombras que a veces parecen condensarse sobre la humanidad, sobre la convivencia social, sobre la civilización misma del hombre, también nosotros pedimos, impelidos por el impulso del Espíritu: «Quédate con nosotros, Señor porque atardece» (Lucas 24, 29) (Juan Pablo II, Regina Coeli, 3-V-1981).

Si a veces no te reconozco es porque estoy esperando una manifestación espectacular y brillante; o tengo la mirada turbia; o el corazón enganchado y tardo para creer.

Concédeme, Jesús, laingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, para reconocerte en los acontecimientos de cada día.

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