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Martes. 27 Semana del Tiempo Ordinario


2 octubre 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Lucas 10, 38-42

«Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con los múltiples quehaceres de la casa y poniéndose delante dijo: «Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude». Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. En verdad una sola cosa es necesaria. Así, pues, María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada». (Lucas 10, 38-42).

1o. Jesús, las dos hermanas de hoy -Mana y María- representan dos maneras no contrapuestas de vivir la vida cristiana.

Marta está preocupada y atareada por el «trabajo de la casa». Tú vienes acompañado de tus apóstoles y las santas mujeres, por lo que la visita

debía suponer bastante actividad en la acomodación de todo el grupo. Marta trabaja con esfuerzo para servirte como te mereces.

Pero no llega a todo, y le molesta que su hermana esté tan tranquila, sentada a tus pies.

María, «escuchaba tu palabra». No quería perder aquella oportunidad: el Maestro había escogido su casa para

pasar la noche; Dios estaba presente.

Ante esta maravilla, María no se aparta ni un instante de Ti, bebiendo cada frase, cada palabra, cada gesto de quien es el Amor de sus amores.

Marta se dedica con alma y cuerpo a servirte, Jesús, a través de su trabajo material.

María también se dedica con alma y cuerpo a servirte, contemplando tu rostro y meditando tus palabras.

Marta es la vida activa; María es la vida contemplativa.

Ambas vidas son vidas de servicio y amor a Ti, pero «María ha escogido la mejor parte».

Más que cualquier servicio material, quieres que sepa tenerte presente en mi vida: que te contemple, que medite tu palabra, que sea alma de oración.«Marta, en su empeño de aderezarle al Señor de comer, andaba ocupada en multitud de quehaceres. María, su hermana, prefirió le diese a ella de comer el Señor. Olvidóse, pues, en cierto modo, de su hermana, tan ajetreada por la complicación del servicio, y sentóse a los pies del Señor donde, sin hacer nada, escuchaba su palabra. Con oído discretísimo había oído decir: «Estaos quedos, y ved que yo soy el Señor». La otra se consumía, ésta comía; la otra disponía muchas cosas, ésta sólo miraba una sola» (San Agustín).

2o. «Para acercarse al Señor a través de las páginas del Santo Evangelio, recomiendo siempre que os esforcéis por meteros de tal modo en la escena, que participéis como un personaje más. Así -sé de tantas almas normales y corrientes que lo viven-, os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes hasta la más pequeñas» (Amigos de Dios.-222).

Jesús, no es que estés en contra del trabajo de Marta. En el fondo, el cuidado de la casa fue el trabajo diario de tu Madre, «la llena de

gracia» (Lucas 1,28), la persona más santa y, por tanto, más unida a Ti. Pero la Virgen no perdía la presencia Dios, la contemplación, la oración, cuando

trabajaba. Y por ello, en medio de las actividades normales de la vida doméstica, tu Madre

también había escogido «la mejor parte». Jesús, quieres dejarme claro con la escena de hoy que «una sola cosa es

necesaria»: la vida de oración. Por eso es tan importante que sepa convertir -como la Virgen Maria- mi trabajo en

oración.

No es suficiente con hacer muchas cosas, ni cuenta más el trabajo de mayor categoría humana.

A tus ojos, vale más el trabajo hecho con mayor amor, el trabajo hecho en presencia de Dios, realizado con la mayor perfección posible y con espíritu de servicio.

Jesús, si sólo «una cosa es necesaria», y esta cosa es la oración, tendré que rezar más, e intentar tenerte presente durante todo el día.

Y para ello, necesito retirarme algunos minutos cada jornada, sentarme a tus pies como María, la hermana de Marta, y escuchar tus palabras, a través de las páginas del Santo Evangelio, participando en esas escenas como un personaje más.

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