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Lunes. 20 Semana del Tiempo Ordinario


14 agosto 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Mateo 19, 16-22

Autor: Pablo Cardona

«Y se le acercó uno, y le dijo: Maestro, ¿qué cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna? El le respondió: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el bueno. Por lo demás, si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos. Le preguntó: ¿Cuáles? Jesús le respondió: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Díjole el joven: Todo esto lo he guardado. ¿Qué me falta aún? Jesús le respondió: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos; luego ven y sígueme. Al oír el joven estas palabras se marchó triste, pues tenía muchas posesiones.» (Mateo 19, 16-22)

1º. Jesús, hoy considero contigo la escena del joven rico.

Quería saber qué «cosas buenas» debía hacer para ser santo, para «alcanzar la vida eterna».

Tu respuesta es sencilla: «guarda los mandamientos.»

Algunos mandamientos están escritos en forma negativa no porque se trate de «no hacer» cosas malas, sino porque el único límite está en el mínimo.

Guardar los mandamientos -que es más que el simple cumplir- consiste en hacer cosas buenas, y ahí -en lo positivo- no hay límite.

«El Decálogo se comprende ante todo cuando se lee en el contexto del Éxodo, que es el gran acontecimiento liberador de Dios en el centro de la antigua Alianza. Las «diez palabras», bien sean formuladas como preceptos negativos, prohibiciones, o bien como mandamientos positivos (como «honra a tu padre y a tu madre»), indican las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un camino de vida» (C. I. C.-2057).

No hay límite en amar a los padres o al prójimo; no hay límite en la virtud de la sinceridad, de la pureza o de la justicia; y mucho menos hay límite en amar a Dios sobre todas las cosas.

«¿Qué cosas buenas debo hacer? Guarda los mandamientos».

Jesús, que no me confunda: guardar los mandamientos no es un conjunto de limitaciones, sino una guía, un compendio de direcciones que debo seguir para «entrar en la Vida.»

Esas direcciones que marcan los mandamientos son las virtudes; especialmente las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- y las virtudes morales -prudencia, justicia, fortaleza y templanza-.

Mi vida cristiana consiste en luchar por mejorar en las virtudes.

Por eso, la Iglesia no proclama santa a una persona sin demostrar antes que ha vivido las virtudes en grado heroico.

2º. «Me dices, de ese amigo tuyo, que frecuenta sacramentos, que es de vida limpia y buen estudiante. -Pero que no «encaja»: si le hablas de sacrificio y apostolado, se entristece y se te va.

No te preocupe. -No es un fracaso de tu celo: es, a la letra, la escena que narra el Evangelista: «si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres» (sacrificio)… «y ven después y sígueme» (apostolado).

El adolescente «abiit tristis» -se retiró también entristecido: no quiso corresponder a la gracia» (Camino.-807).

Jesús, guardar los mandamientos, crecer en las virtudes, es un programa válido para todo cristiano.

La llamada a la santidad es universal: de todos esperas esa lucha por vivir las virtudes en grado heroico.

Pero a algunos les pides más, dándoles una gracia interior que les hace preguntarse: «¿qué me falta aún?»

¿No podría hacer más por Ti?

«Vende cuanto tienes y dalo a los pobres; luego ven y sígueme.»

Jesús, cuando llamas a alguien a seguirte más de cerca, no le pides solamente unas cosas buenas, sino todo: recursos materiales, ilusiones profesionales, tiempo, y -sobre todo- el corazón; ese corazón que has creado para amar y que, al entregártelo, se hace aún más capaz de amar.

De esta manera, Jesús, el apóstol vive en el mundo con un corazón ensanchado, engrandecido por tu cercanía y por el trato íntimo contigo, pues Tú eres el verdadero Amor.

Y ese Amor se vuelca en obras de caridad para con las demás personas, y tiene como fruto característico la alegría: una alegría inmensa -lo contrario de la tristeza con la que se marchó el joven rico- que nada ni nadie puede arrebatar.

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