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Lunes. 1º Semana del Tiempo Ordinario


6 enero 2014
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Marcos 1, 14-20

Autor: Pablo Cardona

«Después de haber sido apresado Juan, llegó Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: El tiempo se ha cumplido y está cerca el Reino de Dios; haced penitencia y creed en el Evangelio.

Y, al pasar junto al mar de Galilea, vio a Simón, y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar; pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: Seguidme, y os haré pescadores de hombres. Y, al instante, dejaron las redes y le siguieron. Y avanzando un poco, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que remendaban las redes en la barca. Y en seguida los llamó. Y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.» (Marcos 1, 14-20) 

1º. Hoy empieza lo que la Iglesia llama el tiempo ordinario.

Este tiempo ocupa las partes del año que no son Adviento, Navidad, Cuaresma o Pascua.

Parece que durante este tiempo -que es la mayor parte del año- no pasa nada importante, y que por ello recibe el nombre de «ordinario».

Sin embargo, Jesús, Tú quieres enseñarme a convertir lo ordinario en extraordinario; lo que parece que no tiene valor, en joya de gran precio. Pero ¿cómo puedo aprender a hacer esto?

«Haced penitencia y creed en el Evangelio.»

Para convertir lo ordinario en extraordinario -lo humano en divino- he de comenzar por convertirme yo primero: he de dejar de ser tan mundano y mirar a Dios cara a cara, con la mirada limpia.

Y para poder convertirme de verdad necesito hacer oración.

«En la oración tiene lugar la conversión del alma hacia Dios, y la purificación del corazón» (San Agustín).

Jesús, si trato de hacer la oración cada día, Tú podrás acercarte a mí y -como a los apóstoles- me dirás: sígueme.

Si quiero de verdad ser cristiano, si quiero aprender de Ti, parecerme a Ti, he de seguirte más de cerca.

Y para seguirte, seguramente tendré que dejar cosas en el camino: esas redes que me atan a mis planes y deseos personales, tal vez lícitos, pero excesivamente egoístas para un apóstol.

 

2º. «No tengas miedo, ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar por una falsa prudencia.

La llamada a cumplir la Voluntad de Dios -también la vocación- es repentina, como la de los Apóstoles: encontrar a Cristo y seguir su llamamiento…

-Ninguno dudó: conocer a Cristo y seguirle fue todo uno» (Forja, 6).

Jesús, en el Evangelio aparecen personajes que te buscan, haciendo tal vez largos viajes para encontrarte, como los Reyes de oriente.

Otros envían mensajeros.

Alguno, como el paralítico, es llevado a Ti por sus amigos.

También están los que te encuentran sin querer, como Simón de Cirene cuando es obligado a llevar tu Cruz.

Hoy, el Evangelio habla de un caso distinto a todos estos: Tú mismo te acercas y llamas.

Jesús, te has metido en mi vida casi sin darme cuenta.

Yo he hecho bien poco por buscarte, por conocerte.

Pero te has acercado a mi orilla y, como a los apóstoles, me has dicho: sígueme.

En otras palabras: Tú, en medio de tus circunstancias personales, también estás llamado a ser santo, a ser otro Cristo.

Y tras el primer sobresalto, parece que me dices: «No tengas miedo ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar de una falsa prudencia.»

Jesús, me doy cuenta de que, por ser cristiano, quieres que sea santo, apóstol tuyo «-pescador de hombres-» en mi familia, en mi trabajo, entre mis amigos y conocidos.

Que no dude, que no me quede en mi barca -en mi vida, en mis cosas-; que te siga de cerca.

Y entonces, me enseñarás a vivir lo ordinario -mi vida ordinaria- de modo extraordinario.

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