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Jueves después de cenizas


27 febrero 2014
Sección: Evangelio, Festividades

Lucas 9, 22-25

Autor: Pablo Cardona

«Y añadió: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea condenado por los ancianos, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y que sea muerto y resucite al tercer día. Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; el que, en cambio, pierda su vida por mi, ése la salvará. Porque ¿qué adelanta el hombre si gana todo el mundo, pero se pierde a si mismo, o sufre algún daño?».(Lucas 9, 22-25)

1. «El que quiera salvar su vida, la perderá; el que, en cambio, pierda su Vida por mí, ése la salvará».

Jesús, ésta es una de las verdades que me cuesta ver: ¿cómo voy a ser feliz a través de la renuncia, de negarme a mí mismo, a mis gustos, a mis caprichos, a mis placeres y ambiciones?

Parece un contrasentido eso de querer coger la cruz cada día. ¿No habrá que buscar un equilibrio entre una cosa y otra?

Jesús, me das la respuesta un poco más abajo: « ¿qué adelanta el hombre si gana todo el mundo, pero se pierde a sí mismo?»

Lo importante no es tener cosas, sino que mi vida tenga un sentido, una utilidad, una misión que la llene.

Y cuanta más alta sea la misión, más llena estará mi vida.

No existe una situación más frustrante que la del que lo tiene todo pero no tiene a nadie, «porque no es dichosa la posesión de un bien cuando de él se goza en soledad». (San Buenaventura).

El que está solo, ya se puede engañar con todas las comodidades materiales, que se está perdiendo lo mejor.

No hay nada que dé más sentido a una vida que el amor a otra persona.

Señor, nos has hecho así y Tú lo sabes bien, porque estamos hechos a tu imagen y semejanza.

Nada llena más que darse a otro sin buscarse a uno mismo.

Y esto se cumple tanto en el amor entre los novios y entre los esposos, como en el amor entre los verdaderos amigos, o en el amor entre cada uno y Dios.

Pero Tú sabes, Jesús, que este amor verdadero significa entrega, renuncia a uno mismo, donación. Esa es la dinámica del amor espiritual, que se contrapone a la del «amor» material o egoísmo. El primero busca darse, el segundo sólo se contenta con recibir.

 

2º. «Nadie es feliz, en la tierra, hasta que se decide a no serlo. Así discurre el camino: dolor; ¡en cristiano!, Cruz; Voluntad de Dios, Amor; felicidad aquí y después, eternamente».(Surco.-52).

Jesús, éste es el mensaje que me quieres transmitir cuando me dices: «el que pierda su vida por mí, ése la salvará».

Sólo cuando me decida a no pensar en mí, en mi felicidad egoísta, descubriré la verdadera felicidad aquí y, después, eternamente.

No se trata de ser infeliz en la tierra para llegar a ser feliz en el cielo.

Se trata de ser felices de verdad en la tierra, porque -entre otras cosas- sólo el que haya aprendido a ser feliz aquí, podrá disfrutar en la otra vida.

El egoísta no tendrá cielo por su propia incapacidad de ser feliz, y no por un especial capricho divino.

Por eso he de aprender a perder la vida, a saber sufrir, ofreciendo esos sacrificios por amor a Ti.

He de aprender a buscar la cruz cada día.

Es un comportamiento que no viene solo, sino que se va adquiriendo a base de repetición de actos.

Una manera concreta de ir aprendiendo es luchar por trabajar bien, con constancia, con orden, muchas horas; pero no por el egoísmo de ganar el mundo, sino con la intención de hacer tu voluntad.

Jesús, a veces me engaño y me digo: no puedo hacer más, me merezco un descanso; este fin de semana, no toco un libro; si acabo bien este trabajo, nadie se va a enterar y, por tanto, no vale la pena; etc…

Y no me doy cuenta de que esas compensaciones que me tomo para «vivir mejor», no me acaban de llenar y, en ocasiones -al no hacer lo que debo- son causa de fracasos escolares o profesionales.

En cualquier caso, la falta de generosidad lleva al egoísmo, y el egoísmo lleva a la muerte espiritual.

Ayúdame Jesús a querer perder la vida por Ti, pues ésa es la única manera de ganarla.

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