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Jueves. 32 Semana del tiempo ordinario


10 noviembre 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Lucas 17, 20-25

Autor: Pablo Cardona

«Interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Rei­no de Dios, él les respondió: «El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: vedlo aquí o allí; porque, mirad, el Reino Dios está ya en medio de vosotros». Y dijo a los discípulos: «Vendrá un tiempo en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Entonces os dirán: “Vedlo aquí, o vedlo allí”. No vayáis ni corráis detrás. Pues, como el relámpago fulgurante brilla de un extremo a otro del cielo, así será en su día el Hijo del Hombre. Pero es necesario que antes padezca mucho y sea reprobado por esta generación». (Lucas 17, 20-25)

1º. Jesús, los fariseos esperaban un Reino de Dios en la tierra: un reino político que pondría fin a la dominación romana con gran po­der y signos extraordinarios.

Si Tú eras de verdad el Mesías, ¿cuándo ibas a empezar este reino?

Hacía falta organizarse; diseñar pla­nes para tomar el poder; reunir tal vez un ejército.

Jesús, tu respuesta dejaría perplejos a alguno de aquellos hombres: «El Reino de Dios no viene con espectáculo; está ya en medio de vosotros».

Habría quien llegaría a pensar que se estaban montan­do brigadas secretas y guerrillas.

Tan convencidos están de su inter­pretación política del Mesías que acabarán por negarte e incluso por llevarte a la cruz.

Días antes de tu muerte llorarás ante Jerusalén con estas palabras: «¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz!; sin embargo, ahora está oculto a tus» (Lucas 19,42).

Jesús, Tú has venido a traer un Reino de paz, no de guerra; un Reino de amor, no de odio.

Es un Reino que se conquista sin bata­llas ruidosas ni aparatosas, y que está en medio de nosotros: en el alma en gracia de cada bautizado.

Porque el Reino de Dios consis­te en vivir de Ti, en Ti y por Ti.

Y esto se consigue, ya en la tierra, cuando Tú habitas en mi alma en gracia por obra del Espíritu San­to; pues «si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios» (Lucas 22,30).

«Desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor «a fin de santificar todas las cosas llevando a la plenitud su obra en el mundo» (C. I. C.-2818).

2º. «Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: «et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum», si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, «omnia traham ad meipsum», todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!» (Es Cristo que pasa.-183).

Jesús, muriendo en la cruz has redimido al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres.

Has abierto las puertas del Cielo para que pueda sentarme «tu mesa en tu Reino» (Lucas 22,30).

Pero no me obligas a entrar.

Es verdad que desde la cruz, levantado sobre la superficie de la tierra, atraes todas las cosas hacia Ti.

Sin embargo, esta atracción no coarta mi libertad; es una atracción de amor.

Cla­vado en el madero santo me miras y me dices: yo no puedo hacer más por Ti; Tú, ¿qué haces por mí?

Jesús, ¿qué puedo hacer por Ti para que, de verdad, reines en el mundo?

En primer lugar, he de dejarte reinar en mi alma: aquí estoy, Señor, para lo que Tú necesites.

Y luego, he de intentar ponerte en la cumbre de todas las actividades humanas: haciendo mi trabajo con mayor perfección posible, y con el espíritu de servicio, ho­estidad, sencillez y alegría propios de un cristiano.

Si me comporto así, Jesús, los que me rodean te descubrirán a través de mi ejemplo e intentarán ponerte también en la cumbre de sus actividades humanas.

De esta manera, a través de mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño –pero que no lo es, si lo hago con amor-, los demás se sentirán atraídos por Ti: ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!

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