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Jueves. 31 Semana del Tiempo Ordinario


29 octubre 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Lucas 17,1-10

Autor: Pablo Cardona

«Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Este recibe a los pecadores y come con ellos». Entonces les propuso esta parábola: «¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió”. Os digo que, del mismo modo, habrá en el Cielo mayor alegría por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no la necesitan. O ¿qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas diciéndoles: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió”. Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente». (Lucas 17,1-10)

1º. Jesús, Tú eres el «buen pastor que da su vida por sus ovejas». (Juan 10,11).

Conoces a cada una: las cuidas con cariño, las defiendes de los constantes peligros, y les obtienes alimento abundante.

«Yo vine para que tengan vida y la tenga en abundancia» (Juan 10,10).

Yo soy oveja de tu rebaño; conozco tu voz y Tú la mía.

Sabes de qué pasta estoy hecho, y por eso me atiendes con cuidados especiales.

Aun y así, Jesús, a veces me despisto y te pierdo.

Seguirte es fácil cuando el pasto es abundante y está al alcance de mi mano. Pero cuando el camino se hace cuesta arriba; cuando parece más apetecible o más divertido quedarse rezagado, ¡cómo cuesta seguirte, Jesús!

Y te abandono.

Enseguida, mi pequeño y egoísta paraíso se agosta, y me quedo solo.

¿Cómo volver de nuevo a Ti?

Es la conversión.

Jesús, perdóname: Te he abandonado por mi culpa; ya no más, ya no más.

Y, al instante, tu luz y tu consuelo me llenan de nuevo: porque has venido a buscar a la oveja perdida.

Hay alegría en el cielo y «entre los ángeles de Dios, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lucas 15,24).

2º. «Otra caída… y ¡qué caída!… ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús.

-Un «miserere» y ¡arriba ese corazón! -A comenzar de nuevo.» (Camino.-711).

Jesús, mi vida está llena de tropiezos.

Pero eso no importa si tras cada tropiezo me levanto de nuevo con más brío, con más amor fruto de un arrepentimiento sincero, con más humildad.

Si en vez de desesperarme y pensar que no puedo, acudo humildemente a mi madre la Virgen, ella me llenará de consuelo y de ánimo, y me llevará más fácilmente a Ti.

Jesús, Tú hablas de «un pecador que se arrepiente» y de «un pecador que hace penitencia».

Arrepentimiento y penitencia han de ir unidos para que se me perdonen los pecados.

Un arrepentimiento sin penitencia sería insincero, y una penitencia sin arrepentimiento seria vacía.

«El pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también «penitencia» (C. I. C.-1459).

Jesús, el medio por excelencia para volver a Ti es el Sacramento de la Reconciliación o Confesión.

«A quienes les perdonéis los pecados, le son perdonados; a quienes se los retengáis, les son re­tenidos» (Juan 20,23).

Has querido darme la seguridad de que me perdonas, absolviendo mis pecados por medio del sacerdote.

Mi arrepentimiento y mi penitencia producen entonces la alegría de saberme otra vez hijo querido de Dios.

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