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Jueves. 23 Semana del Tiempo Ordinario


3 septiembre 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Lucas 6, 27-38

Autor: Pablo Cardona

«Pero a vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Al que te hiere en la mejilla preséntale también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que toma lo tuyo no se lo reclames. Haced a los hombres mismo que quisierais que ellos os hiciesen a vosotros. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir; ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque El es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida que midáis seréis medidos.» (Lucas 6, 27-38)

1º. Jesús, hoy me explicas una de las grandes verdades acerca del destino eterno de los hombres: «con la misma medida que midáis, seréis medidos».

Es decir, en la vida eterna seré juzgado de la misma manera con la que yo he juzgado a los demás: se me dará según haya dado, y se me perdonará según haya perdonado.

Ahora, mientras te dedicas al mal, llegas a considerarte bueno, porque no te tomas la molestia de mirarte. Reprendes a los otros y no te fijas en ti mismo. Acusas a los demás y a ti no te examinas. Les colocas a ellos delante de tus ojos y a ti te pones a tu espalda. Pues cuando me llegue a mí el turno de argüirte, dice el Señor; haré todo lo contrario: te daré la vuelta y te pondré delante de ti mismo. Entonces te verás y llorarás» (San Agustín).

Jesús, el Juicio que tendré al morir no es una venganza o un premio para «nivelar» distintas suertes en la tierra.

En el Juicio, Tú me harás ver cómo soy en realidad, es decir, cuál es mi capacidad de amar, y me darás según esa capacidad.

Tú siempre llenas al máximo: «una buena medida, apretada, colmada, rebosante».

Pero el que se presente con un corazón egoísta no tendrá capacidad de recibir tu Amor.

En el fondo, Jesús, cuando soy generoso y hago «el bien sin esperar nada por ello», o cuando mido a los demás con misericordia, yo mismo quedo marcado con esa medida.

Porque mi caridad -mi amor- crece, y crece también mi capacidad de recibir tu amor.

Tú eres el que juzgas, pero soy yo el responsable de la medida con la que seré medido.

2º. «Mira: tenemos que amar a Dios no sólo con nuestro corazón, sino con el «Suyo», y con el de toda la humanidad de todos los tiempos…: si no, nos quedaremos cortos para corresponder a su Amor» (Surco.-809).

Jesús, Tú elevas el nivel de lo que significa amar.

Amar no es intercambiar favores: «si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir; ¿qué mérito tendréis?»

Ni siquiera es corresponder solamente al amor que otro me muestra: «si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?»

Si sólo doy para recibir, ¿dónde está la diferencia con los que no te conocen, pues «también ellos hacen lo mismo?»

Jesús, en la última cena dejas a tus apóstoles el mandamiento nuevo: «que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Juan 13,34).

He de amar a los demás como Tú los amas, no sólo con mi corazón, sino con el Tuyo.

Esta es la diferencia cristiana: «en esto conocerán todos que sois mis discípulos» (Juan 13,35).

Jesús, ayúdame a querer a todos, sin hacer distinciones, sin contar los favores recibidos, sin esperar que me lo agradezcan.

«Y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo».

¿Qué mejor recompensa puedo esperar -ya aquí en la tierra- que llegar a ser hijo de Dios?

Gracias, Dios mío, porque me pagas con tanto lo poco que soy capaz de hacer por los demás.

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