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Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B.


11 septiembre 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

San Marcos 8, 27-35

Pablo Cardona

«Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntaba a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Ellos le respondieron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías y otros que uno de los profetas». Entonces él les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondiendo Pedro, le dice: «Tú eres el Cristo». Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Hablaba de esto abiertamente. Pedro, tomándolo apane, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, increpó a Pedro y le dijo: «¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres».

Y llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que perdiera su vida por míy por el Evangelio, la salvará». (Mc 8, 27-35)

I. Jesús, tras preguntar qué piensan los demás, pasas a la pregunta que realmente te interesa: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

¿Quién soy para vosotros? Jesús, ¿quién eres para mí? ¿Te tengo por uno de los profetas, un gran hombre al que vale la pena escuchar; o eres realmente el Cristo, el Hijo de Dios? Porque si eres el Cristo no basta con escucharte; si eres el Hijo de Dios he de seguirte con todas sus consecuencias.

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Jesús, para seguirte de cerca, para vivir una vida realmente cristiana, no me pides que abandone el mundo, ni mi trabajo, ni mi familia. Para la mayoría, seguirte de cerca no requiere aislarse del mundo, pero sí negarse a sí mismo y tomar la cruz cada día.
Él ama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle», porque El «sufrió por nosotros dándonos ejemplo para que sigamos sus hueltas». El quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor.

Jesús, esta doctrina no es fácil de entender: para ganar la vida hay que perderla. Parece un contrasentido, al menos cuando lo miro con ojos humanos en vez de mirarlo con visión sobrenatural. Lo mismo le pasó a Pedro, y tu respuesta fue tajante: ¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.

II. Desde todos los puntos de vista, es de una importancia extraordinaria la mortificación.
-Por razones humanas, pues el que no sabe dominarse a sí mismo jamás influirá positivamente en los demás, y el ambiente le vencerá, en cuanto haga sus gustos personales: será un hombre sin energía, incapaz de un esfuerzo grande cuando sea necesario.

Por razones divinas: ¿no te parece justo que, con estos pequeños actos, demostremos nuestro amor y acatamiento al que todo lo dio por nosotros?

Jesús, para ser tu discípulo he de tomar la cruz. Por algo la cruz es la señal del cristiano. No se trata de tomar materialmente una cruz, o de llevar solamente una cruz colgando del cuello. Se trata de aceptar los sufrimientos diarios con alegría, sabiendo que son caricias de Dios que me trata como trató a su único Hijo, a Ti. Y también se trata de buscar cada día alguna pequeña mortificación voluntaria, como voluntaria fue tu muerte en la cruz.

Jesús, quieres que sea mortificado por razones humanas, pues el que no sabe dominarse a sí mismo jamás influirá positivamente en los demás, y el ambiente le vencerá. La mortificación fortalece mi voluntad, me da la energía necesaria para luchar y vivir las virtudes cristianas. Pero, sobre todo, lo quieres por razones divinas, pues el dolor me une a Ti, a la Cruz, y me hace colaborador contigo en la obra de la Redención. Que no huya, por tanto, de la Cruz, sino que sepa tomarla cada día para seguirte más de cerca.

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