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23 de diciembre


16 diciembre 2013
Sección: Adviento, Ciclo B, Evangelio

Lucas 1, 57-66

Autor: Pablo Cardona

«Entre tanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y oyeron sus vecinos y parientes la gran misericordia que el Señor le había mostrado, y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo: De ninguna manera, sino que se ha de llamar Juan. Y le dijeron: No hay nadie en tu familia que se llame con este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre, cómo quería que se le llamase. Y él pidiendo una tablilla, escribió: Juan es su nombre. Lo que llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos un temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían, los grababan en su corazón, diciendo: ¿Quién pensáis ha de ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él». (Lucas 1, 57-66) 

1º. Hoy contempla la Iglesia el nacimiento de Juan el Bautista.

Tan llamativo era lo que pasaba que «se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea.»

Se lo había dicho el ángel a Zacarías: «Muchos se alegrarán en su nacimiento» (Lucas 1, 14).

Y ahora, cuando Isabel da a luz, los vecinos y parientes se congratulaban, se alegraban, considerando que Dios había tenido con ella una gran misericordia.

El nacimiento de un hijo -regalo de la misericordia de Dios- debe ser ¡siempre! causa de alegría. Sin embargo, no siempre es así.

Hay hijos no deseados, no queridos, hijos abandonados ya en el momento de nacer, hijos entregados a la muerte incluso antes de nacer.

No faltan nunca quienes den órdenes como la del Faraón de Egipto:   -«Todo niño nacido de los hebreos ha de ser arrojado al río Nilo» (Éxodo 1, 22). Y fueron muchos los inocentes que perdieron la vida.

No faltan nunca quienes actúan como Herodes y mandan dar muerte a los niños de Belén (Mateo 2, 16). Y Belén puede ser cualquier parte del mundo. Y cada vida que viene al mundo es motivo de alegría.

Entre las promesas de bendición de Dios, al entrar el pueblo en la tierra prometida, está ésta: «En tu tierra no habrá mujer que aborte ni que sea estéril» (Éxodo 23, 26).

La mentalidad bíblica -la mentalidad de Dios- en gran parte se ha perdido en el mundo de hoy.

2º. A los ocho días, en la celebración de la circuncisión y la imposición del nombre, la gente invitada ya empezaba a llamar al niño con el nombre de su padre.

Pero aquí intervino la madre: «-Se va a llamar Juan.» Sorpresa en todos.

Se lo preguntaron al padre, y éste, tomando una tablilla encerada y un punzón, escribió: «-Juan es su nombre.» Todos se admiraron mucho.

¿Por qué Juan y no Zacarías?

Porque ése era el nombre que había indicado el ángel: «Tu mujer te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan» (Lucas 1, 13).

Juan indica «Dios es propicio», es decir, gracia de Dios.

Era más adecuado este nombre para aquel cuya misión era preparar los caminos del Salvador, el autor de la gracia.

Juan Bautista está puesto como anillo entre uno y otro testamento: clausura el Antiguo -al que aún pertenece-, pero prepara el Nuevo, que tiene su comienzo absoluto en Cristo.

.  ¿Qué llegará a ser este niño? ¿Qué llegará a ser Juan?

Según el ángel, Juan será «grande a los ojos de Dios»; dentro de un momento, su padre Zacarías, lleno del Espíritu Santo, le llamará «profeta del Altísimo»; andando el tiempo, el mismo Juan se definirá como «una voz que clama en el desierto para preparar los caminos del Señor»; y Cristo dirá que es «el más grande entre los nacidos de mujer».

En ese momento, Zacarías entonó un himno de bendición, con dos partes bien diferenciadas: la primera, referida a Dios; la segunda, al niño que acababa de nacer.

«-Bendito sea Dios, porque visitó a su pueblo y lo redimió, porque levantó una potencia de salvación en la casa de Israel, porque tuvo misericordia con nuestros padres y se acordó de su santa Alianza.»

Redención, salvación, Misericordia, Alianza: son las palabras clave de esta alabanza de Zacarías.

Por cualquiera de ellas, por todas ellas, ¡bendito sea Dios!

¡Qué hermosos los labios en los que florecen las alabanzas a Dios, labios como los de Zacarías, colmados del Espíritu santo!

Pero Zacarías se vuelve luego hacia su hijo, hacia Juan, y le habla movido por el espíritu de profecía: «-Niño, tú serás llamado profeta del Altísimo, e irás delante de Él para prepararle los caminos, es decir, prepararle un pueblo bien dispuesto mediante el conocimiento de la salvación y el perdón de los pecados, iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, y dirigir sus pasos por el camino de la paz.»

Es todo un programa de apostolado: dar a los hombres la ciencia de la salvación, liberarlos del pecado, sacarlos de las tinieblas a la luz, y hacer que caminen por caminos de paz.

En realidad este programa está al alcance de todos.

4º. Jesús quieres que el mensaje cristiano llegue al máximo de gente posible.

Y para anunciar el Evangelio en el mundo, necesito prestigio profesional. ¿Cómo voy a presentar a mis amigos el camino de la santidad, si luego resulta que soy un mal estudiante o un mal profesional? Por eso debo procurar destacar profesionalmente.

Jesús, no quiero el prestigio para mí, sino para que tu luz brille desde más arriba y así pueda alumbrar a más gente.

Jesús, hoy más que en ninguna época es fácil comunicar las noticias de un sitio a otro. En poco tiempo puede saberse un acontecimiento en todo el mundo. ¿Cómo es, entonces, que aún eres tan poco conocido?

Hacen falta personas de prestigio en cada actividad que trabajen con visión cristiana, que te traten, que luchen por ser santos.

Y yo debo ser una de esas personas. «Porque la mano del Señor estaba con él.»

Jesús, ayúdame a conseguirlo.

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