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Traditio apostolica


24 julio 2008
Sección: Eucaristía

Traditio apostolica (215?) 

 

El canon eucarístico más antiguo que se conoce es el que se expone en la Traditio apostolica, documento escrito probablemente en Roma por San Hipólito (+235). Esta anáfora, de notable plenitud teológica, muy antigua y venerable, y que muestra una tradición litúrgica anterior, tuvo gran influjo en las liturgias de Occidente e incluso de Oriente. En ella está inspirada actualmente la Plegaria eucarística II. Y también siguen su pauta las otras plegarias eucarísticas, por ejemplo, en el solemne diálogo inicial del prefacio.

 

«Ofrézcanle los diáconos [al ordenado obispo] la oblación, y él, imponiendo las manos sobre ella con todos los presbíteros, dando gracias, diga: "El Señor con vosotros" . Y todos digan: "Y con tu espíritu". "Arriba los corazones". "Los tenemos ya elevados hacia el Señor". "Demos gracias al Señor". "Esto es digno y justo". Y continúe así:

 

«Te damos gracias, ¡oh Dios!, por medio de tu amado Hijo, Jesucristo, que nos enviaste en los últimos tiempos como salvador y redentor nuestro, y como anunciador de tu voluntad. Él es tu Verbo inseparable, por quien hiciste todas las cosas y en el que te has complacido. Tú lo enviaste desde el cielo al seno de una virgen, y habiendo sido concebido, se encarnó y se mostró como Hijo tuyo, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen. Él, cumpliendo tu voluntad y conquistándote tu pueblo santo, extendió sus manos, padeciendo para librar del sufrimiento a los que creyeron en ti. El cual, habiéndose entregado voluntariamente a la pasión para destruir la muerte, romper las cadenas del demonio, humillar al infierno, iluminar a los justos, cumplirlo todo y manifestar la resurrección, mostrando el pan y dándote gracias, dijo: "Tomad, comed. Éste es mi cuerpo, que por vosotros será destrozado". Del mismo modo, tomó el cáliz, diciendo: "Ésta es mi sangre, que por vosotros es derramada. Cuando hacéis esto, hacedlo en memoria mía".

 

«Recordando, pues, su muerte y su resurrección, te ofrecemos este pan y este cáliz, dándote gracias porque nos tuviste por dignos de estar en tu presencia y de servirte como sacerdotes.

 

«Y te pedimos que envíes tu Espíritu Santo sobre la oblación de la santa Iglesia. Reuniéndolos en uno, da a todos los santos que la reciben que sean llenos del Espíritu Santo, para confirmación de la fe en la verdad, a fin de que te alabemos y glorifiquemos por tu Hijo Jesucristo, que tiene tu gloria y tu honor con el Espíritu Santo en la santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén» (4).

 

-La comunión primera de los neófitos. «Todas estas cosas el obispo las explicará a los que reciben [por primera vez] la comunión. Cuando parte el pan, al presentar cada trozo, dirá: "El pan del cielo en Cristo Jesús". Y el que lo recibe responderá: "Amén". Si no hay presbíteros suficientes para ofrecer los cálices, intervengan los diáconos, atentos a observar perfectamente el orden; el primero sostenga el cáliz del agua; el segundo, el de la leche, y el tercero, el del vino. Los comulgantes gusten de cada uno de los cálices (21).

 

-La comunión ordinaria de los domingos. «Los domingos, si es posible, el obispo distribuirá de su propia mano [la comunión] a todo el pueblo, mientras que los diáconos y los presbíteros partirán el pan. Luego el diácono ofrecerá la eucaristía y la patena al sacerdote; éste las recibirá, las tomará en sus manos para luego distribuirlas a todo el pueblo. Los demás días se comulgará siguiendo las instrucciones del obispo» (22).

 

-La comunión realizada privadamente en casa. «Todos los fieles tengan cuidado de tomar la eucaristía antes de que coman cualquier otro alimento…Y cuídese que no la tome un infiel, ni un ratón ni otro animal, y de que nadie la vuelque ni la derrame, ni la pierda. Siendo el Cuerpo de Cristo, que será comido por los creyentes, no debe ser menospreciado» (37). «También el cáliz bendito en el nombre del Señor se recibe como sangre de Cristo. Por eso nada debe ser derramado… Si tú lo menosprecias, serás tan responsable de la sangre vertida como aquél que no valora el precio por el que fue adquirido» (38).
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