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La agonía de Getsemaní


24 julio 2008
Sección: Eucaristía

Jesús, en el Huerto de los Olivos, baja hasta el último fondo posible de la angustia humana (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46). «Pavor y angustia» (Mc), «sudor de sangre» (Lc), desamparo de los tres amigos más íntimos, que se duermen; consuelo de un ángel; refugio absoluto en la oración: «pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»…

 

¿Es la muerte atroz e ignominiosa, que se le viene encima, «el cáliz» que Cristo pide al Padre que pase, si es posible? No parece creíble. El Señor se encarna y entra en la raza humana precisamente para morir por nosotros y darnos vida. Desea ardientemente ser inmolado, como Cordero pascual que, quitando el pecado del mundo, salva a los hombres, amándolos con amor extremo. Él no se echa atrás, ni en forma condicional de humilde súplica, ni siquiera en la agonía de Getsemaní o del Calvario. Por el contrario, cuando se acerca la tentación y le asalta -« ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?»-, él responde inmediatamente: «¡para esto he venido yo a esta hora!» (Jn 12,27). Y cuando Pedro rechaza la pasión de Jesús, anunciada por éste: «No quiera Dios, Señor, que esto suceda», Cristo reacciona con terrible dureza: «Apártate de mí, Satanás, que me sirves de escándalo» (Mt 16,21-23).

 

No. El «cáliz» que abruma a Jesús es el conocimiento de los pecados, con sus terribles consecuencias, que a pesar del Evangelio y de la Cruz, van a darse en el mundo: ese océano de mentiras y maldades en el que tantos hombres van a ahogarse, paganos o bautizados, por rechazar su Palabra y por menospreciar su Sangre en los sacramentos, sobre todo en la eucaristía. Más aún, la pasión del Salvador es causada principalmente por el pecado de los malos cristianos que, despreciando el magisterio apostólico, falsificarán o silenciarán su Palabra; avergonzándose de su Evangelio, buscarán salvación, si es que la buscan, por otro camino; endureciendo sus corazones por la soberbia, despreciarán los sacramentos, y sobre todo la eucaristía, profanándola o alejándose de ella… En definitiva, es la posible reprobación final de pecadores lo que angustia al Señor, y le lleva a una tristeza de muerte.

 

Como bien señala la madre María de Jesús de Agreda, «a este dolor llamó Su Majestad cáliz». Y en esa angustia sin fondo pedía el Salvador a su Padre que, «siendo ya inexcusable la muerte, ninguno, si era posible, se perdiese»… Y eso es lo que, con lágrimas y sudor de sangre, Cristo suplica al Padre insistentemente, en una «como altercación y contienda entre la humanidad santísima de Cristo y la divinidad» (Mística Ciudad de Dios, 1212-1215). 
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