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Intercesiones


23 julio 2008
Sección: Eucaristía

Ya vimos, al hablar de la oración de los fieles, que la Iglesia en la eucaristía sostiene a la humanidad y al mundo entero en la misericordia de Dios, por la sangre de Cristo Redentor. Pues bien, las mismas plegarias eucarísticas incluyen una serie de oraciones por las que nos unimos a la Iglesia del cielo, de la tierra y del purgatorio. Suelen ser llamadas intercesiones.

 

«Con ellas se da a entender que la eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus miembros, vivos y difuntos, miembros que han sido todos llamados a participar de la salvación y redención adquiridas por el cuerpo y la sangre de Cristo» (OGMR 55g).

 

En la plegaria eucarística III, por ejemplo, se invoca

 

-primero la ayuda del cielo, de la Virgen María y de los santos, «por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda»;

 

-en seguida se ruega por la tierra, pidiendo salvación y paz para «el mundo entero» y para «tu Iglesia, peregrina en la tierra», especialmente por el Papa y los Obispos, pero también, con una intención misionera, por «todos tus hijos dispersos por el mundo»;

 

-y finalmente se encomienda las almas del purgatorio a la bondad de Dios, es decir, se ofrece la eucaristía por «nuestros hermanos difuntos y cuantos murieron en tu amistad».

 

Así, la oración cristiana -que es infinitamente audaz, pues se confía a la misericordia de Dios- alcanza en la eucaristía la máxima dilatación de su caridad: «recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria».

 

Ofrecer misas por los difuntos

 

La caridad cristiana, si ha de ser católica, ha de ser universal, ha de interesarse, pues, por los vivos y por los difuntos, no sólo por los vivos. La Iglesia, nuestra Madre, que nos hace recordar diariamente a los difuntos, al menos, en la misa y en la última de las preces de vísperas, nos recomienda ofrecer misas en sufragio de nuestros hermanos difuntos. Es una gran obra de caridad hacia ellos, como lo enseña el Catecismo:

 

«El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos, "que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados" (Conc. Trento), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:

 

«"Oramos [en la anáfora] por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima… Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores…, presentamos a Cristo, inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres" (S. Cirilo de Jerusalén [+386])» (Catecismo 1371; +1032, 1689).

 

Doxología final

La gran plegaria eucarística llega a su fin. El arco formidable, que se inició en el prefacio levantando los corazones hacia el Padre, culmina ahora solemnemente con la doxología final trinitaria. El sacerdote, elevando la Víctima sagrada, y sosteniéndola en alto, por encima de todas las realidades temporales, dice:

 

«Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

 

Este acto, por sí solo, justifica la existencia de la Iglesia en el mundo: para eso precisamente ha sido congregado en Cristo el pueblo cristiano sacerdotal, para elevar en la eucaristía a Dios la máxima alabanza posible, y para atraer en ella en favor de toda la humanidad innumerable bienes materiales y espirituales. De este modo, es en la eucaristía donde la Iglesia se expresa y manifiesta totalmente.

 

El pueblo cristiano congregado hace suya la plegaria eucarística, y completa la gran doxología trinitaria diciendo: Amén. Es el Amén más solemne de la misa.

 

(Adviértase aquí, por otra parte, que es el sacerdote, y no el pueblo, quien recita las doxologías que concluyen las oraciones presidenciales. Y esto tanto en la oración colecta -«Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina», etc.-, como en la plegaria eucarística -«Por Cristo, con Él y en Él», etc.-. Y que es el pueblo quien, siguiendo una tradición continua del Antiguo y del Nuevo Testamento, contesta con la aclamación del Amén.).

 
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