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I. Ritos iniciales


23 julio 2008
Sección: Eucaristía

-Canto de entrada -Veneración del altar -La Trinidad y la Cruz -Saludo -Acto penitencial -Señor, ten piedad -Gloria a Dios -Oración colecta.

Canto de entrada

 

Ya en el siglo V, en Roma, se inicia la eucaristía con una procesión de entrada, acompañada por un canto. Hoy, como entonces, «el fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido, y elevar sus pensamientos a la contemplación del misterio litúrgico o de la fiesta» (OGMR 25).

 

Nótese que en las celebraciones solemnes de la eucaristía puede haber tres procesiones hacia el altar: ésta, en la entrada; la que se realiza al ir a presentar los dones en el ofertorio; y la de la comunión.

 

Veneración del altar

 

El altar es, durante la celebración eucarística, el símbolo principal de Cristo. Del Señor dice la liturgia que es para nosotros «sacerdote, víctima y altar» (Pref. pascual V). Y evocando, al mismo tiempo, la última Cena, el altar es también, como dice San Pablo, «la mesa del Señor» (1Cor 10,21).

 

Por eso, ya desde el inicio de la misa, el altar es honrado con signos de suma veneración: «cuando han llegado al altar, el sacerdote y los ministros hacen la debida reverencia, es decir, inclinación profunda… El sacerdote sube al altar y lo venera con un beso. Luego, según la oportunidad, inciensa el altar rodeándolo completamente» (OGMR 84-85).

 

El pueblo cristiano debe unirse espiritualmente a éstos y a todos los gestos y acciones que el sacerdote, como presidente de la comunidad, realiza a lo largo de la misa. En ningún momento de la misa deben los fieles quedarse como espectadores distantes, no comprometidos con lo que el sacerdote dice o hace. El sacerdote, «obrando como en persona de Cristo cabeza» (PO 2c), encabeza en la eucaristía las acciones del Cuerpo de Cristo; pero el pueblo congregado, el cuerpo, en todo momento ha de unirse a las acciones de la cabeza. A todas.

 

La Trinidad y la Cruz

 

«En el nombre del Padre, + y del Hijo, y del Espíritu Santo». Con este formidable Nombre trinitario, infinitamente grandioso, por el que fue creado el mundo, y por el que nosotros nacimos en el bautismo a la vida divina, se inicia la celebración eucarística. Los cristianos, en efecto, somos los que «invocamos el nombre del Señor» (+Gén 4,26; Mc 9,3). Y lo hacemos ahora, trazando sobre nosotros el signo de la Cruz, de esa Cruz que va a actualizarse en la misa. No se puede empezar mejor.

 

El pueblo responde: «Amén». Y Dios quiera que esta respuesta -y todas las propias de la comunidad eclesial congregada- no sea un murmullo tímido, apenas formulado con la mente ausente, sino una voz firme y clara, que expresa con fuerza un espíritu unánime. Pero veamos el significado de esta palabra.

 

Amén

 

La palabra Amén es quizá la aclamación litúrgica principal de la liturgia cristiana. El término Amén procede de la Antiguo Alianza: «Los levitas alzarán la voz, y en voz alta dirán a todos los hombres de Israel… Y todo el pueblo responderá diciendo: Amén» (Dt 27,15-26; +1Crón 16,36; Neh 8,6). Según los diversos contextos, Amén significa, pues: «Así es, ésa es la verdad, así sea». Por ejemplo, las cuatro primeras partes del salterio terminan con esa expresión: «Bendito el Señor, Dios de Israel: Amén, amén» (Sal 40,14; +71,19; 88,53; 105,48).

 

Pues bien, en la Nueva Alianza sigue resonando el Amén antiguo. Es la aclamación característica de la liturgia celestial (+Ap 3,14; 5,14; 7,11-12; 19,4), y en la tradición cristiana conserva todo su antiquísimo vigor expresivo (+1Cor 14,16; 2Cor 1,20). En efecto, el pueblo cristiano culmina la recitación del Credo o del Gloria con el término Amén, y con él responde también a las oraciones presidenciales que en la misa recita el sacerdote, concretamente a las tres oraciones variables -colecta, ofertorio y postcomunión- y especialmente a la doxología final solemnísima, con la que se concluye la gran plegaria eucarística. Y cuando el sacerdote en la comunión presenta la sagrada hostia, diciendo «El cuerpo de Cristo», el fiel responde Amén: «Sí, ésa es la verdad, ésa es la fe de la Iglesia».

 

Saludo

 

El Señor nos lo aseguró: «Donde dos o tres están congregados en mi Nombre, allí estoy yo presente en medio de ellos» (Mt 18,19). Y esta presencia misteriosa del Resucitado entre los suyos se cumple especialmente en la asamblea eucarística. Por eso el saludo inicial del sacerdote, en sus diversas fórmulas, afirma y expresa esa maravillosa realidad:

 

-«El Señor esté con vosotros» (+Rut 2,4; 2Tes 3,16)… «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2Cor 13,13)…

 

-«Y con tu espíritu».

 

«La finalidad de estos ritos [iniciales] es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunidad, y se dispongan a oír como conviene la palabra de Dios y a celebrar dignamente la eucaristía» (OGMR 24).
Comentarios
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  1. Fernando Cordero Diaz Dijo:

    Me parece excelente la doctrina,me despeja muchas dudas,y me habré las puertas a la gracia a la santidad. estudio actualmente el 5to año de teología en la escuela católica de teología metodología y Orientación familiar de Guatemala C.A.

  2. Fernando Cordero Diaz Dijo:

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