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El sacrificio de la Nueva Alianza


24 julio 2008
Sección: Eucaristía

En la plenitud de los tiempos, después de treinta años de vida oculta, nuestro Señor Jesucristo -el Mesías de Dios (Lc 9,20), el Hijo del Altísimo, el Santo (Lc 1, 31-35), nacido de mujer (Gál 4,4), nacido de una virgen (Is 7,14; Lc 1,34), enviado de Dios (Jn 3,17), esplendor de la gloria del Padre (Heb 1,3), anterior a Abraham (Jn 8,58), Primogénito de toda criatura (Col 1,15), Principio y fin de todo (Ap 22,13), santo Siervo de Dios (Hch 4,30), Consolador de Israel (Lc 2,25), Príncipe y Salvador (Hch 5,31), Cristo, Dios bendito por los siglos (Rm 9,5)-, durante tres años, predicó el Evangelio a los hombres como Profeta de Dios (Lc 7,16), mostrándose entre ellos poderoso en obras y palabras (24,19).

 

Y una vez proclamada la Palabra divina, consumó su obra salvadora con el sacrificio de su vida. Primero la Palabra, después el Sacrificio.

 

El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

En cuanto Jesús inicia su misión pública entre los hombres, Juan el Bautista, su precursor, le señala con su mano y le confiesa repetidas veces con su boca: «ése es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36). Él es el que tiene poder para vencer el pecado de los hombres, Él va a ser verdaderamente nuestro Salvador.

 

Jesucristo, por su parte, es plenamente consciente de su condición de Cordero de Dios, destinado al sacrificio pascual, para la gloria del Padre y la salvación de los hombres. Si Juan Bautista, siendo sólo un hombre, en cuanto lo ve, reconoce en él «el Cordero» dispuesto por Dios para el definitivo sacrificio purificador del mundo, ¿no iba el mismo Cristo a ser consciente de su propia vocación? Porque Cristo conoce el designio del Padre, anunciado en las Escrituras, por eso se reafirma siempre en la misión redentora que le es propia, y por eso rechaza inmediatamente -como sucede en las tentaciones diabólicas del desierto- toda tentación de mesianismos triunfalistas.

 

Por otra parte Jesús, en varias ocasiones, avanzando serenamente hacia la cruz, meta de su vida temporal, predice su Pasión a los discípulos: «Entonces comenzó a manifestar a sus discípulos que tenía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, y ser entregado a la muerte, y resucitar al tercer día» (Mt 16,21; +17,22-23; 20,17-19). «Ellos no entendieron nada de esto, y estas palabras quedaron veladas. No entendieron lo que había dicho» (Lc 18,34). Era para ellos inconcebible que su Maestro, capaz de resucitar muertos, pudiera ser maltratado y llevado violentamente a la muerte.

 

En estas ocasiones, y en muchas otras, el Señor se muestra siempre consciente de que va acercándose hacia una muerte sacrificial y redentora. Él es el Pastor bueno, que «da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). Él es «el grano de trigo que cae en tierra, muere, y consigue mucho fruto» (12,24). Y por eso asegura: «levantado de la tierra, atraeré todos a mí» (12,32; +8,28)…

 

La multiplicación de los panes

En el tercer año, probablemente, de su vida pública, nuestro Señor Jesucristo, estando con miles de hombres en un monte, junto al lago de Tiberíades, poco antes de la Pascua judía, realiza una prodigiosa multiplicación de los panes y de los peces (Jn 6,1-15).

 

Más tarde, regresó a Cafarnaúm, y allí predicó, anunciando la eucaristía, sobre el pan de vida, un alimento infinitamente superior al maná que Moisés dio al pueblo en el desierto: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo… Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida… El que me come vivirá por mí» (6,48-59).

 

Muchos se escandalizaron de estas palabras, que consideraron increíbles. Y «desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron, y ya no le seguían». Pero los Doce permanecieron con Él, diciendo: «Señor ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» (6,60-69).

 

Jesucristo, entre Moisés y Elías

También, seguramente, en el año tercero de su ministerio público, Jesús, un día que se fue al monte con Pedro, Santiago y Juan, «mientras oraba», se transfiguró completamente, como si «la plenitud de la divinidad, que en él habitaba corporalmente» (Col 2,9), y que normalmente quedaba velada por su humanidad sagrada, fuese ahora revelada por esa misma humanidad santísima (Mt 17,1-13; Mc 9,2-13; Lc 9,28-36).

 

Extasiados los tres apóstoles, vieron de pronto que «se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él». «Ellos también aparecían resplandecientes, y hablaban de su muerte, que había de tener lugar en Jerusalén». Y al punto salió de la nube la voz del Padre, garantizando a Jesús: «Éste es mi hijo, el predilecto: escuchadle».

 

Jesús, antes de sellar con su sangre una Alianza Nueva y definitiva, recibe así ante sus tres íntimos discípulos el testimonio de Moisés, el mediador de la Antigua Alianza, y de Elías, el que la restauró. Uno y otro cumplieron su misión sobre un altar de doce piedras, con sangre de animales sacrificados; y Jesús, en la última Cena, lo hará también sobre la mesa de los doce apóstoles, pero esta vez con su propia sangre. Por tanto, el mayor de los patriarcas, Moisés, y el principal de los profetas, Elías, dan testimonio de Jesús. Todo el misterio pascual de Cristo es, pues, un pleno cumplimiento de «la Ley y los profetas» (+Mt 5,17; 7,12; 11,13; 22,40).

 

Se decide la muerte de Cristo

La resurrección de Lázaro, ocurrida en Betania, a las puertas de Jerusalén, y poco antes de la Pascua, exaspera totalmente el odio que hacia Cristo se había ido formando, sobre todo entre las personas más influyentes de Jerusalén.

 

«¿Qué hacemos, que este hombre hace muchos milagros?… ¿No comprendéis que conviene que muera un hombre por todo el pueblo?… Profetizó así [Caifás] que Jesús había de morir por el pueblo, y no sólo por el pueblo, sino para reunir en la unidad a todos los hijos de Dios que están dispersos. Desde aquel día tomaron la resolución de matarle. Jesús, pues, ya no andaba en público entre los judíos, sino que se fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efrem, y allí moraba con los discípulos» (Jn 11, 45-54).
Comentarios
No hay comentarios en “El sacrificio de la Nueva Alianza”
  1. Alberto Sanchez Dijo:

    Me parece muy interesante este articulo y creo que la iglesia lo deberia de ofrecer asi de concreto para que la gente conosca realmente la verdadera importancia que tiene Jesus en la vida de todos los seres humanos.

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  4. claudia Dijo:

    hola favor necesito ayuden a preparar una monicion Rm 8,33-34 estoy empezando en esto y so se que decir.

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