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El misterio de la liturgia


24 julio 2008
Sección: Eucaristía

Ascensión del Señor a los cielos

Cristo Salvador, una vez cumplida su obra, ascendió a los cielos. Había salido del Padre para venir al mundo, y ahora deja el mundo para volver al Padre (Jn 16,28). Y a los discípulos les es dado «ver» cómo Jesús se va del mundo y asciende al cielo (Hch 1,9). Desde allí ha de venir, al final de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos (Mt 25,31-33). Pero hasta que se produzca esta gloriosa parusía, una cierta nostalgia de la presencia visible de Jesús forma parte de la espiritualidad cristiana.

 

Y así dice San Pablo: «deseo morir para estar con Cristo, que es mucho mejor» (Flp 1,23); y también: «mientras moramos en este cuerpo estamos ausentes del Señor, porque caminamos en fe y no en visión; pero confiamos y quisiéramos más partir del cuerpo y estar presentes al Señor» (2 Cor 5,6-8). Por eso, hasta entonces, «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo», debemos «buscar las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1).

 

Ahora bien, no olvidemos que, antes de su ascensión, Cristo nos prometió su presencia espiritual hasta el fin de los siglos (Mt 28,20). No nos ha dejado huérfanos, pues está en nosotros y actúa en nosotros por su Espíritu (Jn 14,15-19; 16,5-15). Y esta presencia activa y misteriosa se produce sobre todo en los ritos litúrgicos. En efecto, ascendido a los cielos, Jesucristo, sacerdote eterno, «vive siempre para interceder por nosotros» (+Heb 7,25).

 

La verdadera naturaleza de la liturgia cristiana nos viene, pues, definida en tres afirmaciones básicas del Vaticano II.

 

1. La liturgia es «el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo».

 

«En ella los signos sensibles significan y, cada uno de ellos a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro» (SC 7c). En la liturgia, la finalidad doxológica, por la que se glorifica a Dios (doxa, gloria), y la soteriológica, que procura al hombre la salvación (sotería), van siempre expresamente unidas.

 

2. La liturgia de la Iglesia visible es una participación de la liturgia celestial.

 

«En la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos» (SC 8). Esta doctrina es la clave misma de la carta a los Hebreos, y sin ella no puede entenderse la liturgia cristiana: «El punto principal de todo lo dicho es que tenemos un Sumo Sacerdote que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero» (Heb 8,1-2).

 

3. La liturgia terrena es, pues, presencia eficacísima en este mundo del Cristo glorioso.

 

En efecto, «Cristo está siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, aquel mismo que prometió: «donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20)» (SC 7a). A partir de la presencia de Jesús, que está en los cielos, han de entenderse todos estos modos eclesiales de hacerse realmente presente entre nosotros.
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