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El culto de la Eucaristía fuera de la Santa Misa


24 julio 2008
Sección: Eucaristía

El pueblo cristiano, con sus pastores al frente, al paso de los siglos, ha ido prestando un culto siempre creciente a la eucaristía fuera de la misa: oración ante el Sagrario, exposiciones en la Custodia, procesiones, Horas santas, visitas al Santísimo, asociaciones de Adoración nocturna o perpetua, etc. Esto lo ha ido haciendo la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, que nos conduce «hacia la verdad plena» (+Jn 14,26; 16,13). Con toda verdad dijo Cristo del Espíritu Santo: «Él me glorificará» (Jn 16,14).

 

Recordemos en esto la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica:

 

«El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. "La Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión" (Mysterium fidei)» (1378).

 

«Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado "hasta el extremo" (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (+Gál 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

 

«"La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración" ([Juan Pablo II], Dominicae cenae 3)» (1380).

 

Todo hace pensar que si Dios le concede a un cristiano la gracia de la comunión diaria, querrá concederle también la gracia de adorarle diariamente, en una oración más o menos prolongada, ante el sagrario.

 

La eucaristía, «prenda de la gloria futura»

«¡Oh sagrado banquete (o sacrum convivium), en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!». Como dice esta antigua oración de la Iglesia, la eucaristía es, en efecto, como dice esta antigua oración de la Iglesia, «la anticipación de la gloria celestial» (Catecismo 1402). Es la reunión con Dios y la comunión con los santos. Es, pues, el cielo en la tierra. O si se quiere, es el punto eclesial de tangencia entre la esfera celestial y la esfera terrestre.

 

El mismo Cristo quiso que la Cena eucarística fuera entendida también como prenda anticipadora del banquete celestial, «hasta que llegue el reino de Dios» (Lc 22,18; +Mt 26,29; +Mc 14,25). Por eso, «cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa, y su mirada se dirige hacia "el que viene" (Ap 1,4). Y en su oración, implora su venida: "Marán athá" (1Cor 16,22), "Ven, Señor Jesús" (Ap 22,20), "que tu gracia venga y que este mundo pase" (Dídaque 10,6)» (Catecismo 1403).

 

Cada vez que nos reunimos en la eucaristía debe avivarse en nosotros el deseo del cielo, pues la celebramos «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» (oración después del Padrenuestro; +Tit 2,13). Con frecuencia las oraciones de la misa, especialmente las postcomuniones, piden que cuantos celebran aquí la eucaristía, lleguen a participar «en el banquete del Reino de los cielos». La eucaristía, pues, es como una puerta abierta al más allá celestial. Por eso en ella pedimos al Padre entrar «en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro» (PE III, en misa por difuntos).

 

«La creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo. Porque es en esperanza como estamos salvados» (Rm 8,22-24). Pues bien, en este tiempo de prueba, paciente y esperanzado, la eucaristía es la anticipación y la prenda más segura de «los cielos nuevos y la tierra nueva» (2Pe 3,13), allí donde, finalmente, «Dios será todo en todas las cosas» (1Cor 15,28).

 

María y la eucaristía

Sabemos que, después de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo, la Virgen María fue «acogida en la casa» del apóstol San Juan (Jn 19,27). Como también sabemos que los apóstoles comenzaron a celebrar la eucaristía a partir de Pentecostés. Esto nos hace, por tanto, suponer con base muy cierta que la santísima Virgen participó en la eucaristía cuantas veces pudo hasta el momento de su asunción a los cielos.

 

La Virgen María es, pues, indudablemente el modelo perfecto de participación en la misa. Nadie como ella ha vivido la liturgia eucarística como actualización del sacrificio de la cruz. Nadie ha reconocido como ella la presencia de Jesús en los fieles congregados en su Nombre. Nadie como ella ha distinguido la voz de su hijo divino en la liturgia de la Palabra. Nadie ha hecho suyas las oraciones, alabanzas y súplicas de la misa con tanta fe y esperanza, con tanto amor como la Virgen María. Nadie en la misa se ha ofrecido con Cristo al Padre de modo tan total a como ella lo hacía. Nadie ha comulgado el cuerpo de Cristo, ni el mayor de los santos, con el amor de la Virgen Madre. Nadie ha suplicado la paz y la unidad de la santa Iglesia con la apasionada confianza de la Virgen en la misericordia de Dios providente. Nadie, en toda la historia de la Iglesia, ha estado en la misa tan atenta, tan humilde y respetuosa, tan encendida en oración y en amor, como la Madre de la divina gracia.

 

Conviene, pues, que tomemos a la Virgen María como modelo y como intercesora para adentrarnos más en el misterio eucarístico. Oigamos la Palabra «con la fe de María». Elevemos al Padre la atrevida oración de los fieles «con la esperanza de María». Acerquémonos a comulgar «con el amor de María». Que sea ella, la que estuvo al pie de la Cruz, la que, con la paciencia propia de las madres, nos enseñe a participar más y mejor en la santa misa, sacrificio de la Nueva Alianza.  
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