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Anuncio del sacrificio único y definitivo


23 julio 2008
Sección: Eucaristía

Abraham y el sacrificio de su hijo Isaac (Gén 22)

 

Hacia el año 1850 (a.C.), es decir, en los mismos comienzos de la historia de la salvación, «quiso Dios probar a Abraham», y le mandó ir a un monte, para que le ofreciera allí en holocausto a su unigénito amado, Isaac.

 

Sin dudarlo un momento, Abraham va con su hijo a un monte de Moriah indicado por Dios. Por el camino le dice Isaac: «Padre mío… Aquí llevamos fuego y leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Respondió Abraham: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». Y cuando ya alzaba el cuchillo para sacrificar a su propio hijo, el ángel del Señor detuvo su mano.

 

Vemos, pues, ya, al comienzo mismo de la historia sagrada, cómo vincula Dios misteriosamente la salvación de los hombres al sacrificio de un «hijo unigénito», sustituido finalmente por un «cordero»…

 

Pero sigue la historia, y los hijos de Abraham, Isaac y Jacob, hacia 1700 (a.C.), se ven obligados por el hambre a abandonar Palestina, para emigrar como esclavos a Egipto, donde permanecerán durante varios siglos.

 

Sacrificio del cordero pascual, al salir de Egipto (Éx 12)

 

Hacia 1250 (a.C.), por fin, el fuerte brazo de Yavé va a intervenir en favor de su pueblo, dándole libertad y autonomía nacional, un culto y leyes propias, como conviene a la nación que está llamada en este mundo a ser el Pueblo de Dios.

 

Yavé da entonces a Moisés las órdenes necesarias. Cada grupo familiar debe tomar una res lanar, cordero o cabrito, «sin mácula, macho, de un año». Y el catorce del mes de Nisan, lo degollará en el crepúsculo vespertino. Su sangre marcará las puertas de los israelitas, para que así el ángel que va a exterminar a todos los primogénitos de Egipto pase de largo. Su carne, asada al fuego, será comida de prisa, ceñida la cintura, con el bastón en la mano, listos todos para salir de Egipto: « ¡Es la Pascua de Yavé!». «Este día será para vosotros memorable, y lo festejaréis como fiesta en honor de Yavé; lo habéis de festejar en vuestras sucesivas generaciones como institución perpetua».

 

Moisés cumple estas órdenes, y manda a su pueblo: «¡Inmolad la Pascua!… Habéis de observar esta ordenanza como institución perpetua para ti y tus hijos. Y cuando hayáis llegado al país que Yavé os va a dar, conforme su promesa, y observéis este rito, si vuestros hijos os preguntán: "¿Qué significa tal rito para vosotros?", responderéis: "Es el sacrificio de la Pascua en honor de Yavé"».

 

Después de cuatrocientos treinta años de esclavitud y exilio, el sacrificio del Cordero pascual, seguido inmediatamente del paso del Mar Rojo (Éx 14), significa, pues, para Israel su propio nacimiento como Pueblo de Dios, y será celebrado cada año en las familias judías como memorial permanente de aquella liberación primera.

 

Moisés, en el sacrificio del Sinaí, sella la Antigua Alianza (Éx 24)

 

Poco después, al sur de la península arábiga, Yavé, por medio de Moisés, en el marco formidable del monte Sinaí, va a establecer solemnemente la Alianza con su pueblo elegido:

 

«Escribió Moisés todas las palabras de Yavé y, levantándose temprano por la mañana, construyó al pie de la montaña un altar con doce piedras, por las doce tribus de Israel». Sobre él se «inmolaron toros en holocausto, víctimas pacíficas a Yavé». Moisés, entonces, «tomó el libro de la alianza, y se lo leyó al pueblo, que respondió: "Todo cuanto dice Yavé lo cumpliremos y obedeceremos". Tomó después la sangre y la esparció sobre el pueblo, diciendo: "Ésta es la sangre de la Alianza que hace con vosotros Yavé sobre todos estos preceptos"».

 

Así pues, en esta gran ceremonia litúrgica, una vez celebrada la liturgia de la palabra, se realiza la liturgia del sacrificio, y en la sangre derramada viene a sellarse la Alianza Antigua de amor mutuo que une a Yavé con su Pueblo.

 

Posteriormente, ya en la tierra de Canán, vivirá Israel bajo la autoridad de Jueces (1220 a.C.) y de Reyes (1030 a.C.). Después de Saúl, reinará el gran David (1010 a.C.), cuyo hijo Salomón construirá el Templo, un lugar estable y grandioso, en lo alto del monte Sión, destinado al culto de Yavé… Así van pasando los siglos, y mientras el Señor, en su bondad misericordiosa, permanece siempre fiel a la Alianza, son muchas las veces en que Israel, su pueblo, su esposa, la quebranta miserablemente.

 

Elías, en el sacrificio del Carmelo, restaura la Alianza violada (1Re 16-18)

 

Una de las más horribles infidelidades de Israel se produce hacia el año 850 (a.C.), cuando, después de Basá y de sus malvados sucesores, reina sobre Israel el rey Ajab: «Él hizo el mal a los ojos de Yavé, más que todos cuantos le habían precedido». Después de casarse con Jezabel, hija del rey de Sidón, comienza a dar culto a Baal, y alza en su honor altares idolátricos, fomentando en Israel su culto. Jezabel, por su parte, hace cuanto puede para eliminar a todos los profetas de Yavé… El principal de ellos, Elías, ha de huir y esconderse, hasta el día que el Señor quiera.

 

En efecto, llega el día en que el profeta Elías consigue que Ajab reuna al pueblo de Israel en el monte Carmelo, que, a la altura de Nazaret, se alza sobre el Mediterráneo. Él es el único profeta de Yavé, y a la asamblea decisiva acuden cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. Ha llegado el momento de plantear claramente al pueblo: «¿Hasta cuándo habéis de estar vosotros claudicando de un lado y de otro? Si Yavé es Dios, seguidle a él; y si lo es Baal, id tras él». Sin embargo, a tan clara pregunta, «el pueblo no respondió nada».

 

Acude entonces Elías a una espectacular prueba de Dios. Preparen los profetas de Baal el sacrificio de un buey, y Elías preparará otro. Invoquen unos y otro el fuego divino para el holocausto. «El Dios que respondiere con el fuego, ése sea Dios». Esto sí convence al pueblo, que aprueba: «Eso está muy bien».

 

Los profetas de Baal, de la mañana al mediodía, se desgañitan llamando a su Dios, saltando según sus ritos, sangrándose con lancetas. Todo inútil. Elías ironiza: «Gritad más fuerte; es dios, pero quizá esté entretenido conversando, o tiene algún negocio, o quizá esté de viaje»…

 

«Entonces Elías dijo a todo el pueblo: Acercáos». Y tomando «doce piedras, según el número de las tribus de los hijos de Jacob, alzó con ellas un altar al nombre de Yavé». Hizo cavar en torno al altar una gran zanja, que mandó llenar de agua. Y después clamó: «"Yavé, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel… Respóndeme, para que todo este pueblo conozca que tú, oh Yavé, eres Dios, y que eres tú el que les ha cambiado el corazón". Bajó entonces fuego de Yavé, que consumió el holocausto y la leña,las piedras y el polvo, y aún las aguas que había en la zanja. Viendo esto el pueblo, cayeron todos sobre sus rostros y dijeron: "¡Yavé es Dios, Yavé es Dios!"».

 

Así fue como el gran profeta Elías, en la sangre de aquel sacrificio del monte Carmelo, restauró entre Yavé y su Pueblo la Alianza quebrantada.

 

Isaías y el cordero sacrificado para salvación de todos

Entre los años 746 y 701 (a.C.) suscita Dios la altísima misión profética de Isaías. La segunda parte de su libro (40-55), contiene los Cantos del Siervo de Yavé, al parecer compuestos por los años 550-538 (a.C.). Pues bien, en esta profecía grandiosa, que se cumplirá en Jesucristo, se anuncia que Dios, en la plenitud de los tiempos mesiánicos, dispondrá el sacrificio de un cordero redentor.

 

«He aquí a mi siervo, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él, y él dará la Ley a las naciones… Yo te he formado y te he puesto por Alianza para mi pueblo, y para luz de las gentes»… (42,1.6). «Tú eres mi siervo, en ti seré glorificado» (49,3).

 

«He aquí que mi Siervo prosperará, será engrandecido y ensalzado, puesto muy alto… Se admirarán de él las gentes, y los reyes cerrarán ante él su boca, al ver lo que jamás vieron, al entender lo que jamás habían oído» (52,13-15).

 

«No hay en él apariencia ni hermosura que atraiga las miradas, no hay en él belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada.

 

«Pero fue él, ciertamente, quien tomó sobre sí nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros andábamos errantes, como ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros.

 

«Maltratado y afligido, no abrió la boca como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores. Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa, cuando era arrancado de la tierra de los vivientes y muerto por las iniquidades de su pueblo…

 

«Ofreciendo su vida en sacrificio por el pecado, tendrá posteridad y vivirá largos días, y en sus manos prosperará la obra de Yavé… El Justo, mi siervo, justificará a muchos, y cargará con las iniquidades de ellos. Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres, y recibirá muchedumbres por botín: por haberse entregado a la muerte, y haber sido contado entre los pecadores, cuando llevaba sobre sí los pecados de todos e intercedía por los pecadores» (53,2-12).
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