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Juicio y Crucifixión de Cristo

Pbro. Dr. Enrique Cases
14 julio 2012
Sección: Enseñanzas de la Biblia, Jesucristo, vida del alma, La pasión de Cristo, La Sábana Santa, Vida de Jesús

El verdadero motivo del rechazo de Jesús por los jefes de Israel, es que se presenta como el Mesías esperado y el Hijo de Dios.

JESÚS ES JUZGADO

 

Juicio religioso

Jesús fue prendido mientras hacía oración en el Huerto de los Olivos hacia medianoche, aprovechando la traición de uno de sus discípulos: Judas. Sin esperar al día siguiente, aquella misma noche se reunieron muchos de los principales de los judíos para juzgarle. Llama la atención tanto el modo cómo le prendieron, de noche, como la rapidez del falso juicio, como si no quisiesen que nadie le defendiese y así hallar una justificación para matarle, según habían decidido.

Después de buscar diversos falsos testigos llegaron a la causa principal de su acusación: «El Sumo Sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Dícele Jesús: Tú lo has dicho, y os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Padre y venir sobre las nubes del cielo. Entonces el Pontífice rasgó sus vestiduras, diciendo: Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Ellos respondieron: Reo es de muerte» (Mt. 26, 63-66)

El proceso termina con esta acusación de blasfemia. Pero el verdadero motivo del rechazo de Jesús por los jefes de Israel es que se presenta como el Mesías esperado y el Hijo de Dios.

Los judíos que le juzgaban no quisieron aceptar el testimonio de Jesús sobre sí mismo; con una ceguera culpable que les llevará a mentir descaradamente en el juicio ante Pilato y a buscar el asesinato de Jesucristo. De esta manera se hicieron cumplidores de lo anunciado por los profetas.

Juicio civil

Tras la condena por el Sanedrín, muy de mañana, llevaron a Jesús ante el tribunal romano. Allí intentaron engañar al gobernador romano diciendo que llevaban a Jesús para que le juzgase sobre cuestiones políticas. De esta manera se desembarazaban de Jesucristo y, además, comprometían a Pilato con la muerte de alguien tan famoso ante el pueblo como Jesús.

Primer interrogatorio

Los judíos acusaron a Jesús de que «éste perturba a nuestra nación y prohíbe pagar impuestos al César y que se llama a si mismo Mesías Rey» (Lc. 23, 2) Su secreta intención parece que era conseguir un juicio rápido y sin comprobar demasiado las acusaciones. La mentira es clara en algunos temas como el de no pagar impuestos, pues Jesús sí los pagó y había dicho que se debía dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, con lo que respetaba en su debido ámbito la autoridad de los gobernantes.

Pilato interrogó a Jesús, que le responde: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis soldados lucharían para que no fuera entregado a los judíos» (Jn. 18, 36) Con ello, adaptándose a la mentalidad romana, le dice que su reinado es un reino espiritual y no temporal o político. Luego, ante la insistencia de Pilato, le aclara en qué consiste su reino: «Tú dices que yo soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad, oye mí voz» (Jn. 18, 37)

Después le insinúa al mismo Pilato que todo el que busca la verdad con sinceridad comprende las palabras de Cristo. Pilato corta el interrogatorio con una frase llena de escepticismo: «¿Qué es la verdad?. Con ello muestra que tampoco cree en Jesús. Después de esto le declara inocente de las acusaciones de los judíos: «Yo no encuentro en él ninguna culpa» (Jn. 18, 38)

Lo lógico tras esta sentencia era conceder la libertad a Jesús, pero Pilato es débil y quiere quedar bien ante los judíos que acusaban a Jesús. Para ello utiliza el subterfugio de enviarle a Herodes, que estaba entonces en Jerusalén. La estratagema no dio resultado porque Jesús no habló nada ante Herodes, que sólo quería ver un milagro del Señor. Cuando volvió Jesús ante Pilato, dada la insistencia de los judíos, intentó otro sistema de librar a Jesús contentando a todos: aprovechar que se concedía durante las fiestas la libertad de un preso, y decir que erigiesen entre Jesús y Barrabás, que era un asesino. La sorpresa de Pilato fue grande cuando prefirieron a Barrabás, y no sólo los acusadores oficiales, sino una multitud que gritaba «Crucifícale» Ante este enfurecimiento, Pilato intenta un tercer modo de calmar a los acusadores de Jesús: hacerle pasar por el suplicio directamente inferior a la crucifixión, que es la flagelación. Algunos de los que pasaban por este suplicio llegaban a morir, o si no era así, el cuerpo quedaba todo deformado y lleno de sangre, de modo que verlo movía a compasión. Una vez realizada la flagelación, Pilato colocó a Jesús -que además había recibido muchas burlas y llevaba una corona de espinas que se le clavaba en la cabeza- ante el pueblo y dijo: «He aquí al hombre» (Jn. 19, 6) El pueblo no se movió a compasión, sino que gritaron: «Crucifícale, crucifícale» Pilato insistía en que no encontraba en Jesús culpa alguna, pero entonces oyó de boca de los judíos el verdadero motivo por el que le querían matar: «Nosotros tenemos una Ley, y según esta Ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios» (Jn. 19, 7) Cuando Pilato oyó estas palabras temió más.

 

Segundo interrogatorio

Sorprendido por el odio que rodeaba al Señor, por la afirmación que hace Jesús de sí mismo y la paciencia con que lleva los padecimientos, Pilato interroga de nuevo a Jesús diciéndole: «De dónde eres tú? Y Jesús no le dio respuesta. Dícele entonces Pilato: ¿A mí no me respondes?, ¿no sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarle? Jesús respondió: No tendrías poder sobre mí si no te hubiera sido dado de arriba. Por esto, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor» (Jn. 19, 9-1 l) La serenidad de Jesús en aquellas circunstancias tiene un valor sobrehumano.

Pilato aduce que tiene poder, como si el poder fuese arbitrario, y pudiese hacer con él lo que le viniese en gana. Jesús le corrige diciendo que todo poder viene de Dios y de El toda su fuerza; por tanto, lo que tiene que hacer es ejercer su autoridad con justicia. Pilato se da cuenta de que allí se está librando una cuestión importante, que debe juzgar según conciencia; entonces «buscaba soltarlo. Pero los judíos gritaron y dijeron: Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey contradice al César» (Jn. 19, 12) Esta acusación era falsa, porque el reino espiritual no se opone al reino temporal, sino que es de otro orden. Pero Pilato fue débil, se asustó ante las acusaciones y presiones de los judíos y cedió, condenando a Jesús, aunque buscó disculparse poniendo a Jesús azotado delante de los judíos, diciendo: «He aquí a vuestro rey» (Jn. 19, 15), como queriendo decir: ¡Qué mal os puede hacer un hombre tan pacífico! Pero los judíos llegaron a decir, contradiciendo sus mismos pensamientos: «No tenemos más rey que al César» (Jn. 19, 16) Entonces Pliato se lavó las manos delante de todos, y dijo: «Soy inocente de la sangre de este justo; vosotros veréis» (Mt. 27, 24) Y lo tomaron para crucificarlo.

La culpabilidad de Pilato es distinta de la de los judíos, pero él también fue culpable, porque permitió la muerte de un inocente ante las presiones de que fue objeto.

CRUCIFIXIÓN

Tras la condena cargaron a Jesús con su cruz y te condujeron al Calvario, que es un monte que está fuera de la ciudad, junto a las murallas. Es significativo este hecho, porque cuando se debía hacer un sacrificio, según la Ley, por los pecados de todo el pueblo, se hacía fuera de la ciudad. Crucificaron al Señor entre dos ladrones.

Entre las palabras que dijo Jesús en la Cruz se pueden destacar algunas que expresan mejor el verdadero motivo de la muerte del Señor: «Y Jesús decía: Padre perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc. 23, 34) Es la máxima expresión del perdón: perdona no sólo a los ejecutores materiales, sino a todos los culpables. La Cruz es un misterio de perdón. Al ladrón arrepentido que le pide entrar en su reino le dice: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc. 23, 43) Luego declaró el sentido mesiánico del salmo 21 al decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc. 15, 34)

Por último dijo: «está cumplido» (Jn. 19, 30), con lo que indica que ha cumplido con toda justicia y con todo amor la voluntad del Padre de redimir a los hombres del pecado. Después «dando una gran voz, expiró» (Mc. 15, 37) Una vez muerto no le rompieron los huesos como a los demás crucificados, cumpliéndose incluso en ese detalle las profecías, y le atravesaron el corazón con una lanza, como había profetizado Zacarías.

Las heridas y contusiones que se han detectado científicamente en el lienzo conservado en Turín, muestran que el hombre que fue envuelto en el, sufrió una -pasión- asombrosamente coincidente con la narración evangélica acerca de la Pasión de Jesús.

Los evangelistas señalan cómo se cumplen, en la Pasión de Jesucristo, diversas profecías del Antiguo Testamento. A la luz de esos anuncios se comprende mejor el significado de la Pasión y Muerte del Señor. Especial valor tienen los pasajes del profeta Isaías que hablan del Siervo de Yavé. Nos presenta el profeta la figura de un elegido de Dios, que tiene la misión de señalar a los hombres el camino recto e instruirles respecto a la conducta de su vida. Ello le llevará a declarar con valentía, lo que está bien y lo que está mal.

Esta conducta de defensa de la verdad le atraerá ultrajes y desprecios que él acepta sin desfallecer, porque Yavé le sostiene. La vida intachable del Siervo y su doctrina le acarrearán incomprensión, sufrimiento y persecución, hasta culminar en una muerte ignominiosa.

Pero, en realidad se ha entregado a sí mismo por los pecadores, cuyos pecados llevaba sobre sí, intercediendo por ellos. Pero Dios ha convertido ese sufrimiento expiatorio en la salvación de todos. Algunas de estas palabras de Isaías anticipan, con detalles muy concretos, la Pasión de Jesús:

Yo no me resistí

ni me hice atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban.

Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos.

Tan desfigurado tenía su rostro que no parecía hombre.

Despreciado y desecho de hombres,

varón de dolores y sabedor de dolencias

como uno ante quien se oculta e/ rostro.

¡Y con todo eran nuestras dolencias

las que él llevaba

y nuestros dolores los que soportaba!

Nosotros le tuvimos por azotado,

herido de Dios y humillado.

El ha sido herido por nuestras rebeldías,

molido por nuestras culpas.

El soportó el castigo que nos trae la paz

y con sus cardenales hemos sido curados.

Yavé descargó sobre él la culpa de todos nosotros.

Fue oprimido, y él se humilló

y no abrió la boca.

Como un cordero era llevado al degüello

y como oveja que ante los que la trasquilan está muda,

tampoco él abrió la boca, tras arresto y juicio fue arrebatado

por nuestras rebeldías fue entregado a la muerte

y a su muerte está con malhechores.

(Isaías, 53)

EL CUMPLIMIENTO DEL SALMO 21

Este salmo fue recitado o cantado por los israelitas durante muchos siglos antes de Cristo. Con él expresaban los sufrimientos del pueblo y la esperanza que tenían en Dios, que hace que todo resulte provechoso para todos los que le aman.

Jesús oró en la Cruz al Padre con las palabras de este salmo:

«A media tarde, Jesús gritó: Elí, Elí, lamá sabaktani. (Es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).

(Mt. 27, 46. Ver Mc. 15, 34)

Este grito de Jesús es el comienzo del salmo 21, oración angustiosa del justo perseguido a muerte, aunque cargada de esperanza.

(Sal. 21, 5-6-20)

Pero Jesús hace en este momento una proclamación abierta y potente: todo lo que está sucediendo a su alrededor es el cumplimiento de la Palabra de Dios, de la profecía contenida en el salmo:

SALMO 21

«Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica»

(Sal. 21, 19)

«Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. »

(Sal. 21, 17-18)

«Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo; al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;

que lo libre si tanto lo quiere»

(Sal. 21, 7-9)

«¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»

(Sal. 21, 2)

«Mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar»

(Sal. 21, 16)

EVANGELIOS

Reparto y sorteo del vestido.

(Jn. 19, 23s; Mt. 27, 35; Mc. 15, 24: Lc. 23, 34)

Crucifixión.

(Jn. 19, 18; Mt. 27, 35; Mc. 15, 24: Lc. 23, 33)

Burla y mofa despiadadas.

(Mt. 27, 39-44: Mc. 15, 29-32; Lc. 23, 35-37)

Jesús proclama el cumplimiento del salmo.

(Mt. 27, 46; Mc. 15, 34)

«Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo había llegado a su término, para que se cumpliera la escritura, dijo: Tengo sed»

(Jn. 19, 28; Mt. 27, 48; Mc. 15, 36; Lc. 23, 36)

(C.v.e., pág. 155).

Comentarios
1 comentario en “Juicio y Crucifixión de Cristo”
  1. jessica reyes Dijo:

    exelente :D me gusto mucho :D




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