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Tríduo de Navidad: Segundo Día

Pbro. Dr. PabloArce Gargollo
16 julio 2012
Sección: El Calendario litúrgico

En los primeros tres días de Navidad celebramos fiestas importantes que marcan un boceto de la Historia del Cristianismo. Hoy celebramos a San Juan Evangelista, que nos presenta a Jesús como la Razón del Padre y el Primogénito de todas las cosas.

CRISTO EL PRIMOGÉNITO

Ayer, como telón de fondo, para nuestra meditación de Navidad, considerábamos la grandeza de Dios. Un breve repaso a lo dicho.

Cuando hoy son muchos los que hacen el recuento de un año que pasó, nosotros nos vamos al Principio de todos los Principios.

Al principio Dios quiso poner un Nacimiento y creó el universo para adornar la cuna. Y así hizo galaxias, y estrellas, y planetas con lunas y millones de luces para alumbrar su Nacimiento. Hizo mares y océanos. Con solo su mirada coloreó todas las especies de flores que había creado.

– Imaginó las figuras: el buey, la mula, la lavandera, los pastores.

– Y, como no tenía prisa, les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos…

– Cientos de vidas para crear una vida; centenares de amores para conseguir el gesto, el tono de voz.

Pensó en su MADRE: toda la eternidad soñó con Ella.

– Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados de María como esbozos de esa flor que habría de brotar a su tiempo.

– Igual que un artista que persigue tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas en otros tantos labios.

– Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima que tendría su Madre.

– Hasta que un día, exactamente el planeado, nació la Virgen, su Hija predilecta, su Esposa Inmaculada, la Obra de Dios, su Obra Maestra.

– Y la colocó en el Nacimiento, junto a la cuna, con Jesús, vivo retrato de Dios y de María.

Todo eso hizo Dios y vió que era muy bueno.

Y tanto le gustó, que decidió trasmitir en directo el nacimiento de su Hijo a todos los diciembres de la historia.

La Navidad no es un simple aniversario, ni un recuerdo. Tampoco es un sentimiento. Es el día en que Dios pone un Nacimiento en cada alma.

Si Dios hizo todo esto. Si el bien espiritual es infinitamente superior a todo el mundo material. Pensemos lo que Dios quiere poner en nuestra alma. Pensemos en el universo que querrá poner en nuestra alma: luces, cantos, alegrías, paz…

Prepararnos por la confesión y oír la acción del Espíritu Santo: dejarse llevar por sus inspiraciones.

2. VOLVAMOS A LA CREACIÓN:

Con demasiada frecuencia solemos pensar en la creación de un modo simplista y quizá por eso equivocado, hasta el punto de dar por descontada esa falsa sucesión de hechos.

Pensamos que un buen día Dios creó a los ángeles; que los sometió a una prueba, no sabemos bien cual fue, pero del resultado de ella surgió la división entre ángeles y demonios.

Luego creemos que, otro buen día, Dios creó el universo, los reinos mineral, vegetal, animal y, por último, al hombre. Adán y Eva en el paraíso terrenal pecaron, obedeciendo a satanás y desobedeciendo a Dios. En este punto, para salvar a la humanidad, Dios pensó en enviar a su Hijo.

No es esta la enseñanza de la Biblia ni de los Santos Padres. Con semejante concepción el mundo angélico y la creación son ajenos al misterio de Cristo.

Basta leer el prólogo del Evangelio de San Juan y los dos himnos cristológicos que abren las epístolas a los Efesios y a los Colosenses para entender mejor las cosas.

(Juan I): “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. 2El estaba en el principio junto a Dios. Todo fue hecho por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.”

(Col. 1, 15-17) : “El cual es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, ya sean los tronos o las dominaciones, ya los principados o las potestades. El es antes que todas las cosas y todas subsisten en él.”

Cristo es el promogénito de todas las criaturas; todo fue hecho por él y para él.

Sí puede afirmarse que, a causa del pecado de origen de nuestros primeros padres, la venida de Cristo adquirió un significado particular: vino como Salvador.

De este planteamiento cristocéntrico depende el papel de toda criatura. No podemos omitir una reflexión respecto a la Virgen María. Si la criatura primogénita es el Verbo encarnado, no podía faltar en el pensamiento divino, antes de cualquier otra criatura, la figura de aquella en la que se llevaría a efecto la encarnación. De ahí su relación única con la Santísima Trinidad, hasta el punto de ser llamada, ya en el siglo II, “cuarto elemento de la trinidad divina”.

No deja de ser impresionante lo que dice un exorcista (autorizado para expulsar los demonios): “Hacia el final de los exorcismos… suelo recitar el himno cristológico de la Epístola a los Filipenses (2, 6-11). Cuando llego a las palabras: “de modo que al oír el nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo”, me arrodillo yo, se arrodillan los presentes y, siempre, también el endemoniado se ve obligado a arrodillarse. Es un momento fuerte y sugestivo. Tengo la impresión de que también las legiones angélicas nos rodean, arrodilladas ante el nombre de Jesús.” (Gabriele Amorth, Habla un exorcista, p. 21).

La Navidad es una fiesta de la entrega de Dios al mundo: “Nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado” (Antífona de entrada de la Misa de Navidad). Es la entrega de Dios. Dios encarnado es Dios que se acerca, que se abaja, es Dios entregado. Dios que viene para estar con nosotros, para participar de nuestra vida, para convivir con nosotros.

San Ireneo de Lyon, Contra las herejías III, 20, 3 Oficio de Lecturas del 19 de diciembre): “el Verbo de Dios (…) se hizo Hijo del hombre para que el hombre se habituara a percibir a Dios, y Dios a vivir en el hombre, conforme a la voluntad del Padre.”

La plenitud de la salvación y de la revelación que realiza Jesucristo, se cumple a través de la convivencia. La plenitud de la revelación no es propiamente lo que Jesucristo dice, sino Él mismo; y para conocerle el hombre ha de convivir con Él.

La manera adecuada de conocer a las personas, no es saber de ellas “cosas”, cualidades, circunstancias, etc., sino tratarlas, enlazar con su vida, participar en sus acciones, formar parte de su existencia. Ciertamente conocer las cualidades de alguien puede ser útil, pero queda siempre en las fronteras de la persona.

Por eso la venida al mundo del Verbo no debe ser considerada simplemente como un acontecimiento “objetivo”, sino hay que entenderlo en el ámbito personal.

Jesús viene y se entrega por mi en la Cruz. Pero… su máxima entrega está cuando Jesús habla claro de que conviene que Él se vaya, es decir que ese Dios-con-nosotros, deje paso a la otra entrega de Dios a nosotros, que es el Espíritu Santo, el Dios-en-nosotros. Ésta es ya la total entrega, la comunicación, la comunión plena de Dios con su criatura.

La filiación divina es en cierto sentido la culminación del amor de Dios, consecuencia de la Encarnación y de la Pasión y Muerte de Jesús. Cristo, al ofrecerse a su Padre por nosotros, hace que Dios Padre nos ame con el amor inmenso con que ama a su Hijo Encarnado.

La filiación divina, nos debe llevar a “un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo, Hijo Unigénito del Padre, y de estar siempre en presencia de Dios;”

Somos hijos, por Jesucristo y en consecuencia, si no nos esforzamos por parecernos a Cristo, que es el Hijo por naturaleza, no podemos llamarnos hijos, pues nosotros lo somos por adopción, porque Dios Padre ve en nosotros la imagen de su Hijo Encarnado.

(JPII): “La peregrinación va acompañada del signo de la puerta santa, abierta por primera vez en la Basílica del Santísimo Salvador de Letrán durante el Jubileo de 1423. Ella evoca el paso que cada cristiano está llamado a dar del pecado a la gracia. Jesús dijo: « Yo soy la puerta » (Jn 10, 7), para indicar que nadie puede tener acceso al Padre si no a través suyo. Esta afirmación que Jesús hizo de sí mismo significa que sólo Él es el Salvador enviado por el Padre. Hay un solo acceso que abre de par en par la entrada en la vida de comunión con Dios: este acceso es Jesús, única y absoluta vía de salvación. Sólo a Él se pueden aplicar plenamente las palabras del Salmista: « Aquí está la puerta del Señor, por ella entran los justos » (Sal 118 [117],20).

Niño. Cercano. Imitable. Decidirnos a ser Ipse Christus.

A la Virgen María, Stella Matutina, Estrella del alba, que anuncia la llegada de Cristo, Sol de Justicia, le pedimos que aumente nuestro amor a Jesús, por el deseo de imitarle cada día y en cada acontecimiento.

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