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Saber encontrar al que ya esta


1 diciembre 2017
Sección: El Calendario litúrgico

 saberencontraralqueyaestaint1. Comenzamos el adviento

Y sería una pena que pasará de largo. O que todas nuestras preocupaciones durante el adviento consistieran en ver en qué gastamos el dinero. El adviento, o sea, lo de todos los años. Pues no, no es “lo mismo que todos los años”. Este año es nuevo, es distinto.

¿Por qué esta repetición de la liturgia? Porque lo necesitamos, porque somos olvidadizos. Y la Iglesia se encarga de recordarnos siempre lo esencial, lo único importante, lo único válido. Y lo importante y lo válido es siempre Jesucristo, contemplado en sus diferentes misterios.

¿Cuál es el misterio, el aspecto de Jesucristo que la Iglesia nos recuerda en adviento? Su presencia permanente, pero oculta entre nosotros. De ahí el título de mi meditación: saber encontrar al que ya está. Ya está, porque siempre está y nunca nos deja. Pero no le descubrimos, porque su presencia es sacramental: “en medio de vosotros hay uno a quién vosotros no conocéis”. No lo conocemos: nunca lo conocemos suficientemente y siempre lo conocemos mal. Incluso los que mejor le conocen sólo le conocen “en espejo y en enigma”. No conocemos a Jesucristo: este es el sentido del adviento, y a tomar conciencia de ello nos invita la Iglesia para que podamos conocerle mejor.

El Adviento tiene una dimensión de futuro, de presente y de pasado. Una dimensión de futuro y de pasado, que sólo tienen sentido si en el hoy de nuestra vida somos capaces de encontrarnos con el Señor.

Dimensión de futuro: el Señor vendrá con gloria y majestad. Su presencia ahora es oculta, pero vendrá con gloria y majestad, y entonces se descubrirá la verdad y la razón de muchas cosas. Se nos invita a mirar al futuro. Nuestra esperanza está puesta en el más allá, en un cielo nuevo y una tierra nueva, en una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios y hacia la cual peregrinamos. Esa mirada hacia el futuro no nos evade del presente, sino que proyecta una luz sobre las realidades presentes que no son conformes con los planes de Dios, realidades que debemos transformar, porque un cristiano no se siente cómodo con ellas.

Por eso, el adviento tiene también una dimensión de presente: este Señor que vendrá está hoy presente entre nosotros: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Por eso la Iglesia nos invita a descubrirle en nuestra historia, y también en la historia del mundo, pues el Señor está presente en cada hombre y en cada acontecimiento. Y si a veces el pecado oscurece esta presencia, la tarea del cristiano es la de luchar contra el pecado personal y social, para que todo sea una mayor transparencia de Dios.

Y dimensión de pasado: está presente hoy porque quiso habitar entre nosotros, naciendo de María y dejarnos su Espíritu.

2. El Adviento tiempo de esperanza

Es el tiempo que nos abre a la esperanza de encontrarnos plenamente con el Señor, nos invita a descubrirle presente en nuestras vidas y aviva el recuerdo de su venida para estimular nuestra esperanza y dar fuerzas a nuestro presente. De ahí la importancia que tiene vivir bien este Adviento. Santo Tomás de Aquino, hablando de la esperanza, dice que está más viva en los jóvenes que en los mayores, porque los jóvenes tienen el futuro por delante, y la esperanza se refiere a lo que todavía no es. Pues bien, podríamos aplicarnos esta reflexión a nosotros, los católicos “veteranos”, que a veces estamos un poco cansados y un poco de vuelta de tantos sermones, de tantos retiros, de tantas exhortaciones. Nos lo sabemos todo, nadie nos dice nada nuevo, hemos oído todo y tenemos experiencia de todo lo espiritual, de todo lo cristiano. Estamos incluso cansados, porque la vida nos ha maltratado y defraudado. Esperábamos muchas cosas de la vida cristiana, y en el fondo pensamos que no nos ha dado nada, que en viento y en nada hemos gastado nuestras fuerzas.

Pues bien, a nosotros, que estamos hasta aburridos, hoy el Señor nos dice: ánimo, levantad la cabeza, vale la pena, no perdéis el tiempo. Seguid esperando y seguid buscando, porque no habéis llegado. Lo mejor está aún por venir y por descubrir. Cada día puede ser nuevo, cada día puedes descubrir al Señor y encontrarte “nuevamente” con él, con una novedad distinta que nunca se agota. Este adviento está ahí para despertarnos de nuestro cansancio, de nuestra modorra, de nuestro aburrimiento, de nuestro pensar que nada vale la pena, que nada puede cambiar, que no hay nada nuevo bajo el sol. De ahí la necesidad de estar atentos, vigilantes: “velad, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al cantar el gallo, o de madrugada” (Mc 13,35). Las cuatro vigilias en que se divide la noche. Es que no se puede dormir.

 

3. Señor, baja, desciende…

Nosotros, en medio de tanto aburrimiento y cansancio, también tenemos la tentación de clamar como el pueblo de Dios (perdón, ¿hay algún pueblo que no sea de Dios?), el pueblo de Dios, derrotado, despojado y desterrado, suspiraba por una intervención directa del cielo: ¡Ojalá bajases!. Tentación permanente (de amigos y de enemigos) eso de la bajada del Señor: ¡Baja de la cruz y creeremos en ti!. En el fondo eso quiere decir: no nos gusta tu manera de ser Dios. Preferimos que lo seas a nuestra manera: ni en la cruz ni en el pesebre. En los palacios. La gran tentación es pensar que las cosas cambiarían si bajase el Señor. Hasta “los montes se derretirían en tu presencia”, y se esfumarían los obstáculos que parecen insalvables.

Tú eres la luz. Si bajases se acabarían las noches largas, interminables, y se disiparían tantos nubarrones, amenazantes; huirían los miedos y las tristezas que escoltan a las tinieblas. Si bajases, la noche sería clara como el día, y nadie se escondería ni se avergonzaría de sus obras. Si bajases el error sería imposible, nadie preguntaría qué es la verdad, porque se impondría a todos cautivando.

Tú eres la libertad. Si bajases, se acabarían los destierros tan amargos y tan largos; se superarían todas las esclavitudes, las cárceles se abrirían de par en par, saltarían los cepos y los cerrojos, las puertas estarían siempre abiertas. Si bajases, nadie se degradaría con vicios y complejos, nadie se sentiría avergonzado o apocado. Si bajases, no habría más ley que la que dicta la conciencia, la que están impresa en cada corazón.

Tú eres la justicia. Si bajases, los derechos serían respetados, ninguna persona por desvalida que fuera, sería olvidada, marginada, oprimida o ultrajada; no se necesitarían jueces ni tribunales de justicia. Si bajases, cada uno estaría dispuesto a ceder su derecho, antes que conculcar el derecho de los otros; cada uno sería el guardián de su hermano. Si bajases todos los bienes se compartirían, no habría hambre, ni subdesarrollo.

Tú eres la paz. Si bajases, se extinguiría la locura de la guerra y del armamentismo, los conflictos se resolverían con el diálogo y nadie levantaría la mano contra nadie. Si bajases, de las espadas se forjarían arados, los tanques se reconvertirían en tractores y los aviones en palomas mensajeras. Si bajases, a todas las “armas” se les caería la “r” y sonarían amorosamente. Si bajases no habría envidia ni violencia y la palabra perdón sería la más gozosamente pronunciada.

Tú eres el amor. Si bajases, el rey de todas las sociedades, el presidente de todos los parlamentos, el director de todas las empresas, el árbitro de todos los juegos, el líder de todos los grupos, sería el amor. El amor sería el punto de referencia de todas las miradas, de todas las reuniones y la fuente de toda inspiración. Si bajases, nadie sería menos-preciado, menos-amado, los más débiles serían los preferidos, nadie se sentiría sólo. Si bajases todos los hombres hablarían la misma lengua y las diferencias no separarían sino que enriquecerían.

 

4. El Señor bajó

Baja siempre. Está bajando. Y no desaparece la soledad, el odio, la pobreza, la guerra, la división. Pero no baja a nuestra manera. Incluso uno a veces se pregunta si es verdad que tenemos tantas ganas de que baje el Señor. Pues sin él hasta parece que estamos contentos. Tenemos de todo, aunque nada nos satisface; seguimos aburridos, sin amar, sin dejarnos amar. Seguimos mintiendo. No somos libres: no decimos lo que sentimos, no nos presentamos como somos. En el fondo no nos interesa mucho que baje el Señor. Preferimos que baje del cielo una lluvia de millones. No bajes, Señor, en el fondo no nos va tan mal. Nos va bien con nuestros jefes, con nuestros líderes, con nuestras estrellas, con nuestro trabajo, con nuestros ahorros, nuestras compras y nuestros caprichos. Nos va bien con nuestros espectáculos, nuestros deportes, nuestro consumo, nuestra droga de cada día.

De ahí que el buen planteamiento para este adviento no es un deseo vacío de que baje el Señor. Porque ya está ahí. Y como está ahí la pregunta no es: ¿dónde está Dios?, sino: ¿estoy dispuesto a crear en mi vida las disposiciones adecuadas para encontrarle? La cuestión es si nos interesa recibirlo y si nos ponemos en la situación de encontrarlo. Su presencia no es evidente, cierto, pero no por eso es menos real. No es evidente, porque no quiere imponerse. Porque el amor no se impone, respeta siempre la libertad. Es una presencia “sacramental”. Todos conocemos las múltiples presencias del Señor. Es cuestión de descubrirlas. O, más que descubrirlas, es cuestión de ir allí donde sabemos que está. De estas múltiples presencias del Señor, conviene insistir en una porque es la que más fácilmente olvidamos y, sin embargo, es la más decisiva y la que verifica (“hace verdaderas”) a todas las demás. Me refiero a su presencia en el prójimo. Si no sabemos descubrirle ahí no le encontraremos en otros sitios, en la oración o en la liturgia, por ejemplo.

«El Reino de los cielos se parece a…» El Reino de los cielos, o sea Dios mismo es semejante a un banquete en el que todos los hombres, sobre todo los pobres, son acogidos; a un pastor que se ocupa y preocupa más de una oveja perdida que de noventa y nueve seguras; a un padre que acoge, sin pedir explicaciones, al hijo que ha malgastado su herencia; al propietario de un campo que ofrece generosamente un abundante sueldo a quien no se lo ha ganado. En suma, el hombre se encuentra con Dios cuando crea las condiciones para un encuentro fraterno, liberador, reconciliador y gratuito: es lo que indica directamente la parábola del juicio escatológico, en donde el Rey explica a los que tuvieron compasión y misericordia con su prójimo que, en realidad, a quien estaban atendiendo y con quien se estaban encontrando era con Dios mismo (Mt 25,31 ss.).

En todo lo que favorece el bien del hombre es posible encontrar una huella de la presencia de Dios. De ahí que la Escritura critica la falsa imagen de un Dios que no tiene que ver con la salvación del hombre. Así los profetas recuerdan que el verdadero conocimiento de Yahveh va ligado a la práctica de la justicia con los pobres y los indigentes (Jer 22,16). Y la vida de Jesús chocó con las autoridades judías no a propósito de la fe en Dios, sino de cómo funcionaba esa fe en relación con los pobres (cf. Lc 11,39-45). Una imagen de Dios que no coincida con la salvación del hombre es idolátrica y debe ser deshechada. Saber encontrar al que ya está: en nuestra relación con el prójimo nos jugamos el encuentro con Dios. La primera carta de Juan nos lo dice bien claro: amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1 Jn 4,7).

 

5. Adviento no es sólo tiempo de descubrimiento

Es también el momento para que tú seas adviento para los otros. Pues mientras tú descubres al Señor en los otros, también puedes hacer que los otros descubran en ti al Señor. De ahí que el tercer prefacio del adviento habla no sólo de descubrir al Señor en cada hombre y en cada acontecimiento, sino de llevar al Señor a cada hombre y a cada acontecimiento. Que todos tus encuentros con los demás, sean quienes sean, estén impregnados de amor. Que todos puedan ver en ti a un portador, a uno que trae al Señor, que hace al Señor presente. Que todos vean que contigo viene el Señor. Que tú seas para los demás presencia del Señor.

6. El Señor viene, el Señor está

Cuando te lo encuentras, te encuentras contigo mismo. Él es la verdad más profunda acerca del ser humano, el que manifiesta plenamente el hombre al hombre, el que permite que poco a poco vayamos conociendo nuestra propia realidad. Estamos perdidos porque en realidad no nos conocemos, no nos aclaramos. La presencia del Señor ilumina nuestra vida, conduce nuestros pasos y nos manifiesta la plena verdad de nosotros mismos. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido (1 Co 13,12). En realidad no nos conocemos. Sólo nos conoce el Señor. Él que es más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad. Cuando nos lo encontremos cara a cara, conoceremos como somos conocidos, conoceremos como nos conoce el Señor. Y por eso habremos encontrado nuestra plenitud. Ahora, en la medida en que le vamos conociendo, conocemos también el sentido de todas las cosas, y nos conocemos a nosotros mismos. Vivimos menos perdidos, tenemos más luz, estamos más tranquilos, más consolados, somos más felices. ¡Que este adviento sirva para ello y también para que podamos irradiar sobre los demás este conocimiento de Dios!.

Por Martín Gelabert Ballester, o.p.,

Dominicos.org

Comentarios
No hay comentarios en “Saber encontrar al que ya esta”
  1. claudia Dijo:

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  4. Mercedes Llauradó Dijo:

    Adviento tiempo de esperanza;saber encontrar al que ya está y que nunca nos abandona. Permanece en nuestro interior en gracia.Esa es nuestra esperanza. Saludos

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  6. Mercedes Llauradó Dijo:

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