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¡FELIZ AÑO NUEVO!

Pbro Dr. Antonio Orozco Delclós
16 julio 2008
Sección: El Calendario litúrgico

Lo hemos oído y dicho mil veces. ¿Con fundamento? La felicidad es don y quehacer. Tiene una fuente y hay que ir a beber de ella. Es un elixir y hay que tomarlo, aunque el primer sorbo pueda saber amargo

¡FELIZ AÑO NUEVO!

El secreto de la felicidad

¡Feliz Año Nuevo! Lo hemos oído y dicho millares de veces. Es el deseo sincero y unánime en la inminencia y entrada del nuevo año. Pero ¿qué es un deseo de este estilo? Casi siempre un esperar sin fundamento, como el que espera que llueva o no llueva, pero no depende de él. Sin embargo la felicidad sí depende de cada uno, es a la vez don y quehacer. Tiene una fuente y hay que ir a beber de ella. Es un elixir y hay que tomarlo, aunque el primer sorbo pueda saber amargo.

¿Dónde está la fuente? ¿Cuál es el elixir? ¿Alguien tiene el secreto de la felicidad? ¿Sonaría a petulacia decir «yo»? Sonaría, seguramente. A pesar de todo, muchos podemos decirlo.

«El cristiano posee el secreto, conoce el camino para alcanzar la felicidad», afirmaba sin dudarlo Juan Pablo II [1]. Toda la obra del Redentor -a quien, conmovidos, hemos contemplado sonriente entre los brazos de su Madre Virgen, en la gruta de Belén-, así como cada una de sus palabras y gestos, son parte integrante del gran secreto. En la víspera de su Pasión, Jesús exclamará: «digo estas cosas en el mundo para que tengan mi gozo completo en ellos mismos» [2].

Él, perfecto Dios y perfecto hombre, es la plenitud de la alegría. El Verbo se ha humanado para compartir con nosotros su felicidad eterna, inmensa y sin sombras.

Todo ser humano, desea irresistiblemente ser feliz. Es lo natural. ¡Hay naturaleza humana! «¿Para qué nos ha creado Dios?», se pregunta Juan Pablo II. La respuesta, dice, «es absolutamente segura: Dios ha creado al hombre para hacerlo partícipe de su felicidad» [3]. ¿Y el camino?. «Yo soy el Camino» [4], afirma Cristo. Principia en el heno de un pesebre y transita por el madero de un patíbulo. ¿Qué tiene que ver la felicidad con un sendero semejante? Senda ardua, trabajo duro y silencioso, servicio a los demás, sacrificio… ¿Esto es el camino de la felicidad? ¿No la buscan las gentes por veredas bien distintas? Cierto, y por ello es que no alcanzan su objetivo. Cuando la felicidad se busca en los bienes de afuera, el hombre desespera de ser feliz, se hunde en una suerte de melancolía infinita. Ahí sólo cabe hallar destellos fugaces: «aún no empieza el placer y ya se termina» [5]; el sentimiento de frustración es inevitable.

Por eso quizá, decía Paul Claudel, «no hay nada para lo que el hombre sirva menos que para la felicidad; nada que tan deprisa le canse». Sin embargo, añade, «en el hombre hay una necesidad espantosa de felicidad y es preciso que se le dé su alimento, pues de lo contrario acabará devorándolo todo».

Sí, es preciso proclamar el secreto de la felicidad. Los cristianos, sin mérito personal, lo tenemos.

La felicidad es una cierta plenitud.

¿Plenitud de qué? ¡De vida! ¿De qué género de vida? Ante todo, de la vida que nos da el «ser persona» sin lo cual ni siquiera podríamos desear la felicidad. Si la deseamos de un modo insaciable es porque la dimensión espiritual de nuestro ser –irreductible a materia o vida sensitiva- se encuentra en tensión al Infinito: Verdad, Bondad, Belleza, Sabiduría, Libertad, Amor infinitos.

Lo primero que es preciso plenificar , pues, en la vida humana es el entendimiento, facultad espiritual creada para la verdad. En el error, o sólo en posesión de «pequeñas verdades» [las del micro o macrocosmos], no se puede ser feliz. Es preciso nutrir el espíritu con el conocimiento de aquella gran Verdad, que no es «algo», sino «Alguien»: «Yo soy la Verdad» [6]. Como éstas no son palabras de un loco, han de ser de Dios. No hay felicidad humana sin el conocimiento personal de Dios, manifestado en Cristo. Es necesario el estudio de Cristo, aprender a Cristo, tratarle en la oración –a todas horas- y en los sacramentos.

Después del entendimiento, enseguida o a la vez hay que ocuparse de la otra facultad espiritual, la voluntad, esa capacidad prodigiosa de amar siempre más. No le bastan los «amores pequeños», y los mezquinos le enervan. Aspira al gran Amor sin traición y sin final que –en términos de san Josemaría- «sacia sin saciar». El corazón humano no es feliz hasta tanto no se encuentra lleno del Amor inmenso de Dios, es decir, mientras el Amor en Persona, no encuentra cabida en él [8].

Resulta indispensable para ser felices la posesión del Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, que guía hasta la verdad plena y hace brotar en el alma santificada por su gracia, sabrosísimos frutos: alegría y paz que el universo no puede dar. Pues bien, «el Espíritu Santo es fruto de la cruz, de la entrega total a Dios, de buscar exclusivamente su gloria y de renunciar por entero a nosotros mismos» [9].

La felicidad, la alegría, no se encuentra sola, aislada: es el fruto íntimo del amor, su pulpa sabrosa; y no cabe disfrutarla si no es en el amor, el gran y definitivo amor, fruto que en la tierra sólo en un árbol madura: el de la Cruz gloriosa de Cristo resucitado. No es tan raro esto, no es ininteligible. Preguntad a las madres, interrogad a los enamorados y os dirán cosas que han hecho gozosamente, por sus amores, cosas que «desde fuera» lo llamaríamos «cruces».

Además, sabiendo un poco, aunque sólo sea un poco, de «las cosas que Dios tiene preparadas para los que le aman» [10], ya se pregustan aquí, se anticipa la felicidad eterna. Las personas vivimos más del futuro que del pasado y del presente. De lo contrario, el diagnóstico no podría ser otro que profunda decrepitud del espíritu; encefalograma espiritual plano.

Hay un elixir, hay una fuente:

* «El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: « Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba ; el que crea en mí », como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. [11]

* «el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna. » [12]

* «yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis. Esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mi.» [13]

La felicidad es plenitud de vida.

En el Niño que hemos visto nacer en Belén «habita la plenitud de la divinidad corporalmente» [Col 2, 9]. No hemos celebrado simplemente un nacimiento, como advertía el cardenal Ratzinger: «En la Navidad no celebramos el día natalicio de un hombre grande cualquiera, como los hay muchos. Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia o de la condición de niño. Ciertamente que lo puro y lo abierto del niño nos hace esperar, nos proporciona esperanza. Nos da ánimos para contar con nuevas posibilidades del hombre. Pero si nosotros nos aferramos demasiado a eso sólo, al nuevo comienzo de la vida que se da en el niño, entonces lo único que podría quedar en definitiva sería la tristeza: porque también esto «nuevo» acaba por hacerse algo viejo y usado. También el niño entrará en el campo de concurrencia y de rivalidad de la vida, participará en sus compromisos y en sus humillaciones, y, como remate de todo, acabará siendo, igual que todos, presa y botín de la muerte.»

Si nosotros no tuviéramos otra cosa que celebrar que sólo el idilio del nacimiento de un ser humano y de la infancia, entonces en último extremo no quedaría nada de tal idilio. Entonces nada tendríamos que contemplar más que el morir y el volver a ser; entonces cabría preguntarse si el nacer no es algo triste, puesto que sólo lleva a la muerte. Por eso es tan importante observar que aquí ha ocurrido algo más: el Verbo se hizo carne. «Este niño es hijo de Dios», nos dice uno de nuestros villancicos navideños más antiguos. Aquí sucedió lo tremendo, lo impensable y, sin embargo, también lo siempre esperado: Dios vino a habitar entre nosotros. Él se unió tan inseparablemente con el hombre, que este hombre es efectivamente Dios de Dios, luz de luz y a la vez sigue siendo verdadero hombre.» [Card. J. Ratzinger, Y el Verbo se hizo carne ].

La Navidad es la fiesta del Nacimiento de la Vida en plenitud corporalmente, que permanece [14] y se nos da en la Eucaristía.

Al desear a todos los colaboradores, amigos y lectores de Arvo y de encuentra.com un feliz Año Nuevo, pido a la Madre de Dios y Madre nuestra que nos abracemos, como Ella, con todas las fuerzas, a la Santa Cruz de Belén, del Calvario, de la Eucaristía: que pongamos los medios oportunos para conocer más y más a su Hijo, y al Padre y al Espíritu Santo. De tal conocimiento brotará un amor que irá in crescendo, al compás del paso firme y gozoso, sin desmayos, por el Camino de la Vida plena.

¡Feliz Año Nuevo!.


Notas

1 JUAN PABLO II, Homilía, 2I-X-1979.

2 Jn 17,13.

3 JUAN PABLO II, l, c.

4 Jn 14, 6.

5 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 753.

6 Jn 14, 6.

7 Cfr. 1 Jn 4,8.

8 Cfr. Rom 5, 5.

9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 137.

10 Cfr. 1 Cor 2, 9

11 Jn 7, 37-39

12 Jn 4, 14

13 Apc 21, 6-7

14 Cf. CEC, n. 1085; A. Orozco Delclós, El Niño existe.

Publicado originalmente en: Arvo.net

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