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Benedicto XVI: Discursos


13 febrero 2009
Sección: Discursos

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

A LA COMISIÓN MIXTA INTERNACIONAL

PARA EL DIÁLOGO ENTRE CATÓLICOS Y ORTODOXOS

Sala del Consistorio

Viernes 30 de enero de 2009

Queridos hermanos en Cristo:

Os doy una cordial bienvenida a vosotros, miembros de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias orientales ortodoxas. Al final de esta semana de intenso trabajo, podemos dar juntamente gracias al Señor por vuestro firme compromiso en la búsqueda de la reconciliación y la comunión en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

Ciertamente, cada uno de vosotros contribuye a esta tarea no sólo con la riqueza de su propia tradición, sino también con el compromiso de las Iglesias implicadas en este diálogo para superar las divisiones del pasado y para reforzar el testimonio común de los cristianos ante los enormes desafíos que deben afrontar hoy los creyentes.

El mundo necesita un signo visible del misterio de unidad que vincula a las tres divinas Personas y que se nos reveló, hace dos mil años, con la encarnación del Hijo de Dios. San Juan nos muestra perfectamente la realidad concreta del mensaje del Evangelio, cuando declara su intención de anunciar lo que oyó, lo que sus ojos vieron, lo que sus manos tocaron, para que todos puedan estar en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 1, 1-4). Nuestra comunión a través de la gracia del Espíritu Santo en la vida que une al Padre y al Hijo tiene una dimensión perceptible en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, "la plenitud del que lo llena todo en todo" (Ef 1, 23), y tenemos el deber de esforzarnos para que esta dimensión esencial de la Iglesia se manifieste al mundo.

En vuestro sexto encuentro se han dado importantes pasos precisamente en el estudio de la Iglesia como comunión. El hecho mismo de que el diálogo haya continuado en el tiempo y que cada año sea acogido por una de las diversas Iglesias a las que representáis es, de por sí, un signo de esperanza y de aliento. Sólo debemos volver la mirada hacia Oriente Próximo —de donde procedéis muchos de vosotros— para ver que se necesitan con urgencia auténticas semillas de esperanza en un mundo herido por la tragedia de la división, del conflicto y del inmenso sufrimiento humano.

La Semana de oración por la unidad de los cristianos acaba de concluir con la ceremonia en la basílica dedicada al gran apóstol san Pablo, en la que muchos de vosotros habéis participado. San Pablo fue el primer gran baluarte y teólogo de la unidad de la Iglesia. Sus esfuerzos y luchas estaban inspirados por la constante aspiración de mantener una comunión visible, no sólo exterior, sino real y plena, entre los discípulos del Señor. Así pues, por intercesión de san Pablo, pido la bendición de Dios para todos vosotros, así como para todas las Iglesias y los pueblos a los que representáis.

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