Encuentra.com
inicio
Contacto RSS

Untitled Document
Untitled Document

Benedicto XVI: Discursos


21 mayo 2008
Sección: Discursos

VIAJE APOSTÓLICO

DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

A POLONIA

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE

 

ENCUENTRO CON LOS RELIGIOSOS, LAS RELIGIOSAS, LOS SEMINARISTAS

Y LOS REPRESENTANTES DE LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES

 

Czestochowa, viernes 26 de mayo de 2006

 

 

 

Queridos religiosos, religiosas, personas consagradas, todos vosotros que, movidos por la voz de Jesús, lo habéis seguido por amor; queridos seminaristas, que os estáis preparando para el ministerio sacerdotal; queridos representantes de los Movimientos eclesiales, que lleváis la fuerza del Evangelio al mundo de vuestras familias, de vuestros lugares de trabajo, de las universidades, al mundo de los medios de comunicación social y de la cultura, a vuestras parroquias: 

 

Como los Apóstoles con María "subieron a la estancia superior" y allí "perseveraban en la oración con un mismo espíritu" (Hch 1, 12. 14), así también hoy nos hemos reunido aquí, en Jasna Góra, que es para nosotros, en esta hora, la "estancia superior", donde María, la Madre del Señor, está en medio de nosotros. Hoy ella guía nuestra meditación; nos enseña a orar. Nos indica cómo abrir nuestra mente y nuestro corazón a la fuerza del Espíritu Santo, que viene a nosotros para que lo llevemos a todo el mundo. Deseo saludar cordialmente a la archidiócesis de Czestochowa juntamente con su pastor, el arzobispo Stanislaw, y con los obispos Antoni y Jan. A todos os doy las gracias por haber querido participar en esta oración.

 

Queridos hermanos, necesitamos un momento de silencio y recogimiento para entrar en la escuela de María, a fin de que nos enseñe cómo vivir de fe, cómo crecer en ella, cómo permanecer en contacto con el misterio de Dios en los acontecimientos ordinarios, diarios, de nuestra vida. Con delicadeza femenina y con "la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo" (Redemptoris Mater, 46), María sostuvo la fe de Pedro y de los Apóstoles en el Cenáculo, y hoy sostiene mi fe y la vuestra.

 

"La fe es un contacto con el misterio de Dios", dijo el Santo Padre Juan Pablo II (ib., 17), porque creer "quiere decir "abandonarse" en la verdad misma de la palabra del Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente "cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos"" (ib., 14). La fe es el don, recibido en el bautismo, que hace posible nuestro encuentro con Dios. Dios se oculta en el misterio:  pretender comprenderlo significaría querer circunscribirlo en nuestros conceptos y en nuestro saber, y así perderlo irremediablemente. En cambio, mediante la fe podemos abrirnos paso a través de los conceptos, incluso los teológicos, y podemos "tocar" al Dios vivo. Y Dios, una vez tocado, nos transmite inmediatamente su fuerza. Cuando nos abandonamos al Dios vivo, cuando en la humildad de la mente recurrimos a él, nos invade interiormente como un torrente escondido de vida divina.

 

¡Cuán importante es para nosotros creer en la fuerza de la fe, en su capacidad de entablar una relación directa con el Dios vivo! Debemos cuidar con esmero el desarrollo de nuestra fe, para que penetre realmente todas nuestras actitudes, nuestros pensamientos, nuestras acciones e intenciones.

La fe ocupa un lugar no sólo en los estados de ánimo y en las experiencias religiosas, sino ante todo en el pensamiento y en la acción, en el trabajo diario, en la lucha contra sí mismos, en la vida comunitaria y en el apostolado, puesto que hace que nuestra vida esté impregnada de la fuerza de Dios mismo. La fe puede llevarnos siempre a Dios, incluso cuando nuestro pecado nos hace daño.

 

En el Cenáculo los Apóstoles no sabían lo que les esperaba. Atemorizados, estaban preocupados por su futuro. Seguían experimentado aún el asombro provocado por la muerte y resurrección de Jesús, y estaban angustiados por haberse quedado solos después de su ascensión al cielo. María, "la que había creído que se cumplirían las palabras del Señor" (cf. Lc 1, 45), asidua con los Apóstoles en la oración, enseñaba la perseverancia en la fe. Con toda su actitud los convencía de que el Espíritu Santo, con su sabiduría, conocía bien el camino por el cual los estaba conduciendo y que, por tanto, podían poner su confianza en Dios, entregándose sin reservas a él, y entregándole también sus talentos, sus límites y su futuro.

 

Muchos de vosotros habéis reconocido esta llamada secreta del Espíritu Santo y habéis respondido con todo el entusiasmo de vuestro corazón. El amor a Jesús, "derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que os ha sido dado" (cf. Rm 5, 5), os ha indicado el camino de la vida consagrada. No lo habéis buscado vosotros. Ha sido Jesús quien os ha llamado, invitándoos a una unión más profunda con él. En el sacramento del santo bautismo habéis renunciado a Satanás y a sus obras, y habéis recibido  las gracias necesarias para la vida cristiana y la santidad. Desde ese momento  brotó  en vosotros la gracia de  la  fe,  que  os  ha  permitido uniros a Dios.

 

En el momento de la profesión religiosa o de la promesa, la fe os llevó a una adhesión total al misterio del Corazón de Jesús, cuyos tesoros habéis descubierto. Renunciasteis entonces a cosas buenas, a disponer libremente de vuestra vida, a formar una familia, a acumular bienes, para poder ser libres de entregaros sin reservas a Cristo y a su reino. ¿Recordáis vuestro entusiasmo cuando emprendisteis la peregrinación de la vida consagrada, confiando en la ayuda de la gracia? Procurad no perder el impulso originario, y dejad que María os conduzca a una adhesión cada vez más plena.

 

Queridos religiosos, queridas religiosas, queridas personas consagradas, cualquiera que sea la misión que se os ha encomendado, cualquiera que sea el servicio conventual o apostólico que estéis prestando, conservad en el corazón el primado de vuestra vida consagrada. Que ella renueve vuestra fe. La vida consagrada, vivida en la fe, une íntimamente a Dios, aviva los carismas y confiere una extraordinaria fecundidad a vuestro servicio.

 

Amadísimos candidatos al sacerdocio, la reflexión sobre el modo como María aprendía de Jesús puede ayudaros en gran medida también a vosotros. Desde su primer "fiat", durante los largos y ordinarios años de su vida oculta, mientras educaba a Jesús, o cuando en Caná de Galilea solicitaba el primer milagro, o por último cuando en el Calvario al pie de la cruz contemplaba a Jesús, lo "aprendía" en cada momento. Había acogido, primero en la fe y después en su seno, el Cuerpo de Jesús y lo había dado a luz. Día a día lo había adorado extasiada, lo había servido con amor responsable, había cantado en su corazón el Magnificat.

Comentarios
No hay comentarios en “Benedicto XVI: Discursos”


css.php