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No he venido a ser servido sino a servir


28 julio 2008
Sección: De los obispos

"NO HE VENIDO A SER SERVIDO SINO A SERVIR"

Homilía del Monseñor Juan Luis Cipriani Thorne Arzobispo de Lima y Primado del Perú, 30-01-1999

Prólogo

El 9 de enero de 1999, la Santa Sede hizo público el nombramiento de Monseñor Juan Luis Cipriani Thorne, como Arzobispo de Lima y Primado del Perú. Hasta entonces Arzobispo de Ayacucho, había sido durante diez años el pastor de una arquidiócesis flagelada por el terrorismo y el protagonista de la conquista de una cultura cristiana de paz. Había desarrollado una intensa labor pastoral, fomentando las vocaciones sacerdotales en el Seminario de Huamanga.

En los diez años que estuvo en Ayacucho (1988-1998) creó o impulsó, según los casos, las casas hogar de Huanta y Huancapi, de Tambo y Vilcashuamán y el Puericultorio de Ayacucho, atendidos por sacrificadas madres y hermanas de distintas familias religiosas. Ello implicaba dar apoyo nutricional y de manutención a 300 niños pobres y huérfanos, quienes perdieron a sus padres a causa de la violencia terrorista.

Restauró 17 de los 33 templos de la ciudad, llevando simultáneamente aliento a los sacerdotes, en el cumplimiento de sus actividades parroquiales y educativas, y estímulo a las religiosas contemplativas y asistenciales, en beneficio del pueblo, mediante el buen desarrollo de los centros en favor de huérfanos, ancianos y enfermos.

Monseñor Juan Luis Cipriani Thorne nació el 28 de diciembre de1943. Cuarto de once hermanos, es hijo de Enrique Cipriani Vargas e Isabel Thorne de Cipriani. Ha sido miembro del seleccionado peruano de baloncesto (1961-1968), es ingeniero industrial y doctor en Sagrada Teología. Se ordenó sacerdote en la Basílica de San Miguel de Madrid, España, en agosto de 1977. Fue ordenado Obispo en la Catedral de Lima por su Eminencia el Cardenal Juan Landázuri Ricketts, en agosto de 1988.

Ha sido Presidente de la Comisión Episcopal de Evangelización y Catequesis (1988 – 1991). Desde 1990 es Consultor de la Congregación Romana del Clero. Ha publicado varios libros, entre ellos, "La virtud de la prudencia en Santo Tomás", "Personalidad y Amor Conyugal" y "Catecismo de Doctrina Social" (50,000 ejemplares vendidos), además de numerosos artículos periodísticos. Su último libro, "Testigos vivos de Cristo" recoge treinta homilías dominicales, pronunciadas en las celebraciones de la Santa Misa, en la catedral de Huamanga. La fuerza de su predicación y la viveza de la fe late en cada una de sus páginas.

Ha sido Conferencista invitado en varias ocasiones a universidades de Estados Unidos (Harvard, Princeton, Chicago y otras). Ponente en CADE, en varias oportunidades, y eventos organizados por el IPAE, en temas morales relacionados con el desarrollo económico y lucha contra la pobreza. Participante en la Conferencia Latinoamericana de Santo Domingo, organizada por el CELAM en 1992.

Su imagen adquirió resonancia internacional por su actuación como Garante, en representación de la Santa Sede, ante la crisis de los rehenes en la residencia del embajador de Japón en Lima (diciembre 1996-abril 1997) y como Coordinador de la Comisión de Garantes, en dicha oportunidad. Meses más tarde, fue invitado especial del Gobierno de Japón: visitó Tokio y otras ciudades de ese país (1998).

El sábado 30 de enero de 1999 tuvo lugar en la Basílica Catedra de Lima la celebración de la santa Misa, con motivo de la toma de posesión del nuevo arzobispo de la capital peruana. Asistieron 50 obispos peruanos, en una solemne ceremonia, en la que el pueblo colmaba la nave del templo. La celebración tuvo momentos de especial emoción, cuando Mons. Cipriani interrumpió la lectura de su homilía para confundirse con un abrazo fraterno con su antecesor en el cargo, Su Eminencia el Cardenal Augusto Vargas Alzamora. Igualmente, la emoción embargó al nuevo arzobispo cuando recordó el sufrimiento del pueblo ayacuchano y cuando evocó la memoria de sus padres, ya fallecidos.

Los fieles limeños que participaron en el sacrificio del altar respondieron con sus reiterados aplausos la homilía de su nuevo pastor. Monseñor Cipriani inició sus palabras recordando a Jesucristo, que había dicho a sus discípulos que ha venido al mundo para servir no para ser servido. Asimismo, Mons. Cipriani recordó su lema episcopal, tomado del Evangelio de San Juan: "Consummati in unum" (Jn 17, 23).

"Todo sacerdote debe ser signo de comunión con el Obispo. Su vocación exige que sea una señal de unidad con una sólida espiritualidad. Su misión y su identidad tienen su centro en el seguimiento de Cristo, portador de gracia que distribuye a sus hermanos para configurar a Cristo Cabeza y Pastor en nosotros, como enseña la Exhortación "La Iglesia en América" (ref. nº 39). La búsqueda de vocaciones para el Seminario debe llevarnos a rezar mucho y dar buen ejemplo. Es una prioridad absoluta para nuestra Arquidiócesis y para la Iglesia universal."

Al día siguiente, el diario "El Comercio" dio cuenta del acto comentando que "en imponente ceremonia, el nuevo arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, declaró su respeto a la doctrina social de la Iglesia y la naturaleza apolítica de su cargo". Y añadió que "la catedral de Lima resultó pequeña para albergar todo el afecto y la gratitud, expresados en la imponente Eucaristía…"

El diario "El Sol" apunta que Cipriani recibió el báculo de manos del cardenal Augusto Vargas Alzamora, su antecesor, y ofreció, durante la homilía, su lucha permanente para "superar la división entre la fe y la vida, tarea indispensable para que se pueda hablar seriamente de conversión."

El diario "La República" narra que "el llamado a la unidad de la Iglesia para desarrollar una buena labor pastoral en todo el país, hecho por el flamante arzobispo de Lima, Monseñor Juan Luis Cipriani Thorne, fue destacado por varios obispos de diversas provincia.".

Iniciamos, pues, la publicación de documentos del Arzobispado de Lima con la presentación de la homilía pronunciada con motivo de este acontecimiento, a solicitud de muchos fieles, que desean tener una edición sencilla y popular de las palabras de su Pastor.

Javier Dextre Uzátegui

Secretario de Prensa

Arzobispado de Lima



Hermanos todos en Cristo:

1. Agradezco al Santo Padre Juan Pablo II la muestra de paternal confianza que significa nombrarme Arzobispo de Lima y Primado del Perú. Asumo esta gran responsabilidad en espíritu de servicio a la Iglesia y consciente de mis personales limitaciones. Es una carga gravosa y fuente de fatiga, que me lleva a meditar en las palabras de Cristo: "No he venido a ser servido, sino a servir" [1].

Agradezco, asimismo, al Señor Cardenal Augusto Vargas Alzamora, mi antecesor en el cargo, por su servicio al frente de esta Iglesia local. Al tomar posesión de mi nueva sede arzobispal, les pido sus oraciones para que yo me deje conducir por el Espíritu Santo en esta difícil tarea que me espera.

2. La Providencia de Dios me permitió desempeñar durante 10 años mi trabajo episcopal en la querida Arquidiócesis de Ayacucho. Quiero expresar aquí mi recuerdo agradecido a Mons. Federico Richter Prada OFM, a cuyo lado trabajé los primeros años, como Obispo Auxiliar, por sus valiosas enseñanzas y mi agradecimiento profundo al clero, a los religiosos y a todos los amigos ayacuchanos.

El miércoles pasado viajé por carretera a Ayacucho y, al contemplar los magníficos paisajes serranos, me vinieron a la memoria y al corazón estos intensos años vividos. Me han enseñado mucho. He aprendido a amar más y mejor, con obras, a la gente más necesitada. Me han enseñado a sufrir al contemplar la pobreza y la marginación de mis hermanos del campo.

La experiencia de una vida intensa junto a ellos me ha mostrado el verdadero rostro de la dignidad de esos hermanos nuestros, hijos de Dios. Han sido años duros -por qué no decirlo- pero años de gozo y esperanza. La paz, que es un bien fundamental para cualquier actividad humana, también para la religiosa, se ha logrado casi en su totalidad. La oración y la expiación han sido mis armas delante de Dios.

3. En esta forja de dolor, de pobreza, de oración y de lucha por recuperar la dignidad de las personas humanas más desposeídas y olvidadas, reforcé mi amor concreto por los más necesitados y mi respeto a los Derechos Humanos. Nunca me he olvidado y nunca me olvidaré de este amor por los más marginados, con obras y de verdad.

La Iglesia, nos recuerda el Santo Padre Juan Pablo II, es consciente de que "su mensaje social es creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y su lógica interna. De esta conciencia deriva también su amor preferencial por los pobres, el cual nunca es exclusivo ni discriminatorio de otros grupos" [2]. ¡Hermanos, la Iglesia nos pide solidaridad concreta, no limosnas! No necesita de hipotecas ideológicas para ser fiel a su misión evangelizadora.

4. Quiero rendir especial homenaje a tantos sacerdotes-colaboradores humildes de nosotros, los Obispos- que en mil rincones del país, con su presencia llena de comprensión y sacrificio valiente y con sus oraciones han sido instrumentos de paz; a tantas religiosas y religiosos que, acompañando a los fieles laicos con sus caminatas y horas de trabajo, han sabido llevar el mensaje del Evangelio, fermento de unidad con Cristo; agradecer a los catequistas rurales, verdaderos doctrineros que muchas veces fueron el último reducto de la religiosidad en sus comunidades.

No puedo dejar de mencionar también a otros importantísimos actores de esta tarea de pacificación -don de Dios-, porque sería injusto: mis hermanos ronderos, mis hermanos campesinos, las valerosas "mamitas" vestidas con sus largas polleras, los miembros de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional. En fin, un cúmulo de entrega concreta, silenciosa y eficaz al servicio de la paz.

Me vienen a la memoria los rostros y las miradas de niños y de ancianos de Vilcashuamán, Pilpichaca, Cayara, Huancapi, Socos, Vinchos y tantos otros pueblos. No había jóvenes ni padres de familia, porque habían muerto. ¡Qué dolor, qué desamparo, qué rostros dolientes del mismo Cristo! Para todos ellos, una vez más, mi bendición y mis plegarias.

5. Acabo de asistir a la firma por el Papa, en México, de la Exhortación Apostólica Postsinodal "La Iglesia en América", cuyo contenido expresa el mensaje del Evangelio para los católicos americanos; un mensaje que inspirará la tarea pastoral de los obispos, también la mía, para el tercer milenio de la cristiandad.

"La Iglesia es signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de Cristo" [3]. Precisamente, "Consummati in unum" [4], todos unidos solidariamente alrededor de Jesús, es el lema de mi escudo episcopal. Juan Pablo II continúa su discurso afirmando que la pureza e integridad, así como también la unidad de todo el Colegio de Obispos, se vive bajo la autoridad del Sucesor de Pedro.

La Iglesia busca y promueve la unidad siempre en la verdad y en la caridad. Es una unidad en Cristo VIVO, presente de modo real en la Eucaristía y redimiendo los pecados en la Confesión. "Y, puesto que sois hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: !Abba¡, ¡Padre¡ De manera que no eres siervo, sino hijo, también heredero por medio de Dios" [5]. Somos administradores de los tesoros divinos que están principalmente en los sacramentos, que son el fundamento indispensable para la comunión y la unidad.

6. "La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguarda del carácter trascendente de la persona humana" [6]. Por eso, desde esta dimensión particular, la Iglesia tiene el deber y el derecho de exponer su Doctrina íntegramente, con sus consecuencias en la vida social.

En estos tiempos, siguiendo la huella del Santo Padre, hacemos especial hincapié en su Doctrina Social, en el fomento de una cultura que defienda la vida desde su concepción, que promueva a la familia como célula fundamental de la sociedad y que recuerde a los padres la grave responsabilidad de educar a sus hijos.

La legislación que haga referencia a la educación católica, en todos sus niveles, y a los diversos aspectos con relación al matrimonio y a la familia siempre serán una cuestión mixta que incumbe a la Iglesia y al Estado en la obligación que ambos tienen de ir en búsqueda del bien común.

7. Como todos los Obispos, procuraré ser siempre un signo luminoso de cercanía, de caridad y comprensión al servicio de la verdad. Me esforzaré en ser un constructor de la unidad, siempre buscando la verdad. Por eso, al establecer las necesarias relaciones con las autoridades civiles, mi actitud será siempre cordial y respetuosa. Mantendré la justa independencia que me permita colaborar con la legítima autonomía, en la búsqueda del bien común, especialmente de los más necesitados.

8. Todo sacerdote debe ser signo de comunión con el Obispo. Su vocación exige que sea una señal de unidad con una sólida espiritualidad. Su misión y su identidad tienen su centro en el seguimiento de Cristo, portador de gracia que distribuye a sus hermanos para configurar a Cristo Cabeza y Pastor en nosotros, como enseña la Exhortación "La Iglesia en América" [7]. La búsqueda de vocaciones para el Seminario debe llevarnos a rezar mucho y dar buen ejemplo. Es una prioridad absoluta para nuestra Arquidiócesis y para la Iglesia universal.

9. El ejemplo y la palabra de los sacerdotes deben aliviar el cansancio en los corazones, la fatiga del espíritu. ¡Que los fieles vean en cada uno de nosotros a Cristo que habla con alegría y esperanza! "La espiritualidad no se contrapone a la dimensión social del compromiso cristiano" [8]. Acción y contemplación son acciones complementarias y necesarias. Oponerlas de modo excluyente es ignorar el obrar de la persona.

10. El Obispo, así lo haré, es a la vez amigo y pastor de los sacerdotes, cercano y al mismo tiempo sincero, al corregir y al alentar. Las puertas del Palacio Arzobispal estarán abiertas para recibir a los sacerdotes, mis principales colaboradores. Ustedes, sacerdotes, serán tema habitual de mi oración, de mi conversación con Dios. Les pido sus oraciones y sinceridad en la amistad.

11. El siglo XXI estará marcado, de modo especial, a mi entender, por la presencia de la Iglesia a través de la actuación secular de ciudadanos de cualquier condición social, de diferentes niveles culturales que, en la cátedra, en los medios de comunicación, en la familia, en el deporte, en el mundo de la cultura, en el campo, y en toda actividad humana honesta, respondan con su buena formación cristiana y su competencia profesional a la "llamada universal a la santidad", proclamada por el concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática Lumen Gentium. En pocas palabras, gente de la calle que, con su personal responsabilidad, descubra a los demás el valor divino de lo humano, siendo sal, luz y fermento en medio del mundo. La tarea es apasionante.

12. "Superar la división entre fe y vida es indispensable para que se pueda hablar seriamente de conversión. En efecto, cuando existe esta división, el cristianismo es sólo nominal (…) el creyente ha de ser testigo de la propia fe" [9]. La conversión a la que nos invita el Santo Padre es "la historia de la salvación que tiene en Cristo su punto culminante y su significado supremo" [10]. "Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida" [11].

"El recio lenguaje que la pedagogía divina de la salvación usa para impulsar al hombre a conversión es el de la penitencia, principio y camino de su rehabilitación y condición para recuperar lo que con sus solas fuerzas no podría alcanzar: la amistad de Dios, su gracia y la vida sobrenatural, la única en la puede resolverse las aspiraciones más profundas del corazón humano" [12]. Para saber amar es necesario aprender a sufrir: el mundo de hoy y su tendencia al consumismo desvía su mirada de la Cruz. Frente a esa actitud negativa, se requiere el coraje de anunciar a Cristo con la propia vida siendo testigos vivos suyos.

13. Tenemos un gran desafío que nos obliga a todos a formar bien nuestras conciencias, siguiendo los claros contenidos del Catecismo de la Iglesia católica. Descubrir el vínculo que existe entre la fe, la verdad, el bien y la libertad y rechazar la inclinación al permisivismo moral imperante.

14. "¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?" [13]. Al meditar estas palabras de Santa Isabel a la Virgen María, elevo mi corazón a Ella, la Virgen de la Evangelización, para decirle: "Soy tu hijo, cuídame y llévame a Jesús, que la religiosidad popular limeña venera con la advocación del Señor de los Milagros".

15. Permítanme decir dos palabras a mis padres, que ya descansan en el Señor: gracias y ayúdenme.

Recuerdo con agradecimiento al Cardenal Juan Landázuri, quien me dio la Primera Comunión, luego la Confirmación y finalmente me consagró como Obispo en esta Catedral. Recuerdo también, de manera especial, a Monseñor Ignacio Orbegoso, que fuera 30 años Obispo de Chiclayo y que fue un hermano mayor para mí, junto con otros hermanos en el Episcopado: Monseñores Ariz, Vallebuona, Schmidt, Noriega y tantos otros, que me enseñaron a querer más y mejor a la Iglesia.

Mi agradecimiento filial al Beato Josemaría Escrivá, mi Padre, al que tuve el honor y la suerte de conocer y tratar personalmente, que fue el fundador de esa "pequeña familia", como le gustaba decir, que es la Prelatura Personal del Opus Dei. Sin él yo no estaría aquí. "De que tú y yo nos portemos como Dios quiere, escribió en el libro "Camino", -no lo olvides-, dependen muchas cosas grandes" [14]. En una palabra, lo que Dios y él me piden es humildad. Les ruego que recen por mí para que sea un buen instrumento para servir a la Iglesia.

Santos Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Martín de Porres, Francisco Solano y Juan Masías, rueguen por mí.

Así sea.

+ Juan Luis Cipriani Thorne

Arzobispo de Lima y Primado del Perú


[1] Mt 20,28

[2] Encíclica Centesimus Annus 57

[3] La Iglesia en América" nº 33

[4] Jn 17, 24

[5] Ga 4, 6-7

[6] La Iglesia en América nº 27

[7] ref. nº 39

[8] La Iglesia en América nº 29

[9] ref. La Iglesia en América, nº 26

[10] Bula Incarnationis mysterium, nº 1

[11] Ibid

[12] Ibid nº 2

[13] Lc 1, 39-47

[14] nº 755

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