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La honra perdida


16 junio 2008
Sección: De la Ley de Dios

Como católicos, debemos ser personas de una pieza, Nuestro Señor Jesucristo lo explicó muy claramente: “Que sea tu sí, sí; y tu no, no” (Mt. 5, 37). Si vamos a decir algo, tenemos un doble deber: saber que lo que decimos es totalmente cierto, y saber si lo que vamos a decir (aunque sea cierto) puede dañar la reputación de alguien.

Hoy en día hablar de “honor” o de “honra” puede sonar un poco pasado de moda. Hace algunos años la palabra de honor era tan buena o mejor que una firma, pues una persona que empeñaba su palabra sabía que su buen nombre estaba de por medio. Hoy en día, incluso la gente niega su firma en los contratos en un juicio.

 

Debido a que le damos hoy en día tan poca importancia a conceptos como honra y honor, cada día nos parece más fácil hacer comentarios ligeros, críticas sin fundamento. Desgraciadamente esto también ocurre en los medios de información como la prensa o la televisión, en donde a veces se exponen temas que dañan la honra de las personas sin conocer toda la información necesaria, o mintiendo deliberadamente.

 

En muchos países están de moda programas televisivos de “chismes”, en donde se expone la vida privada de artistas y celebridades. En numerosas ocasiones los chismes son creados de la nada con el solo objeto de generar sensacionalismo. La honra y probidad de muchas personas es puesta en entredicho en este tipo de formas de entretenimiento.

 

En este tema, hay dos puntos fundamentales a analizar como personas: nuestra propia conducta, y la actitud que asumimos ante la información que nos llega.

 

Como cristianos, debemos cumplir siempre y en todo lugar el mandamiento en el que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Cuando hablamos con ligereza de los demás, afirmando cosas que no nos constan, estamos atentando contra este mandamiento. Al decir un chisme o propiciarlo, no nos estamos comportando como hijos de Dios, sino que la honra de una persona pasa a ser un medio para obtener la satisfacción egoísta que proporciona el chisme.

 

El problema del chisme y el rumor, es que fácilmente pueden llevarnos al pecado de la calumnia, que es muy grave al combinar tres faltas: contra la verdad (mentir), contra la justicia (herir el buen nombre ajeno) y contra la caridad (fallar en el amor debido al prójimo).

 

Fácilmente podríamos pensar “eso de la reputación es una exageración, ¿A quién le importa?”, sin embargo cuando uno mismo es la víctima del chisme o la murmuración, entonces sí que apreciamos lo importante es que nuestra honra y nuestro buen nombre.

 

Ahora bien, tal vez no decimos chismes, ni murmuramos, pero participamos activamente en conversaciones en las que se habla de otras personas o se tiene al chisme como una forma de entretenimiento. Al mismo tiempo, vale la pena decir que debemos tener un criterio propio ante las noticias y notas que recibimos en los medios masivos de comunicación. Con frecuencia los propios medios como televisión o prensa tienen sus propios intereses; no debemos ser ingenuos, es importante contar con un criterio personal. ¿La nota que dan contiene información comprobable? ¿Cuál es la fuente de la información? ¿En qué medio estoy recibiendo la nota? Todo esto debe ayudarnos a formar nuestra propia opinión de los acontecimientos. Si alentamos los chismes, seguirán fluyendo. Un problema con los programas de chismes es que tienen una gran demanda. En el caso de los noticieros, debemos entender que la línea editorial de una televisora, radiodifusora o periódico pueden tener interés de algún tipo en alabar a una persona, o en perjudicarla. Hay que saber “leer entre líneas”.

 

Una regla fundamental es tratar siempre de decir cosas positivas de los demás, hablar como si estuviesen presentes.

 

Demos a los conceptos de “honra” y “honor” el lugar que tienen y procuremos vivir nuestra vida con integridad, siempre apegados a la verdad y nunca siendo parte de chismes o enredos que nos denigran como cristianos y, a la larga, nos hacen personas desagradables.

 

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