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El valor de la sexualidad y su integridad en la persona

AurelioFernández
28 mayo 2008
Sección: De la Ley de Dios

Es fundamental entender la amplitud y el sentido de la sexualidad humana, así como la virtud de la castidad y los actos contrarios a esta virtud.

La sexualidad es fuente de la vida y, si la vida representa el valor supremo de la existencia, en lógica conclusión, la facultad generadora de la vida humana es digna del mismo elogio y alabanza.

Además la sexualidad esta íntimamente unida al amor entre la mujer y el hombre. Por estas razones, la sexualidad, entendida como origen de vida y plasmación del amor humano, ha merecido un gran respeto a lo largo de la historia de la teología moral y ha disfrutado de tanta excelencia.

Pero esta esplendidez de la sexualidad humana representa además un instinto primario en el ser del hombre y de la mujer, del cual pueden originarse verdaderos desórdenes morales.

Más aún, la sexualidad mal practicada es causa de no pocos vicios que llegan a provocar diversas enfermedades e incluso da lugar a frecuentes crímenes pasionales. Si las páginas mas bellas de la literatura universal se han escrito para exaltar la historia del amor entre el hombre y la mujer, también consta que la literatura mas sórdida es la que narra las pasiones y los vicios que ocasiona la sexualidad cuando se vive desordenadamente y se practica separada del amor.

«No cometerás adulterio»

Con estas palabras enuncian el Éxodo y el Deuteronomio el sexto mandamiento del Decálogo (Ex 20,14; Dt 5,17). Y Jesús recoge estas mismas palabras, pero enriquece el contenido de este precepto con este breve, pero decisivo comentario: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). De este modo, el Señor indica todos los aspectos del sexto mandamiento no sólo en relación al cuerpo, sino que alarga su significado incluyendo en la sexualidad la relación con el interior del hombre y de la mujer.

En efecto, la sexualidad, al constituir una dimensión esencial del ser humano, abarca no sólo el cuerpo, sino también el espíritu. Por ello, no se reduce al ámbito de la pasión adúltera entre varón y hembra, sino que, dado que se es hombre y mujer desde la propia estructura del ser de cada uno, la relación sexual integra la intimidad de la persona. En este sentido, la sexualidad humana hace referencia al amor mutuo entre el hombre y la mujer, por lo que demanda el respeto debido al otro sexo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera mas general, a la actitud para establecer vínculos de comunión con otro” (CEC 2332).

La creación del hombre y de la mujer

La primera descripción de la Biblia habla del varón solo, antes de la creación de la mujer(1). Pero allí mismo, Dios deja consignado este principio: «No es bueno que el hombre este sólo» (Gn 2, 18) .Por ello, de inmediato, se relata la decisión divina de crear a la mujer: «Voy a hacerle una ayuda adecuada para el (…). El Señor formo a la mujer y la presentó al hombre» (Ex 2, 18-22).

Es digno de admirar el asombro gozoso del hombre cuando vio a la mujer y descubre que es semejante a el: «Esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Ex 2,23). Y Dios sentencio este encuentro con estas palabras que describen la naturaleza del matrimonio: «Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Ex 1 2,24). Pues bien, de esta primera pareja proceden todas las generaciones humanas. Juan Pablo II, en comentario a esta página de la revelación en la que se manifiesta la alegría del hombre (Adán) al ver a la mujer (Eva), comenta:

“De esta forma, el hombre (varón) manifiesta por vez primera gozo y hasta exaltación para lo que anteriormente no tenía motivo, a causa de la falta de un ser semejante a el. La alegría por otro ser humano, por el segundo “yo”, domina en las palabras del hombre (varón) pronunciadas a la vista de la mujer. Todo esto ayuda a fijar el significado pleno de la unidad originaria. Aquí son pocas las palabras, pero cada una es de gran peso»(2).

En efecto, en ambas narraciones -tan sobrias, recogidas en los dos primeros capítulos del Génesis- se describe con lenguaje arcaico el origen del hombre y de la mujer y se les presenta en pareja; mas aún, el relato los contempla unidos en matrimonio. Como también escribe, Juan Pablo II, «varón y mujer han sido creados para el matrimonio» de forma tal que llega a definir al ser humano como «un ser esponsalicio»(3). Y el Papa añade:

“Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre si complementarios no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino”, lo “humano” se realiza plenamente (…). La ‘unidad’ relacional que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante»(4).

Con la definición del hombre «como ser esponsalicio», el Papa quiere interpretar que la revelación muestra que la vocación original del hombre y de la mujer es el matrimonio, de forma que los que no se casan lo deciden por razones bien diversas. Y algunos merecen el elogio de Jesucristo porque renuncian al matrimonio por motivos tan nobles, como es el amor al reino de Dios (Mt 19, 12):

«Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aun más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”»(5).

Amplitud y sentido de la sexualidad humana

Como hemos dicho, la sexualidad abarca la totalidad de la persona: se es hombre o mujer desde la realidad más profunda del propio ser. En efecto, un estudio integro de la sexualidad humana no se queda en la genitalidad, ni tiene por fin único el placer, sino que abarca, al menos, estos siete amplios campos:

- cromosómico: ser hombre y mujer depende de la combinación de pares de cromosomas que se integran en su constitución embrionaria;

- morfológico: los cuerpos masculino y femenino difieren en los respectivos miembros, no solo los genitales, sino también en otras marcadas diferencias somáticas;

- racional: el ser humano vive la sexualidad no sólo a nivel instintivo, sino también racional, tanta es la carga racional de la condición sexuada del ser humano, que incluso ha hecho ciencia de la sexualidad;

- voluntaria: por ello, el hombre y la mujer son responsables de su práctica sexual y de sus consecuencias;

- afectivo-sentimental: la sexualidad humana no es puramente biológica, sino que hace relación muy directa al amor;

- plancentera: el ejercicio de la sexualidad es fuente de uno de los mayores placeres del hombre y de la mujer, y no solo de placer sensitivo, sino también efectivo y emocional;

- procreadora: una de las finalidades más marcada de la sexualidad es la procreación de nuevas vidas.

Estos siete elementos se integran en unidad en la sexualidad humana, de forma que no cabe disociarlos sin violentar su significación mas profunda. Por ello, separar uno de esos elementos de los restantes es vulnerarla y adulterarla. Por ejemplo, renunciar a la racionalidad y a la emoción afectiva, es caer en la irracionalidad del instinto; pero eliminar al placer es mutilar su sentido y vivirlo de una forma inhumana. Asimismo, excluir la procreación es violarla y negar en su raíz el fruto natural que acompaña su ejercicio.

El hombre y la mujer viven esas diversas dimensiones de la sexualidad entre sí, cada uno en su especificidad, pero de modo complementario: masculinidad y femineidad hacen relación uno a la otra, de forma que la sexualidad perfecta se vive en pareja, en el ámbito del matrimonio, del cual se origina la familia.

Así se expresa el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuo» (CEC 2333).

La virtud de la castidad

«La castidad es una virtud moral» (CEC 2345). Por ello, es una virtud humana y cristiana. Como «virtud humana» no se reduce al dominio de la sexualidad, de forma que el instinto esté sometido a la razón y a la voluntad, sino que además significa su integración en la unidad de la persona, entendida como ser corporal y espiritual. Como virtud cristiana incluye esa integración en la unidad de la persona, pero subraya la dimensión del amor, como un don divino, que vocaciona al hombre y a la mujer para la entrega amorosa en el matrimonio.

De ahí que cabe afirmar que la castidad es propia de todo hombre y mujer, si bien se vive de modo distinto entre las personas célibes y los casados. El soltero/ a viven la castidad en cuanto el dominio de la sexualidad integrada en la unidad de la persona se orienta al amor entre el hombre y la mujer que se sellará en el futuro matrimonio. Y en caso de que decida no casarse por el «reino de Dios», el célibe/a entregan su amor indiviso a Dios por las exigencias de ese Reino. Por su parte, la castidad en el matrimonio se concreta en la conyugalidad vivida como unión amorosa esponsalicia. En resumen, la castidad tanto de los solteros como de los casados hace relación al amor.

Esta doctrina ha sido profesada siempre por la Iglesia. De acuerdo con las situaciones más comunes de su tiempo, San Ambrosio escribe:

“Existen tres formas de la virtud de la castidad: una de los esposos, otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una con exclusión de las otras. En esto la disciplina de la Iglesia es rica”6.

Esta misma enseñanza es recogida por el Magisterio actual El Catecismo de la Iglesia Católica con texto de la Declaración «Persona humana» enseña:

«Todos los fieles en Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad. La castidad califica a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse mas fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o celibatarias» (PH 11).

Y un autor moderno, relaciona la castidad con el amor, que se vive de modo distinto en los diversos estados y situaciones:

«La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los que sienten que se despierta en ellos el desarrollo de la pubertad, una castidad de los que se preparan para casarse, una castidad de los que Dios llama al celibato, una castidad de los que han sido escogidos por Dios para vivir en el matrimonio»(7).

Educación de la pureza

Dado que la sexualidad es un instinto primario, exige, como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, una fuerte ascesis «para controlar las pasiones», también demanda «un aprendizaje del dominio de sí», de forma que la persona esté dispuesta a «resistir a las tentaciones poniendo los medios adecuados para ello».

Por eso, el Catecismo añade que la virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza». Y advierte que «el dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considera adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo reiterado en todas las edades de la vida (cf Tt 2,1-6). El esfuerzo requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como cuando se forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia» (CEC 2338-2342).

Para vivir la castidad es preciso educar la pureza, lo que supone, además del dominio de la sexualidad, el cuidado de la integridad personal y el cultivo del amor a aquella persona que es o que en el futuro será su esposo o esposa. A su vez, exige la práctica de otras virtudes que están íntimamente relacionadas con la pureza, como es la templanza y la fortaleza. Asimismo, exige fomentar las disposiciones del pudor y de la modestia porque el instinto sexual tiene una gran fuerza compulsiva. Finalmente, se requiere la ayuda de los medios sobrenaturales, los cuales son la oraci6n, la devoci6n a la Virgen y la recepción de los sacramentos.

No obstante, el empeño por la conquista de la castidad no es fácil y supone el esfuerzo de toda la vida. Así lo enseña también el Catecismo de la Iglesia Católica:

«La castidad tiene unas leyes de crecimiento; este pasa por grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado" (CEC 2343).

Las ofensas a la castidad

Los pecados contra la castidad son de diversa índole. Todos ellos son pecados por cuanto constituyen una falta de fidelidad al amor, y por ello lesionan la virtud de la castidad. Los pecados más comunes son los que en la moral cristiana se integran en las diversas especies de lujuria. El papa Pablo VI publicó un importante documento sobre algunos aspectos de la ética sexual8. En este documento se condenan tres pecados contra la castidad que se consideran graves, los cuales, a su vez, son especialmente frecuentes y además su moralidad es negada por algunos. Estas circunstancias son las que mueven a la Iglesia a ocuparse de ellos:

«La Iglesia no puede permanecer indiferente ante semejante confusión de los espíritus y relajación de las costumbres. Se trata, en efecto, de una cuestión de máxima importancia para la vida personal de los cristianos y para la vida social de nuestro tiempo» (PH2).

La Declaración magisterial «no se propone tratar de todos los abusos de la facultad sexual ni de todo 1o que implica la práctica de la castidad», sino que, «a la vista urgente de errores graves sobre conducta aberrante, ampliamente difundidos» (n.6), se detiene a estudiar los tres casos siguientes más comunes: las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad y la masturbación.

a) Las relaciones prematrimoniales

La moral cristiana mantiene como principio permanente que la relación sexual lícita es la que tiene lugar en el ámbito del matrimonio. La razón es obvia: es el matrimonio el estado que garantiza el sentido pleno de la sexualidad entre el hombre y la mujer, dado que la donación plena de la persona que entraña la vida conyugal solo está protegida en el matrimonio, puesto que supone el compromiso de entrega mutua, estable y exclusiva entre un hombre y una mujer.

Y es un hecho constatado que, cuando aún no se ha sellado la entrega mutua con un compromiso irrevocable, cualquier relación no definitiva es frágil y está expuesta al capricho de uno o de los dos. El documento hace esta advertencia:

«Porque por firme que sea el propósito de quienes se comprometen en estas relaciones prematuras, es indudable que tales relaciones no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer quedan aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las veleidades de las pasiones" (PH7).

En efecto, la experiencia diaria demuestra que la ruptura del noviazgo es un hecho frecuente. Y tales casos conllevan casi siempre efectos muy perniciosos, pues, además de las malas consecuencias físicas y psíquicas que se siguen para ambos, se corre el riesgo de que de esa relación se siga un embarazo.

El Catecismo de la Iglesia Católica subraya la obligación de la castidad entre los novios y destaca las ventajas de retrasar la entrega mutua hasta el matrimonio:

«Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específica del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad» (CEC 2350).

En efecto, la unidad y la indisolubilidad del matrimonio es lo que justifica que la esposa dé al marido toda su realidad como mujer y, a su vez, el marido entregue a su esposa su especificidad como hombre. Es en el matrimonio y sólo en el matrimonio donde se justifica que hombre y mujer se entreguen amorosa y mutuamente lo que tienen como específico en su ser de varón y mujer.

b) La homosexualidad

El pecado de la homosexualidad o de lesbianismo es un hecho contra natura, pues violenta el sentido mismo de la sexualidad humana. La razón de este pecado contra la naturaleza es que tanto la estructura del cuerpo humano, como de la psicología del hombre y de la mujer es de alteridad entre lo masculino y lo femenino, pues ambos se complementan en el cuerpo y en la afectividad.

En el Antiguo Testamento la homosexualidad es denominada «abominación» (Lev 18, 22) y es castigada con la muerte. (Lev 20,13; Dt 22,5). San Pablo sostiene que este pecado ha sido una de las causas de la corrupción del pueblo romano, hasta afirmar que tal promiscuidad sexual significó una «torpeza», pues hombres entre sí y mujeres con mujeres desahogaron «pasiones vergonzosas», y así “actuaron «contra la naturaleza” (Rom 1,26-28).

Pero la homosexualidad es un fenómeno complejo que, además de la moral, toca zonas relacionadas con la medicina y la psicología. El documento alude a este tema en los siguientes términos:

«Se hace una distinción, que no parece infundada entre los homosexuales, cuya tendencia, proviniendo de una educación falsa, de falta de normal evolución sexual, de hábito contraído, de malos ejemplos y de otras causas análogas, es transitoria o, al menos, no incurable, y aquellos otros homosexuales que son irremediablemente tales por una especie de instinto innato o de constitución patológica que se tienen por incurable».

La Declaración contempla este segundo caso y, dado que se trata de una tendencia no culpable, ¿no cabe emitir un juicio ético favorable, puesto que se trata de algo involuntario? La respuesta de la Declaración es negativa:

«Indudablemente, esas personas homosexuales deben ser acogidas, en la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable» (PH8).

Consecuentemente, apoyado en razones bíblicas, el Magisterio reprueba el ejercicio de la homosexualidad y la considera como intrínsecamente inmoral:

«En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones, pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» (PH 8)9.

c) La masturbación

Se define como “la excitación voluntaria de los órganos genitales con el fin de obtener el placer venéreo» (CEC 2351).

El instinto sexual busca la satisfacción placentera que acompaña a la excitación de los órganos sexuales. La razón del pecado consiste en que la masturbación no atiende ni a la integridad de la sexualidad en la unidad de la persona, ni hace, referencia alguna al otro, sino que se consuma en el placer individual sin relación al amor. Los documentos del magisterio insisten directa o indirectamente en estos argumentos. La Declaración «Persona humana» declara que la masturbación es acto intrínsecamente grave y escribe que este juicio negativo ha sido constante en la doctrina magisterial:

“Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado”

Y la Declaración añade el fundamento de esta gravedad:

“El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine”. Al mismo tiempo, declara que el placer solitario desnaturaliza la relación amorosa debida entre el hombre y la mujer, pues se busca el placer al margen de «la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero» (PH 9).

No obstante, también en algunas personas, especialmente entre los jóvenes, pueden coincidir algunas circunstancias que deben tenerse en cuenta al momento de emitir un juicio moral. Así lo destaca la Declaración:

«La psicología moderna ofrece diversos datos válidos y útiles en el tema de la masturbación para formular un juicio equitativo sobre la responsabilidad moral y para orientar la acción pastoral. Ayuda a ver como la inmadurez de la adolescencia, que a veces puede prolongarse mas allá de esta edad, el desequilibrio psíquico o el hábito contraído pueden influir sobre la conducta, atenuando el carácter deliberado del acto, y hacer que no haya siempre falta subjetivamente grave. Sin embargo, no se puede presumir como regla general la ausencia de responsabilidad grave. Esto sería desconocer la capacidad moral de las personas» (PH 9).

El Catecismo de la Iglesia Católica repite esta misma enseñanza y se expresa casi en los mismos términos:

«Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral (CEC 2352).

Otros pecados contra la castidad

Además de estos tres pecados estudiados a lo largo de la tradición teológica y denunciados por Pablo VI, existen otros actos que lesionan gravemente la virtud de la castidad. Cabe añadir los siguientes:

a) La fornicación

La fornicación es la unión sexual entre el hombre y la mujer fuera del matrimonio. La moral católica señala que el pecado deriva de dos principios éticos fundamentales: 1º. La fornicación niega la relación esencial de la sexualidad humana, puesto que, por su propia naturaleza, está orientada a la intimidad del matrimonio y con un fin procreador. 2º. La fornicación es también un escándalo para la vida social y es contraria a la dignidad de las personas, pues se prostituyen ya que no están casados; además, si se engendra una nueva vida, se enturbia el origen de los hijos nacidos de una relación no esponsalicia.

b) La pornografía

Pornografía es exhibir la intimidad sexual con el fin de excitarla en el individuo yen la colectividad. La pornografía indica una profunda degeneración del valor sexual de la persona humana reduciéndola a puro placer. Además, provoca el ejercicio trivial del sexo, incita a embarcarse en un mundo de bajos fondos humanos y provoca un tráfico injusto que negocia con valores que no deben ser prostituidos. Prueba de los males que se siguen es que el fomento de la pornografía es perseguido y castigado por las autoridades civiles. El Catecismo de la Iglesia Católica califica la pornografía con esta penosa descripción y los condena severamente:

«La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, puesto que queda fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico» (CEC 2354).

Lo contrario a la pornografía es el pudor, que defiende y protege la intimidad de la persona y la distancia de la caída en la trivialización del sexo. Un autor pagano, Cicerón escribe: «Quien ha faltado una vez al pudor, termina forzosamente siendo un desvergonzado». Es preciso constatar como no pocos hombres de ciencia, especialmente los psicólogos y pedagogos, denuncian que las aberraciones sexuales se inician en la falta de pudor. El Catecismo de la Iglesia Católica trata con cierta extensión el tema y apunta estos principios:

“La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas” (CEC 2521)10.

Cuando se habla de la sexualidad humana, hablamos del ser hombre y del ser mujer, del matrimonio y de la familia, de la afectividad y del amor, de la procreación y de los hijos. Todo ello evoca una dignidad que desdice de la vulgaridad con que la sexualidad es tratada en amplios sectores de la cultura de nuestro tiempo. De forma que, cuando no se respeta la totalidad de los elementos que integran la vida sexual del hombre y de la mujer, cabría concluir que no sólo se trata de un error puntual, sino que amplios sectores de la sociedad se encuentra en estado de error.


NOTAS:

1 En el capítulo I del Génesis se narra la creación simultánea del hombre y de la mujer (Gn 1,27-28). Se trata, coma es sabido, de das narraciones distintas, si bien son complementarias.

2 JUAN PABLO II, Audiencia general 7-XI.1979, “Ecclesia” 1959 (1979) 1479.

3 JUAN PABLO II, El hombre-persona se entrega con la libertad del amor (16-I-1980), “Ecclesia” 1967 (1980) 87.

4 JUAN PABLO 11, Carta a las mujeres con ocasión de la IV Conferencia de Pekín, 7-8 (29-VI-1995) “Ecclesia”. 1967 (1980) 87

5 JUAN PABLO II, El hombre-persona se entrega con la libertad del amor (16-1-1980), “Ecclesia” 1967 (1980) 87.

6 San AMBROSIO, Sobre las viudas; IV, 23. PL 16,241.

7 J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa. Ed. Rialp. Madrid 1973. n.25.

8 CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Persona humana. Declaración acerca de algunas cuestiones de ética sexual. Vaticano 29-XII-1975.

9 Posteriormente, una Carta a los obispos de la Congregación para la Doctrina de la Fe subraya nuevamente la condena bíblica, pues, a pesar de la diversidad de cultura, «existe una evidente coherencia dentro de las Escrituras mismas sobre el comportamiento homosexual». CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Pastoral a todos los obispos sobre la atención pastoral a los homosexuales, 5 (1-X-1986), “Ecclesia” 2293 (1986) 1581. A pesar de la defensa jurídica de los homosexuales, la misma doctrina se repite en otro Documento de la Congregación de la Doctrina para la Fe, Algunas consideraciones a la respuesta sobre la no discriminación de las personas homosexuales, “Ecclesia” 2594-95 (1992) 1288-1290.

10 Otras reflexiones se contienen en los nn. 2522-2527.

Comentarios
1 comentario en “El valor de la sexualidad y su integridad en la persona”
  1. Neyra Dijo:

    Excelente, ya que lo me parecio muy iluminador en cuanto desde el catolicismo, la integridad cuerpo – cuerpo espiritu de lasecualidad. Gracias.




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