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El nuevo sentido de la fiesta

Carlos Goñi
27 mayo 2008
Sección: De la Ley de Dios

Celebrar el Gol:

Lo que sucede en los campos de fútbol, también ocurre fuera. Hace tiempo que hemos cambiado la razón, el sentido y la forma de la fiesta. Quizá nunca como ahora se haya dado tanta importancia a las múltiples formas de celebración, que generalmente se traducen en diversión.

Dimitri Pitterman, presidente del Deportivo Alavés, criticó a los jugadores del Real Madrid por la forma como celebraron el segundo gol que encajó su equipo. Los tres jugadores brasileños del equipo blanco se tiraron al suelo e hicieron “la cucaracha” ante los pitidos de la afición local. Este tipo de actuaciones son frecuentes en nuestros campos de fútbol. Ha cambiado la forma de celebrar los goles. ¿No será un signo de que ha cambiado también la manera que tenemos de celebrar las fiestas?

Ya he dicho que el gol es la culminación del fútbol. Todos los esfuerzos se ven recompensados si el balón llega a tocar la red de la portería contraria. Un partido sin goles resulta, también lo he dicho, en cierto modo, decepcionante. No es de extrañar, por tanto, que los jugadores celebren con tanta vehemencia cada uno de los tantos que consiguen. La forma y la razón de la celebración de los goles en un campo de fútbol nos puede ayudar a entender el sentido de la fiesta en nuestros días.

Cuando un jugador consigue un gol, sufre un arrebato de alegría, que le saca de sí y le hace correr alocadamente, saltar, gritar, abrazarse con otros compañeros, bailar, gesticular, quitarse la camiseta, cubrirse la cabeza, hacer el avión o el pájaro, disparar… y un sinfín de gestos que, sacados de contexto, resultan absolutamente ridículos. Porque en la liturgia futbolística, tan importante es marcar un gol como celebrarlo. De hecho, en los múltiples resúmenes de goles que nos proporcionan las cadenas de televisión, siempre se incluye la imagen de su festejo. En muy raras ocasiones se deja de manifestar alborozo tras obtener un tanto: suele ocurrir cuando lo causa un jugador en su propia puerta, cuando se trata del antiguo equipo del goleador, cuando el gol ya no sirve para nada… No siempre, ni mucho menos, se cumplen estas excepciones, sino que, más bien, la celebración tiene valor por sí misma. Incluso creo que los jugadores no sólo ensayan jugadas, sino también la forma de festejar los goles.

Si observamos la actuación de los jugadores en esta circunstancia, nos daremos cuenta de que prevalece un cierto individualismo que antaño no existía. Me refiero a que antes los goles se celebraban con más espontaneidad y en grupo. Consistían casi exclusivamente (quitando las piruetas de Hugo Sánchez) en formar un gran abrazo colectivo, una melé futbolística, como si el protagonista se fundiera con todo el equipo. Pero, de un tiempo a esta parte, los jugadores celebran los goles en solitario, incluso a veces apartan a sus propios compañeros de su camino para situarse en un punto determinado, desde donde poder realizar la pirueta preparada. Y todo el mundo lo aclama y se alegra con él porque ha sido capaz de culminar una jugada. La razón de la fiesta, de la alegría, de la celebración, es el mismo individuo que lo celebra.

Pero lo que sucede en los campos de fútbol, también ocurre fuera. Hace tiempo que hemos cambiado la razón, el sentido y la forma de la fiesta. Quizá nunca como ahora se haya dado tanta importancia a las múltiples formas de celebración, que generalmente se traducen en diversión. Ese individualismo que observamos en los terrenos de juego, lo vivimos también en nuestra manera de celebrar: claro que no excluimos a los demás, pero tampoco, en sentido propio, compartimos con ellos, sino que buscamos más nuestra propia diversión, para la cual los otros resultan “interesantes”. Nosotros somos el centro de atención porque la única razón de la fiesta somos nosotros. Hemos marcado un gol y merecemos disfrutarlo. La fiesta ya no es un premio inmerecido, sino un derecho exigido; ya no tiene la forma de acción de gracias, sino de gratificación interna; ya no encierra un sentido religioso (que nos “religa” con el Absoluto), sino un ritual de egolatría.

En la fiesta todo está permitido. Es cuestión de cubrirse la cabeza con la camiseta y dejarse llevar por los sentimientos: se trata de volar, de saltar, de gritar, de bailar. Aun a riesgo de ser multados, debemos, de tanto en tanto, quitarnos la camiseta para manifestar que en esos momentos estamos por encima del bien y del mal.[1] Debemos, en fin, dejarnos arrebatar por la explosión de alegría que supone marcar un gol.

A mi modo de ver, en los instantes que dura la celebración del gol queda resumida la manera que tiene el hombre de hoy de vivir la fiesta. Por desgracia, demasiado individualista, demasiado autocomplaciente.


[1] La última normativa del fútbol profesional ha despenalizado la acción de quitarse la camiseta cuando se celebra un gol. Este es un signo más de que lo festivo puede llegar a justificarlo todo. Vamos por el camino de eximir a la celebración de cualquier norma, como si no pudiéramos celebrar algo estando sujetos a obligaciones morales, sociales, educativas e, incluso, jurídicas.

Tomado de Arvo Net

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