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La crisis de la confesión, crisis de confesores


18 julio 2008
Sección: Confesión

Habla el padre Fucek, teólogo de la Penitenciaria Apostólica

Juan Pablo II se ha propuesto relanzar el sacramento del perdón de Dios en la Iglesia universal escribiendo la carta apostólica en forma de «Motu Proprio» (por su propia iniciativa) «Misericordia Dei», confirma un teólogo asesor de la Santa Sede.

 

Zenit. Ciudad del Vaticano, 18 junio 2002.

 

          Al presentar el documento a la prensa el 2 de mayo pasado, el arzobispo Julián Herranz, presidente del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos, afirmaba que la «crisis de la confesión es ante todo una crisis de confesores».

 

        Para tratar de comprender mejor la inquietud del Papa, Zenit ha entrevistado al padre jesuita Ivan Fucek, teólogo de la Penitenciaria Apostólica, tribunal eclesiástico de máxima instancia para las cuestiones de «foro interno» (asuntos de conciencia).

 

—¿Cuál es, desde su punto de vista, el estado por el que atraviesa la vivencia del sacramento del perdón de Dios?

 

        —Vivimos una situación de crisis que es particularmente fuerte en algunas iglesias locales. Por este motivo, la carta apostólica del Papa tiene un significado particular: es un documento fuerte, pues se trata de una intervención directa del obispo de Roma. Hay que ver ahora cómo será recibido por los sacerdotes.

 

        La carta, como tal, no aporta novedades desde el punto de vista doctrinal, pero acentúa y confirma lo que ya se ha aclarado en muchos documentos.

 

        Se subraya la confesión personal e individual, la confesión íntegra, que significa la remisión de todos los pecados graves y también veniales. Implícitamente constituye un llamamiento a los sacerdotes, que deben estar siempre dispuestos a confesar a los fieles.

 

        Es inconcebible que el sacerdote no esté disponible o no tenga tiempo para confesar, pues la confesión, junto a la Eucaristía, es la tarea principal del sacerdote. En la Penitenciaría Apostólica enseñamos a los confesores a comportarse como padres, amigos, maestros, médicos de alma y jueces.

 

—De dónde nace esta crisis del sacramento de la confesión?

 

        —Es difícil dar una respuesta. Depende de muchos factores, aunque desde mi punto de vista hay que ir al origen. Es necesario reconocer que muchos sacerdotes no se han preparado suficientemente para administrar el sacramento de la penitencia y no conocen bien las implicaciones relativas a la teología moral y al Derecho Canónico.

 

        En la Penitenciaría Apostólica se ofrece todos los años, en el período de Cuaresma, un curso para nuevos sacerdotes. Hace siete años, cuando comencé a colaborar con la Penitenciaría, había 200 inscritos; en el último año 500 sacerdotes siguieron el curso. Cada año aumenta esta cifra. Por una parte es una buena señal, pues se ve que tienen hambre de conocer mejor el sacramento de la penitencia; por otra parte, es una mala señal, pues demuestran que les falta preparación, que han aprendido muy poco o nada en sus facultades o seminarios.

 

—La Confesión y la Eucaristía son dos pilares de la fe católica, pero da la sensación de que la cultura secularizada ha tratado de derrumbarlos. ¿Es verdad?

 

        —El Concilio Vaticano II había subrayado la importancia de la Confesión. Después del Concilio, sin embargo, se cedió a la secularización y se confundieron los términos.

 

        En nombre de un falso ecumenismo algunos siguieron el protestantismo, de manera que casi se canceló la confesión en beneficio de las «absoluciones colectivas» o «generales». La carta apostólica del Santo Padre explica que equiparar las «absoluciones colectivas» a la forma ordinaria de la celebración del Sacramento de la Penitencia es un error doctrinal, un abuso disciplinar y un daño pastoral.

 

        El sacramento de la confesión, penitencia, o reconciliación, como también se llama, es un signo inconfundible de la Iglesia católica.

 

        En la Eucaristía se da la presencia real de Cristo: Jesús está presente con su divinidad y humanidad, con alma y cuerpo. En los años pasados, algunos pusieron en duda la presencia eucarística y prefirieron hablar de un símbolo, pero se trata de criterios sociológicos que no tienen nada que ver con las verdades de fe. Se trata de un error que ha pasado del protestantismo a nuestras comunidades católicas.

 

        Esta contaminación de la doctrina se ha dado al mismo tiempo con el proceso de relativización y cancelación del sentido del pecado. Sobre este argumento han hablado de manera autorizada los papas desde tiempos de Pío XII. Mas deletéreo aún para el sacramento de la confesión es el intento de justificar los pecados con criterios sociológicos y psicológicos

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