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La confesión propiamente dicha


22 julio 2008
Sección: Confesión

El Sacramento de la Penitencia.

Jesús hizo que la acusación de nuestros pecados fuera parte esencial del sacramento de la Penitencia. Al conferir el poder de perdonar los pecados a sus sacerdotes el Domingo de Resurrección, dijo: ‘A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis les serán retenidos’ (Juan 20, 23). Y, como Jesús es la infinita sabiduría de Dios, no pronunció estas palabras (ni ningunas otras) a la ligera; y estas palabras no tienen sentido a no ser que presupongan la acusación de los pecados. Los Apóstoles y los sacerdotes que les sucederían, ¿cómo podrían saber qué pecados perdonar y qué pecados no perdonar, si no supieran de qué pecados se trataba? Y, ¿cómo podrían conocer estos pecados si no se los manifestara el mismo pecador?

 

Así pues, la ‘confesión’ de los pecados es parte ‘esencial’ del sacramento de la Penitencia. No una confesión genérica, sino específica; no una confesión comunitaria o puramente interna, sino personal y audible. Las absoluciones colectivas y sin necesidad de descender a los pecados personales son válidas sólo en situaciones de urgencia (por ejemplo, si se está hundiendo el barco o si el edificio está derrumbándose en un terremoto), pero en situaciones habituales la única manera de ser absueltos válidamente es haciendo esa relación explícita de nuestros yerros que se llama ‘confesión de los pecados’.

 

Además, para analizar la situación del alma, la Iglesia enseña que, al confesar los pecados, no sólo estamos obligados a decir cuáles hemos cometido, sino que, en el caso de los mortales, debemos añadir el número de cada tipo de pecado. Para quien se confiesa frecuentemente, esto no plantea mayor problema. Aquel que no se haya confesado durante largo tiempo puede encontrar dificultades en la enumeración de sus pecados. Pero, como Dios no pide a nadie lo imposible, si no logra recordar el número exacto de veces que ha cometido cierto pecado, basta que haga una estimación sincera. Un modo práctico de proceder en estos casos es estimar el número de pecados cometidos por semana o mes.

 

Por otra parte, al confesarnos hemos de indicar también la ‘especie’ de pecados que hemos cometido. No es suficiente decir: ‘Quebranté el segundo mandamiento’. Hay que mencionar (suponiendo que el pecado fue mortal) si el pecado fue de blasfemia, falso juramento, maldición o incumplimiento de votos, ya que de todas esas maneras puede quebrantarse el mandamiento. No basta decir: ‘Pequé contra la justicia’. Hemos de distinguir si robamos, defraudamos, dañamos la propiedad o la reputación ajena. Muchos devocionarios y misales proporcionan una relación de posibles pecados que pueden ayudar al penitente a enumerarlos y distinguirlos.

 

Conviene darnos cuenta que, al confesarnos, hemos de ‘decir’ los pecados, no ‘describirlos’. No debemos cargar nuestra confesión con detalles innecesarios. Los motivos que nos han llevado a odiar a la suegra y sus consecuencias en casa, el modo en que negociamos aquel contrato que ahora reconocemos fue abusivo, no son cosas ordinariamente pertinentes en la confesión. Sin embargo, cualquier circunstancia que cambie la especie del pecado debe ser mencionada. Esto se refiere a cualquier circunstancia que realmente añada al pecado una malicia nueva. Decir ‘injurié a una persona’ no basta si resulta que esa persona era mi padre, pues al pecado de injuria se añade la falta de piedad filial. No basta decir ‘juré en falso’ si mi juramento causó grave daño a otro en sus bienes o en su fama; en este caso, además del perjurio, se ha añadido la injusticia.

 

Otra condición exigida por el sacramento de la Penitencia es la sinceridad. Esto quiere decir nada más (y nada menos) que debemos manifestar nuestros pecados con llaneza y claridad totales, sin intención alguna de ocultarlos o embellecerlos. Nuestra confesión no sería sincera si intentáramos hacerla por medio de frases vagas o ambiguas con la esperanza de que el confesor no se percatara de qué es lo que estábamos diciendo; si andamos por ahí buscando un sacerdote algo sordo que ofrezca posibilidades de no enterarse bien; si mascullamos o decimos precipitadamente lo que nos avergüenza; si intercalamos excusas y coartadas con la intención de cuidar nuestra imagen.

 

No es que estos defectos sean frecuentes: los mencionamos tan sólo para entender mejor la esencia de una buena confesión. La mayoría de los que reciben habitualmente el sacramento de la Penitencia son un ejemplo constante de cómo hacer una buena confesión, y su sinceridad y humildad resultan fuente inagotable de edificación para los sacerdotes que los escuchan.

 

 

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