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Un cuarto de siglo sin Juan Navarrete

Hilario Olea Fontes
6 agosto 2008
Sección: Causas de canonización

El funeral de Juan Navarrete

 

* Se cumple el aniversario luctuoso 25 de monseñor Juan Navarrete y Guerrero

16-02-2007

Por Hilario Olea Fontes

holea@primera-plana.com.mx

En plena persecución religiosa así lo prometió y así se hizo: “De Sonora al cielo”, dijo monseñor Juan Navarrete y Guerrero. Cansado de huir de los gobiernos anticatólicos, teniendo que trasladarse al extranjero para evitar su captura, decidió quedarse en tierras sonorenses, llevando consigo a un grupo de seminaristas hasta los lugares más escondidos en la sierra, soportando frío, calor, hambre y cansancio, con el propósito de continuar sus estudios eclesiásticos, pero sobre todo para dar mayor gloria a Dios.

El fruto fue generoso: decenas de sacerdotes fueron ordenados y todo Sonora vio como poco a poco la semilla navarretiana iba esparciéndose en cada una de las ciudades, llegando su influencia hasta todas las familias y reviviendo el espíritu cristiano que por muchos años estuvo dormido.

Pero no sólo se dedicó a atender el terreno espiritual, Navarrete también luchó por los aspectos sociales, educativos y laborales. En pocas palabras, Sonora no sería el Estado que hoy conocemos de haber faltado esta importante figura en la historia regional.

El próximo miércoles 21 de febrero se cumplirán 25 años de la partida física del último Obispo de Sonora. O como dirían algunos: “25 años de su encuentro definitivo con el Señor”.

Sus últimos años

Después de la celebración de sus Bodas de Oro Episcopales, Navarrete empezó a experimentar un decaimiento físico. Ya contaba con 83 años de edad, pero con un gran camino de santidad recorrido con gran valentía y entusiasmo.

Atrás había quedado la vida ajetreada de las persecuciones, aunque aún conservaba el espíritu de lucha, incansable vocación religiosa y el ejemplo de sus virtudes.

Tal y como lo relata María Belén Navarrete de Martínez de Castro, su sobrina, en su libro Juan, Obispo de Sonora: “Hasta el último día de su existencia mi tío Juan fue congruente con su fe; todos sus actos tenían relación con ella. Me tocó presenciar muchos de ellos y escuchar una explicación que le correspondía de manera lógica. Como cuando ya anciano, le operaron un ojo para extirparle una catarata porque casi no veía… Después de estar internado ahí varios días en reposo absoluto, el médico lo dio de alta para que se fuera a su casa, con la consigna de que no hiciera ningún esfuerzo, ni agacharse ni menos arrodillarse.

“Dos o tres días después, estando yo de visita en su casa, vi con terror que se dejó caer de rodillas frente al Sagrario, sobre el piso de su oratorio. Cuando terminó de orar y salió de allí, ni corta ni perezosa le dije: ‘Pero, tío Juan, qué susto nos diste cuando te vimos caer de rodillas en el oratorio, ¿no habrás echado a perder tu operación? (así se lo advirtió el doctor)’; y él me contestó: ‘No tengan cuidado, no me va a pasar nada, porque Dios sabe bien que no estoy preparado para ser ciego”.

O como señalaría el desaparecido periodista Enguerrando Tapia Quijada, en una de sus columnas, en la época en que Navarrete tenía más de 90 años: “Han pasado los años, y desde hace tiempo don Juan Navarrete, el del cerebro prodigioso, se sumió en un dulce éxtasis con Dios. De vez en cuando su lucidez resurge, aunque siempre está hablando de Dios, y quienes lo rodean afirman que predica y que surge su voz cansada por el tiempo, pero aún firme, con su recomendación de siempre: Hay que amar, hermanos, amor es la fórmula para triunfar en esta vida y conquistar la eternidad de dicha infinita y permanente… Y amar es dar, dar, dar y aguantar y volver a dar”.

 

Su despedida terrenal

Pocos meses antes de cumplir los 96 años, el Obispo entregó su alma a Dios: “Un acceso de tos, un simple acceso de tos fue lo que, finalmente, cortó la vida preciosa del señor Navarrete a las dos horas y siete minutos de la madrugada del domingo 21 de febrero de 1982”, relataría Armando Chávez Camacho, abogado hermosillense, en su libro Juan Navarrete, "Un hombre enviado por Dios".

La misa de despedida le fue ofrecida el martes 23 de febrero, en la Catedral Metropolitana de Hermosillo. La ceremonia estuvo presidida por tres prelados y más de 100 sacerdotes participaron en ella. El recinto estaba a reventar: católicos de todo Sonora se dieron cita para ofrecer el último adiós.

Su cuerpo fue sepultado en el ala izquierda de la Catedral Metropolitana, donde todavía se puede apreciar una lápida de mármol tallado.

Armando Chávez  Camacho tuvo oportunidad de dirigir unas palabras en los funerales de Navarrete: “Ya está, pues, el señor Navarrete a las puertas del Cielo, listo para meternos ahí aunque sea de contrabando, que yo dije alguna vez en serio y él lo tomó en broma.

“Y entre tanto, allí, junto al Santísimo, es decir, en su lugar, el señor Navarrete, desde hoy, va a esperar la resurrección de la carne”.

Programa de festejos

Para recordar la fecha, el grupo Pastor y Maestro, en conjunto con personalidades religiosas y gente que estuvo cerca del Obispo, realizarán varias actividades entre las que se encuentran un panel conmemorativo el próximo miércoles 21 de febrero, así como un par de misas los días posteriores. El panel se realizará a las 4 pm en el auditorio de la Sociedad Sonorense de Historia; la entrada es gratuita.

Comentarios
1 comentario en “Un cuarto de siglo sin Juan Navarrete”
  1. María Mercedes Rodríguez Orozco Dijo:

    TUVE LA FORTUNA DE CONOCER AL SEÑOR NAVARRETE CUANDO ÉL VIVÍA EN UNA CASA DE MADERA CERCA DEL SEMINARIO. ÉL ORDENÓ SACERDOTE A MI ABUELO CUANDO ÉSTE QUEDÓ VIUDO, YA QUE HABÍA SIDO SEMINARISTA Y AMIGO DE ÉL, ANTES DE CASARSE. MI ABUELO FUE PÁRROCO DE LA CATEDRAL DE HERMOSILLO, EL LLEVO LA ORDEN DE LOS FRANCISCANOS A SONORA. EL FUE MARIO RESENDEZ MARTÍNEZ Y TAMBIÉN ERA DE AGUASCALIENTES. EL SEÑOR NAVARRETE ERA UN VERDADERO PASTOR, VIVÍA LA POBREZA, ANDABA EN BICICLETA PORQUE VENDÍA LOS AUTOMÓVILES QUE LE REGALABAN Y DABA EL DINERO A LOS POBRES, VESTÍA SU SOTANA NEGRA Y MUY USADA, ERA CARIÑOSO Y SENCILLO, DESPUÉS DE CONOCERLO A ÉL, NO PUEDO ENTENDER PORQUE TODOS LOS DEMÁS OBISPOS QUE HE CONOCIDO SON TAN OSTENTOSOS Y HASTA ENGREÍDOS. FUE UN VERDADERO SANTO.




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