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Las plagas


11 abril 2008
Sección: Antiguo Testamento

Este relato impresionante suele ser leído por muchos con más curiosidad que otra cosa. A lo más que se llega es a formular la típica pregunta: «Pero ¿todo esto sucedió realmente así, al pie de la letra?». Esta visión pierde de vista lo más importante: el mensaje religioso que estos textos sagrados transmiten.

La verdad es que al autor sagrado -y a los israelitas con él- no les interesaba tanto la crónica detallada de lo que sucedió cuanto la enseñanza, el sentido de esos hechos. Se trata de una lectura sagrada, creyente, de los acontecimientos. La mirada de fe taladra la materialidad de los hechos para descubrir en ellos la presencia y la intervención del Señor de la historia que actúa en favor de su pueblo.

Pues bien, ésta ha de ser también nuestra perspectiva. Mientras nos quedemos en la curiosidad de cómo sucedió aquello, no entenderemos nada. Es preciso dejarse guiar por el texto sagrado en esa mirada de fe que detecta la acción del Señor. Es preciso escudriñar (Sal 111,2) el mensaje religioso que los textos encierran y dejarse iluminar por su esplendor deslumbrante.

Precisamente en esta perspectiva la palabra de Dios se convierte en «lámpara para nuestros pasos» (Sal 119, 105), pues nos enseña a leer nuestra propia vida y los acontecimientos de la historia desde esta clave de fe. Pues es cierto que lo que sucede se puede interpretar desde muchas claves (psicológica, sociólogica, económica…), pero al creyente le interesa sobre todo la clave de fe. Ella nos enseña el sentido último de los acontecimientos, su significado a la luz de Dios, dentro de su plan de salvación.

Así leído, descubrimos que todo lo que sucede en nuestra vida o en la historia del mundo, conlleva un mensaje de Dios para nosotros. Son los signos de Dios en el tiempo. Dios nos habla en los acontecimientos y a través de ellos. Más aún, nos interpela, provocando en nosotros una respuesta. He aquí cómo la Biblia se convierte en maestra de la vida, en guía para nuestro camino.

De la servidumbre al servicio

Este es el título de un famoso comentario del libro del Exodo, y da ciertamente una de sus claves. Es sobre todo una de las claves del relato de las plagas. En efecto, estas claves las descubrimos en los estribillos que van repitiéndose a lo largo del relato. Y uno de esos estribillos es éste: «Deja salir a mi pueblo para que me dé culto» (7,16. 26; 8,4.16.23; 9,1.13; 10,3.24).

Por lo demás, este tema ya lo habíamos encontrado antes del relato de las plagas (3,12.18; 5,1) y nos da el sentido y la finalidad de la liberación que Dios va a realizar en favor de su pueblo.

Ante todo, es preciso notar que la palabra que se suele traducir por «dar culto» es literalmente «servir». «Servir a Dios» es una fórmula muy frecuente en la Biblia que significa «darle culto en la liturgia» (Ex 10,26; 12,25-26; 13,5 etc.), pero también indica un compromiso del hombre en todas las acciones de la vida, hasta el punto de que en el libro del Deuteronomio «servir a Dios» es precisamente sinónimo de «temerle», «amarle», «obedecerle», «seguirle» «con todo el corazón» (Dt 6,13; 10,13. 20; 28,47-48). Así, el «servicio de Dios» es un conjunto de disposiciones del corazón y del espíritu, de todo el hombre, una actitud y una vida animada por una fe profunda que encuentra su expresión más alta y más elocuente en el culto, pero que compromete la existencia entera en el don de sí, la dedicación a Dios, la obediencia a Dios, la fidelidad a Él y el cumplimiento de sus mandamientos.

Pues bien, la acción liberadora de Dios para con su pueblo tiene este fin. La liberación no es un fin en sí misma. Su fin es servir al Señor. Se puede decir que la libertad no es un valor absoluto. La liberación «de» algo produce una situación de libertad; pero esta libertad no es un fin en sí misma: es libertad «para» algo.

En el fondo, Israel, lo único que hace es cambiar de dueño. Del dominio del Faraón, que esclaviza, oprime y degrada, al dominio del Señor, que libera y dignifica. De la servidumbre impuesta tiránicamente al servicio voluntario y gozoso.

Importante esta enseñanza del libro del Éxodo. Sobre todo en un mundo que tanto cacarea la palabra libertad. Una libertad que no conduce al servicio de Dios (y de los hombres) acaba en la mayor de las esclavitudes: hace al hombre presa de sus propios egoísmos. Sólo en el servicio -que es entrega y donación de sí- a Dios y a los hombres puede el hombre realizarse como hombre.

El Nuevo Testamento lo explicitará aún más: «Erais esclavos del pecado… Pero al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad, y el fin es la vida eterna…» (Rom 6,20-23 y todo el capítulo). «Ninguno vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor. Si morimos, morimos para el Señor. Ya vivamos, ya muramos, del Señor somos. Para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos» (Rom 14,7-9). «Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud» (Gal 5,1). «Habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Gal 5,13).

«Sabrán que soy el Señor»

Ya en Ex 6,7 habíamos encontrado esta expresión: «Sabréis que Yo soy el Señor, vuestro Dios, que os sacaré de la esclavitud de Egipto». Pero en este texto se refería al pueblo de Israel. Sin embargo, en el relato de las plagas la expresión se refiere al Faraón y al pueblo de Egipto.

Leemos ya al inicio del capítulo 7: «Los egipcios reconocerán que Yo soy el Señor, cuando extienda mi mano sobre Egipto y saque de en medio de ellos a los hijos de Israel» (7,5). Y el estribillo se repetirá varias veces a lo largo del relato de las plagas (Ex 7,17; 8,18; 10,2).

En efecto, encontramos en estas palabras otra de las claves del relato de las plagas. Dios tiene pendiente responder al desafío lanzado por el Faraón: «¿Quién es el Señor para que yo escuche su voz y deje salir a Israel? No conozco al Señor ni dejaré salir a Israel» (Ex 5,2). Dios tiene que demostrar que existe, y que actúa, y que tiene poder. Está en juego su gloria, su honor (cfr. Is 42,8; 48,11: «Yo soy el Señor, y mi gloria no la cedo a nadie»).

Pues bien, ésta es una de las finalidades de las plagas: Dios debe hacerse reconocer como Señor. Hasta ahora sólo ha habido palabras, las que Él ha dirigido al Faraón a través de Moisés. Pero las palabras no bastan. Deben hablar los hechos. Sólo ellos podrán demostrar realmente y eficazmente que las pretensiones de Dios son justas.

Esto nos lo atestiguan las palabras que la Biblia usa para designar estas acciones de Dios: signos y prodigios (Éx 3,20; 4,21; 7,3 etc). La palabra que se traduce por «prodigios» significa algo sorprendente, no corriente, que es a la vez una advertencia, un presagio. Y la que se traduce por «signos» designa muchas veces en la Biblia algo que revela la presencia y la acción de Dios; es lo que permite reconocer a alguien o algo.

De hecho, las tres primeras plagas manifiestan que el Señor existe y muestra su poder en Egipto (Ex 7,17; 8,6), que tiene poder sobre el Nilo y sobre el suelo de Egipto (incluso los magos acaban reconociendo el poder de Dios: Ex 8,15). La segunda serie (4, 5 y 6) demuestra el poder de Dios sobre la vida humana y animal: Dios es el Señor de la vida y de la muerte (en la 6ª plaga los mismos magos son heridos y deben desaparecer: la sabiduría de Egipto no puede nada contra Dios y los que deben defender a su país contra las fuerzas de la muerte están ellos mismos bajo el poder de la enfermedad y la muerte). Finalmente, el carácter único de las plagas 7, 8 y 9 (Ex 9,18.24; 10,6.14.23).

Muestra el carácter único de su autor, el Señor de Israel (Ex 9,14.16.29; 10,2): Dios es el único Señor del universo (Ex 9,29) y su poder es único, sin parangón (Ex 9,14.16); incluso algunos egipcios escuchan a Moisés más que al Faraón, porque «temen al Señor» (Ex 9,20-21), y le aconsejan al Faraón ceder (Ex 10,7).

Por consiguiente, Dios se hace conocer con este elocuente lenguaje de los hechos. Demuestra que no hay nadie comparable a Él (Ex 8,6; 9,14), que «su brazo» es invencible (Ex 7,5; 9,3). Los hechos han hablado. Dios ha revelado claramente quién es. Los israelitas (Ex 6,7) y los egipcios (Ex 7,5) han podido conocer por experiencia su grandeza, su poder, su señorío. Y es que cuando Dios actúa no se queda en discursos vacíos, sino que demuestra el esplendoroso poder de su Espíritu (cfr. 1Cor 2,4)…

Una llamada a la conversión

Sin embargo, hay más. Dios se da a conocer mediante signos y prodigios que permiten experimentar su presencia y su poder. Pero ya vimos en Ex 5,2 que las palabras del Faraón «no conozco al Señor» no significan «no tengo noticia de Él», sino «no quiero reconocerle a Él, no le reconozco poder alguno sobre mí». Pues bien, de igual manera la fórmula «conocerán que soy el Señor» significa «me reconocerán como el único y verdadero Señor, se someterán a mí». Mediante las plagas Dios no sólo busca manifestar quién es y ser conocido, sino ser reconocido y aceptado conforme a lo que es. Si es el Señor debe ser reconocido como Señor y el hombre debe relacionarse con Él como Señor y actuar en consecuencia.

Con otras palabras, las plagas son también una llamada a la conversión. Lo ponen de relieve -como hemos visto- los términos usados: «prodigios» (algo sorprendente que sirve de advertencia) y «signos» (lo que permite conocer y detectar a alguien o algo). Y lo pone de relieve todo el relato.

En efecto, lo mismo que en los profetas, las plagas constituyen la «lección» de los hechos. Es significativo, por ejemplo, el texto de Amós 4,6-12; Dios ha enviado diversas plagas a su pueblo (carestía, sequía, peste, incendio…), pero después de cada plaga termina: «Pero vosotros no habéis vuelto a mí»: los israelitas, dice el profeta, deberían haber «comprendido» el lenguaje de Dios en aquellos acontecimientos, que son signos, advertencias, «lecciones». Pero como no se han convertido, sino que se han endurecido, deben prepararse para el castigo.

Pues bien, en el relato Ex 7-11 los infortunios del país de Egipto han de ser comprendidos como mensaje de Dios que invita a cambiar de actitud, a reconocer que Él es efectivamente el Señor. De hecho, vemos que algunos egipcios captan este mensaje y llegan a «temer el Señor» (Ex 9,20), con el profundo sentido religioso de esta expresión que es un verdadero reconocimiento del señorío de Dios y una sumisión a sus planes expresados en su palabra. Incluso los magos llegan a reconocer su poder: «Es el dedo de Dios» (Ex 8,15), expresión que significa que esas acciones son humanamente inexplicables y han de ser atribuidas a Dios.

Pero el que, como el Faraón, no quiere reconocer a Dios (Ex 5,2) y no le teme (Ex 9,30), porque «endurece su corazón» (Ex 8,15), tendrá que reconocerle a la fuerza, en el castigo decisivo (cap. 14), pero ya demasiado tarde para él.

En efecto, Dios no sólo quiere «vencer», sino ser reconocido, incluso por los adversarios («sabrán los egipcios que yo soy el Señor»). Los que lo reconozcan y lo acepten experimentarán su salvación; los que no hagan caso de su palabra y rehusen someterse experimentarán que la situación se hace más dura y el castigo más intenso (en el lenguaje de Am 4,12; 5,16-18 tendrán que «prepararse a encontrar a Dios» en catástrofes decisivas).

Esto es lo que ponen de relieve las plagas 9 y 10. La oposición luz-tinieblas en la plaga 9 es un signo claro del juicio que viene: luz, vida para Israel (Ex 10,23b), y las tinieblas, muerte para Egipto (cfr. los presentimientos de los siervos del Faraón en Ex 10,7 y del propio Faraón en Ex 10,17). La obstinación del Faraón en no reconocer al Señor y el rechazo de los signos que Dios le va poniendo delante le colocan cada vez más del lado de la muerte. Sigue empeñado en autoafirmarse como dueño y señor y se hunde en la mentira y en el fracaso total. No reconoce la realidad: sólo Dios es el Señor y a Él hay que someterse acatando su poder soberano. La ruptura del diálogo entre Faraón y Moisés (Ex 11,8.10) significa la ruptura del diálogo entre Faraón y Dios, y con ello Faraón entra de una manera consciente y deliberada en el mundo de la muerte, significada por la muerte de los primogénitos y el «gran alarido» (Ex 11,6).

El endurecimiento del Faraón

Frente a esta llamada a cambiar de actitud, a reconocer a Dios como Señor, a someterse a Él y a no erigirse a sí mismo en «dios», Faraón se obstina. Lejos de reconocer su condición de criatura, pequeña y frágil, «planta cara» a Dios. No hace caso del lenguaje de los hechos, que va poniendo de relieve de forma cada vez más evidente que Dios es el único Dueño y Señor de todos y de todo.

Esto es lo que pone de relieve el estribillo ampliamente repetido «el Faraón endureció su corazón» (Ex 7,13.14.22; 8,11.15.28; 9,7.35). El «corazón entiende» (Dt 29,3; Is 6,10); es la sede de los sentimientos, pero sobre todo de las decisiones. Por consiguiente, al decir que «Faraón endureció el corazón» la Biblia está afirmando una opción personal plenamente consciente y voluntaria. El propio Faraón es el sujeto de esta obstinación. En los diversos «signos» (las plagas) ha tenido otras tantas oportunidades de reconocer sus límites y aceptar el señorío de Dios. Sin embargo, deliberadamente se ha ido afianzando en el rechazo de Dios.

El desenlace final (c. 14) no será un castigo arbitrario o vengativo de Dios contra el Faraón. Será más bien la consecuencia lógica e inevitable de la postura que él ha tomado y mantenido. Su soberbia y autosuficiencia le han cegado y se niega a aceptar la realidad de las cosas. Al rechazar a Dios y sus repetidos mensajes, él mismo se encierra en el reino de la muerte de manera cada vez más obstinada hasta que su situación se haga irreversible.

En este sentido, el Faraón aparece como símbolo de los poderes del mundo que se yerguen contra Dios. Ayer como hoy, estos poderes han negado al Señor y han pretendido quitarle de en medio usurpando su puesto. Es la postura de Satanás (a quien la Escritura designa como «el Adversario», Job 1,6; Ap 12,10, y el «Príncipe de este mundo», Jn 12,31) y de sus secuaces. Su actitud insolente, endurecida, calculadora, sorda a las advertencias de Dios, no impedirá que antes o después se ponga de relieve su absoluta inconsistencia y lo infundado de sus pretensiones. Su ruina definitiva resaltará el poder absoluto y soberano del único Señor (cfr. 2Tes 2,3-8; Ap 13,1-10; 19,11-21). La historia antigua y reciente lo demuestra…

Sin embargo, lo que más sorprende en el asunto del endurecimiento del Faraón es que en otro buen número de textos (Ex 4,21; 7,3; 9,12; 10,1.20.27; 11,10; 14,17) se atribuye a Dios: «el Señor endureció el corazón de Faraón». Con ello no se quita nada a la libertad del Faraón (que como hemos visto, queda claramente subrayada), pero se pone de relieve otro aspecto del misterio: el Señor no es ajeno a este endurecimiento.

La Biblia nos dice que sólo Dios tiene acceso al corazón del hombre para conocerlo e influir en él (Jr 17,9-10). Afirmar que «el Señor endureció el corazón del Faraón» significa no sólo que Dios ha previsto su rechazo (Ex 3,19) sino que Dios manda incluso en el corazón del Faraón cuando éste le rechaza. El Señorío de Dios es absoluto. Todo sucede según sus previsiones. Nada escapa a su omnisciencia y a su omnipotencia. Para Él no hay sorpresa. El mismo rechazo del Faraón forma parte de su plan, está bajo el dominio de su soberanía absoluta de Señor de la historia.

Con ello el texto bíblico toca el misterio de la relación entre la acción de Dios y la del hombre. Llega hasta donde se puede llegar. Dice lo más que se puede decir. Pero subrayando la acción de Dios. Evidentemente hay que excluir que Dios sea «causa» del mal, que Él provoque el rechazo del Faraón. Pero la Biblia afirma hasta el máximo la intervención de Dios. Nosotros nos asustamos en seguida porque parece que eso anula la libertad del hombre. Hay que partir de que se trata de un misterio, que no podemos comprender -y menos expresar- adecuadamente. Pero si hay peligro de hablar de modo que parezca anulada la libertad del hombre, no es menor el peligro de minimizar la acción de Dios, reduciéndole a mero espectador de las decisiones y actuaciones de los hombres. Espontáneamente nos parece que si el hombre es libre Dios no debe intervenir y que si interviene bloquea la libertad del hombre. Sin embargo, la realidad es que Dios interviene en el decidir y en el actuar del hombre… sin violentar su libertad. ¿Cómo? Ahí está precisamente el misterio.

Por lo demás, el texto bíblico indica que este endurecimiento del Faraón tiene una función en el plan de Dios: «Multiplicaré mis señales y prodigios en el país de Egipto» (Ex 7,3). O como dirá más explícitamente en el momento de la partida: «Yo manifestaré mi gloria a costa de Faraón y de todo su ejército» (Ex 14,4). Los obstáculos, y de modo particular esta pertinaz resistencia del Faraón, van a permitir que el Señor manifieste más patentemente su gloria, es decir, su calidad de Dios. A mayores dificultades, mayores prodigios realizará, unos prodigios caracterizados por ser propios y exclusivos de Dios. Los obstáculos no sólo están «permitidos» por Dios, sino que forman parte positiva de su plan. Dios cuenta positivamente con ellos dentro de su plan total y de hecho van a ser la ocasión de que Dios, manifieste más nítidamente su gloria. Del mismo modo, San Pablo subraya que el pecado de Adán y sus consecuencias han sido la ocasión para que el nuevo Adán, Cristo, manifestase más elocuente y palpablemente su grandeza, su poder, su misericordia (Rom 5,12-21).

La palabra del Señor se cumple

Otro de los estribillos que se repiten en la historia de las plagas es que todo sucede «como había dicho el Señor» (Ex 7,13.22; 8,11.15; 9,12.35). Y también: «Cumplió el Señor su palabra» (Ex 9,6).

En efecto, la resistencia del Faraón no sólo había puesto en duda el poder y el Señorío de Dios, sino su veracidad y su fidelidad. Sus reiteradas promesas a Moisés en los capítulos 3-6, ¿caerán en el vacío?.

El relato de las plagas nos muestra que la palabra del Señor se cumple siempre. Como dirá Jos 21,45: «No falló una sola de todas las espléndidas promesas que el Señor había hecho a la casa de Israel. Todo se cumplió». Dios es infinitamente veraz y absolutamente fiel a la palabra dada. Su palabra, que es expresión de sus planes, se cumple siempre (Is 40,8). Al Señor no se le puede achacar que una cosa es lo que dice y otra lo que hace (cfr. Mt 23,3). En frase feliz de Santa Teresa, «su querer es obra». Su palabra se cumple siempre. Más aún, no puede dejar de cumplirse; no sólo porque es fiel a sí mismo, sino porque siendo su palabra participación y expresión de su poder infinito, esta palabra es infinitamente eficaz: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,10-11). Vale la pena fiarse del Señor y de su palabra…

Un Dios providente

Ahora al final de este comentario de las plagas, estamos en mejores condiciones de afrontar la cuestión de su historicidad. Nunca sabremos con exactitud lo que pasó (y lo mismo podemos decir de la «salida» de Egipto, del paso del Mar Rojo…) No nos han quedado filmados estos acontecimientos. Pero tampoco hacía falta.

Ya hemos indicado que al autor sagrado le interesa la perspectiva de Dios, la lectura creyente de los acontecimientos. Pues bien, los estudiosos suelen decir que la mayoría de estos prodigios o plagas eran fenómenos naturales conocidos sobradamente en Egipto (sólo el granizo parece raro en Egipto). Por tanto, no hay que pensar en milagros en sentido estricto. Pero tampoco eso quiere decir que estos hechos sean inventados por los autores sagrados o artificialmente atribuidos a Dios.

Se trata más bien de otra cosa. Las plagas son intervenciones reales de Dios. Pero no aparatosas. Forman parte de su providencia ordinaria. Lo cual es muy iluminador para nosotros. Porque también aquí -como en el tema de la acción de Dios y la libertad del hombre- tendemos a separar y a contraponer. Parece que si son fenómenos naturales, originados según determinadas leyes físicas, ahí Dios no interviene. Sin embargo, las cosas son muy distintas, y el pueblo de Israel lo captaba perfectamente. La mirada de fe les llevaba a penetrar los hechos «naturales» para detectar una presencia oculta e invisible: la de un Dios que guía y gobierna todo, y no aparatosamente, sino según las leyes y los ritmos que Él mismo ha establecido. Pero no se desentiende de su creación, ni de su pueblo, sino que actúa realmente, eficazmente, discretamente, de una manera que sólo descubre el que mira las cosas con fe.

En esos fenómenos «naturales» encadenados, el pueblo de Israel ha sabido descubrir «la mano del Señor» que actuaba en favor suyo. Ha reconocido la acción de un Dios providente que vela amorosamente por su pueblo. «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de aquellos que han sido llamados según su designio» (Rom 8,28). ¡Magnífica lección para nuestra mentalidad tan naturalista y secularizada!.

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