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El Israel Espiritual

Julio Alonso Ampuero
9 abril 2008
Sección: Antiguo Testamento

Tras la vuelta del exilio el pueblo de Israel deja sus ilusiones nacionalistas para convertirse en una comunidad religiosa en torno a la ley, el templo y el sacerdocio.  De hecho, a excepción del breve periodo de independencia bajo los asmoneos (163-67 a.C.), Palestina estará siempre a merced de los dueños de turno.

1.- Datos históricos

Los datos que nos ofrece la Biblia sobre el periodo que abarca desde el decreto de Ciro permitiendo la vuelta de los desterrados a Jerusalén (538 a.C.) hasta la época del Nuevo Testamento es bastante escasa. Se limita a algunos periodos privilegiados.

El año 539 el imperio babilónico cae ante el empuje del joven imperio persa. Inmediatamente (538) su emperador Ciro publica un edicto permitiendo a los judíos volver a su patria (Esd. 1,2-4). Muchos prefieren quedarse en Babilonia, donde ya estaban instalados. Algunos deciden regresar, pero encuentran muchas dificultades para instalarse, debido a que los habitantes anteriores se sienten perjudicados.

Se comienza la reconstrucción del templo, pero surgen las dificultades y cunde el desaliento. Sólo bajo el impulso de los profetas Ageo (520) y Zacarías (520-518) se culmina dicha reconstrucción. Por otra parte, Zacarías centra la promesa sobre el Sumo Sacerdote Josué dando predominio a la dimensión religiosa sobre la político-nacional (al principio habían existido ilusiones de restauración nacional con Zorobabel, de la familia de David, pero desaparecen con su muerte y las numerosas dificultades de los repatriados).

Tras la reconstrucción del templo existe una situación de moralidad degradada (Mal. 1-3). Es entonces cuando llega a Jerusalén Nehemías como gobernador (445-443) con el encargo de reconstruir la muralla de la ciudad, cosa que logra a pesar de la oposición (Neh. 4,12-23). Además realiza una profunda reforma religiosa rigorista y para apoyarla es enviado Esdras, «sacerdote escriba» (428); con permiso del rey persa, da a los judíos la ley del Dios Altísimo como su estatuto jurídico (Esd. 7,12-26).

También al imperio persa le llegaría su fin con la conquista relámpago de Alejandro Magno (340-326). Pero como éste muere pronto y su imperio se reparte entre sus cuatro generales, Palestina queda al principio bajo los ptolomeos de Egipto. Es disputada por su condición de lugar de paso y, tras un siglo de pacífico dominio egipcio, queda bajo el control de los seléucidas de Siria.

El enfrentamiento entre la comunidad judía y la cultura griega era inevitable antes o después. La crisis salta con Antioco IV Epífanes, empeñado en helenizar su reino. Necesitado, además, de recursos económicos, saquea el templo de Jerusalén llevándose sus tesoros y objetos sagrados y dicta una serie de medidas vejatorias contra la comunidad judía (deroga la ley judía, establece la pena de muerte por la circuncisión y la observancia del sábado, coloca una estatua de Zeus en el templo de Jerusalén).

Ante esto, los judíos fieles reaccionan con el martirio (algunos prefieren la muerte antes que traicionar sus creencias) o con la rebelión armada. Esta, iniciada por Matatías y continuada por sus hijos, especialmente Judas el Macabeo, logra la liberación del territorio y la independencia nacional, estableciendo la dinastía de los asmoneos, que reina cerca de un siglo (163-67 a.C.).

Los asmoneos establecerán una serie de luchas por la sucesión en el trono que provocarán la intervención de Roma. El año 63 a.C. Pompeyo conquista Jerusalén, y Roma se hace dueña de Palestina. En adelante el reino de Judea dependerá del capricho o del interés de Roma; de hecho, el año 37 llegará al trono un extranjero, Herodes, con el que llegamos a la época de Jesús.

2.- Templo, sacerdocio y Ley

Convertido en Comunidad religiosa, Israel va a tener a partir de ahora estos tres pilares. Conscientes de que Yahveh ha realizado con ellos un nuevo éxodo superando las maravillas antiguas (Is. 43,19-20), los repatriados se saben «el resto» predicho por los profetas en el que continúa la promesa de salvación de Dios sobre su pueblo.

La reconstrucción del templo de Jerusalén es un gran signo de esperanza: Yahveh garantiza de nuevo su presencia protectora en medio de su pueblo. Aunque este templo es pobre en comparación con el de Salomón, no por ello es menos glorioso al estar santificado por la presencia del Señor (Ez. 43; Ag. 2,1-9; Zac. 2,10-17). Al celebrar la pascua (Esd. 6,16-22) se empalma con el acontecimiento fundante de Israel y Yahveh ratifica su alianza («serán mi pueblo y yo seré su Dios»: Zac,8,8), hasta el punto de que Jerusalén será el centro hacia el que peregrinarán todos los pueblos en busca de la salvación, como profetiza el tercer Isaías exigiendo al mismo tiempo la conversión (Is. 56-66).

Este pueblo sacerdotal o asamblea Santa (cfr. Ex. 19,6) es guiado por los sacerdotes que aseguran el servicio del culto a Yahveh en el templo ofreciendo en nombre del pueblo oblaciones de acción de gracias, holocaustos y sacrificios de expiación por los pecados (cfr. Lev. 1-7). Con su minucioso ceremonial y sus purificaciones rituales inculcan en el pueblo el respeto al Dios Santo. Además, dirigen la oración y bendicen al pueblo (Eclo. 45,19) con la bendición sacerdotal (Núm. 6,24-27). Nehemías 9 es un ejemplo de esta oración comunitaria.

El Pentateuco, probablemente completo en esta época como estatuto jurídico, se convierte en la Ley del pueblo de Dios. Como expresión de la voluntad santa de Dios, la Ley se venera, se medita y se ama (Sal. 119) y se convierte en el centro de la vida religiosa de Israel. En este sentido es emblemático el gesto de Esdras al leer pública y solemnemente la Ley (Neh. 8); el pueblo empalma con sus orígenes y renueva la alianza instaurando la fiesta de los tabernáculos.

Al principio, los sacerdotes explican la Ley en las reuniones litúrgicas (cfr. Jer 18,18). Pero en este período surge una nueva figura: el escriba. Hombre dedicado a escudriñar la Ley día y noche y a dilucidar su aplicación a los distintos casos que la vida presenta, se convierte en guía de la comunidad, que acude a él en busca de orientación.

3.- Fidelidad a la ley hasta el martirio

Un caso concreto de esta fidelidad a la Ley es la que aparece en algunos israelitas piadosos con ocasión de la persecución de Antíoco IV (2Mac. 7): prefieren dejarse matar antes que renegar de la ley santa de Dios.

A ello exhorta también el libro de Daniel, escrito precisamente en la época macabea (hacia el 164 a.C.), presentando el ejemplo de fidelidad de este joven y sus compañeros ante las amenazas de Nabucodonosor (en quien se alude a Antíoco IV); prefieren la muerte antes que obedecer las órdenes del rey, pero son librados de ella por la intervención de Dios, mientras que sus enemigos son castigados (Dan. 1-6). A la vez el libro anuncia la restauración del reino de Dios, a pesar de la oposición de sus enemigos, por obra de un «hijo de hombre» de origen celestial (Dan. 7,13-22).

Esta actitud martirial resulta posible porque se ha afianzado en Israel la doctrina de la inmortalidad del alma y la retribución realizada en una vida ultraterrena. Esta fe aparece expresada claramente en dos libros de origen judío escritos en ambiente griego: los Macabeos y el libro de la Sabiduría (Alejandría, entre el 80 y el 50 a.C.).

La rebelión macabea, a pesar de la ambigüedad de sus motivaciones, es también una nueva experiencia de la intervención de Yahveh en favor de su pueblo, defendiendo a su comunidad contra toda esperanza, cuando todo parece estar en contra. El pueblo lo expresa con la purificación del templo y la fiesta que se instituye con ese motivo (cfr. 1Mac. 4,36-60; 2Mac. 10,1-8).

Por otra parte, la helenización tiene otras consecuencias ventajosas, como la traducción de la Biblia hebrea al griego (conocida con el nombre de los LXX), con lo que el mensaje bíblico se abre a nuevas posibilidades de comunicación.

4.- Los sabios de Israel

Además de los sacerdotes y escribas, encontramos a los sabios como guías espirituales del pueblo de Dios. Aunque en Israel la sabiduría aparece con la monarquía –el prototipo de sabio es Salomón, 1Re. 5,9-14-, es en esta época cuando llega a su esplendor.

Sabios ha habido en muchos pueblos de la antigüedad, destacando sobre todo en Egipto y Babilonia. Su sabiduría era de orden práctico, arrancando de la experiencia y de la reflexión sobre el mundo y sobre la conducta humana y orientada a formar individuos capaces de comportarse correctamente en la vida. La sabiduría bíblica absorbió sin duda ciertos elementos de la sabiduría extranjera, pero tiene una fisonomía propia y distinta por el hecho de arrancar de la fe en Yahveh y contener una moral profundamente religiosa.

El sabio israelita es un hombre prudente y reflexivo, interesado por la educación del pueblo y de la juventud y despuntando como consejero (Jer. 18,18). El sabio no impone sus enseñanzas, sino que las propone suavemente con objeto de persuadir y de convertir la enseñanza en convicción personal; dirige sus consejos a quienes los solicitan o los aceptan y suele hacerlo de manera impersonal, a veces interrogativa, para avivar la curiosidad del interlocutor obligándole a la reflexión. Podemos destacar tres rasgos:

- el sabio tiene un gran sentido de la realidad, propio del hombre de buen criterio que observa y reflexiona y cuyas observaciones son concretas y pertinentes (ver, por ejemplo, Prov. 15,12; 20,14; 22,13).

- tiene una fe viva en el Dios sabio, omnisciente y omnipotente; por eso, además de la experiencia, medita día y noche la ley del Señor (Sal. 1,2) y se es fuerza en descubrir la sabiduría divina manifestada en la creación y en la historia del pueblo de Dios (Sab. 10-19). No se trata de una moral laica (Prov. 15,16; 16,9) y la clave y fuente de toda sabiduría está en el temor del Señor (Eclo. 1,1-10; Sab. 9,1-18; Prov. 2,5-8).

- transmite una visión de la vida que repercute en la conducta cotidiana del hombre; el sabio no sólo juzga el mundo a la luz de la fe, sino que ofrece innumerables consejos prácticos que ayudan a vivir; realiza una especie de humanismo religioso que, por medio de la observación y la reflexión religiosa, vivifica todos los valores humanos desde la fe y desde la sabiduría divina; en efecto, toda sabiduría del hombre consiste en imitar a Dios y en ser fiel a la ley (cfr. el retrato del escriba hecho por Ben Sira: Eclo. 39,1-11).

He aquí los principales escritos de los sabios en este periodo:

+Proverbios. Es la colección de textos sapienciales más antiguos. Recibe este nombre por las numerosas sentencias que contiene y que suponen muchos siglos de tradición; fue recopilado el 480 a.C. por un autor anónimo que escribió un magnífico prólogo doctrinal sobre la sabiduría (c.1-9). El libro enuncia los medios para conseguir la felicidad, que depende esencialmente de la rectitud moral y de la correcta relación del hombre con Dios (el «temor del Señor»: respeto religioso, sumisión a Dios y obediencia a sus mandatos).

+Job. Este libro, escrito hacia el 450 a.C. plantea el problema del sufrimiento del justo. Un hombre de excepcional bondad, del cual dice el mismo Yahveh que «no hay otro como él en la tierra» (1,8), se ve sumido en la desgracia total. Se pone en tela de juicio el principio de la retribución temporal, según el cual al justo le va bien en este mundo. Después de una serie de diálogos que ponen de relieve lo desconcertante del misterio para la inteligencia humana, el libro llega a la conclusión de que el hombre, incapaz de comprender las maravillas de la naturaleza, impotente para penetrar las sendas de Dios, debe someterse y adorar la sabiduría divina. El sufrimiento humano es un misterio que Dios conoce pero que el hombre no alcanza; el dolor tiene un sentido -desconocido para el hombre- que no contradice la infinita bondad y justicia de Dios.

+Eclesiastés (Qohélet). Hacia el 250 a.C. un hombre con experiencia escribe el fruto de sus reflexiones. Afirma de manera absolutamente clara y tajante que no ha encontrado la felicidad en nada de este mundo y atestigua la vanidad de los placeres, de las riquezas, de la ciencia y de los esfuerzos humanos (1,2-3). No es que menosprecie las alegrías honestas, pero las juzga incapaces de satisfacer las más profundas aspiraciones del corazón humano. Al subrayar lo precario e insatisfactorio de todo lo terreno está preparando la revelación de la existencia del más allá.

+Eclesiástico. (Sirácida). Hacia el 190 a.C. Jesús Ben Sirá, convencido de que la auténtica Sabiduría radica en Israel, compone una especie de «manual de conducta moral» capaz de hacer atractiva la ley judía para los espíritus helénicos que se dejaban seducir por el refinamiento de la civilización pagana. El libro contiene dos partes, la primera con consejos de moral y pecados que han de evitarse (c. 1-42), la segunda un elogio de las obras del Señor y de los justos de Israel (c. 42-50).

+Sabiduría. Este libro, escrito en griego, probablemente en Alejandría, entre el 100 y el 50 a.C., afirma claramente la inmortalidad del alma (Sab. 3,1-8; cfr. Dan. 12,2-3; 2Mac. 7,9). A la vez pretende demostrar la superioridad de la sabiduría israelita, revelada por Dios, sobre la filosofía pagana.

La reflexión sapiencial, al presentar a la sabiduría como personificada e incluso preexistente junto a Dios (Prov. 1-2; Eclo. 24; Sab. 6-9), prepara el camino a la revelación de Cristo; en efecto, Jesús no sólo aparecerá lleno de sabiduría (Mt. 12,42) sino que Él mismo es la Sabiduría (1Cor. 1,24), la Palabra que estaba junto al Padre y se nos manifestó (Jn.1).

5.- Los pobres de Yahveh

Durante este periodo de la historia de Israel va decantándose en el seno de la comunidad un grupo, los anawim o pobres de Yahveh, que son como el alma de dicha comunidad. Ellos son los que en el pueblo de Dios mantuvieron firme y pura la esperanza en la salvación por obra de Yahveh sin mezclarla con ambiciones materiales o nacionalistas. La esperanza de los anawim penetra en el Nuevo Testamento, acogiendo la salvación tal como Dios la envía, por caminos tan distintos de los que el pueblo soñaba.

Sofonías, hacia el 630 a.C., había sido el primero en utilizar el lenguaje de la pobreza en el sentido religioso (Sof. 2,3; 3,11-13). En este sentido el pobre se identifica con el humilde y la pobreza con la apertura a Dios, el ansia de Dios, la confianza en Él, la fidelidad a su alianza. También Jeremías había vivido esta actitud del pobre: las persecuciones de que fue objeto con tanta crudeza le llevaron a la confianza y al abandono en Yahveh (Jer. 20,11-13). En la época del exilio aparece la figura del Siervo de Yahveh (Is. 42,1-7; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12), el pobre de Dios por excelencia, que será causa de salvación para todos los pueblos. Finalmente, la figura de Job, hacia mediados del siglo V a.C., delinea perfectamente la figura del pobre: siendo inocente, ha perdido todos sus bienes, sufre en su carne y en sus afectos; renunciando a reivindicar su inocencia ante Yahveh, acepta en silencio, humildemente, su dolorosa condición con fe absoluta en la santidad y la justicia del Señor (Job 42,2-6).

Según esto, se pueden indicar algunas características de los pobres de Yahveh, esa comunidad forjada en la miseria y en el sufrimiento que fue el origen de la restauración y renovación religiosa de Israel (cfr. también Sal. 22; 35; 55; Eclo. 51,1-12; Lam. 3,1-66):

a) la pobreza real o sus equivalentes (enfermedad, persecución, horfandad, destierro..); en definitiva, pobre es aquel a quien le han fallado las seguridades humanas, que experimenta la indigencia en sus múltiples manifestaciones, que siente además la incapacidad para salir de su situación y se encuentra aplastado bajo el peso del dolor.

b) la actitud de humildad: la experiencia de humillación le ha hecho humilde; el sufrimiento le ha hecho experimentar su impotencia, su incapacidad para salvarse por sí mismo.

c) fe y confianza absolutas en Dios: la conciencia de su propia limitación impulsa al pobre a acudir confiado en busca de auxilio al único que puede dárselo. Y lo hace con una confianza sin límites, poniendo los ojos en el Señor y esperando de Él solo continuamente la salvación. La pobreza es la actitud de desnudez absoluta delante de Dios, de entrega plena y confiada en manos de Yahveh, en la esperanza y en la seguridad de que Él le salvará. Como, además, la máxima experiencia de miseria y de opresión es el pecado, la petición de salvación que hace el pobre de Yahveh va acompañada del reconocimiento de sus culpas y de la petición de perdón y conversión.

d) acogida de los débiles y pequeños : la experiencia personal de humillación hace al pobre de Yahveh sumamente comprensivo y solícito con todos aquellos que sufren pruebas semejantes.

Así entendida y vivida la pobreza es la actitud religiosa perfecta; en las antípodas del pretender «ser como Dios», el pobre pone en manos de Dios su salvación, en la certeza de que no le fallará aunque le conduzca por caminos desconcertantes e incomprensibles. Desprendido de sí mismo, la pobreza más radical, el hombre se encuentra con Dios y es su amigo. Por eso no es extraño que en este contexto germinase la expectativa mesiánica más pura: se espera un Mesías humilde (Zac. 9,9), amigo de los pequeños (Is. 11,4), que anunciará a los pobres la buena nueva de la salvación (Is 61,1-3).

Esta corriente empalma con el Nuevo Testamento y penetra en él. Pobres de Yahveh son el anciano Simeón, la profetisa Ana, Juan el Bautista… Sobre todo María, que resume en su corazón la inmensa espera de los anawim y su enorme deseo de acoger a Dios plenamente; ella recoge todos sus anhelos y aspiraciones y los manifiesta en el Magníficat, expresión perfecta del alma de los pobres de Yahveh. Más aún, el perfecto pobre de Yahveh es Jesús mismo, que colmado de sufrimientos se abandona enteramente en las manos de su Padre. Y este espíritu de los anawim, llevado a la perfección, es el que revela todo el Sermón de la montaña, consagrando de una vez por todas la pobreza como camino necesario para acoger el Reino de Dios: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt. 5,3).

6.- Textos principales

Proverbios 8,12-36; 19

Job 1-2; 38,1 -40,5

Eclesiastés 1,12 -2,26; 12,1-8

Eclesiástico 3,30-4,10; 24,1-34; 39,1-11; 48,1-11

Sabiduría 2,21 -3,12; 5,14-16; 9

Salmo 119

Sofonías 2,1.3; 3,11-20

Jeremías 20,7-13

Isaías 52,13 -53,12

Salmo 22

Lamentaciones 3

Mateo 5.3-12

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