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El difícil camino hacia la posesión de la tierra

Julio Alonso Ampuero
9 abril 2008
Sección: Antiguo Testamento

Liberado de la esclavitud y vinculado a Yahveh en alianza santa, el pueblo de Dios prosigue su camino. Ya antes de la Alianza (Éx. 15-18) el pueblo avanza por el desierto, y después de concluida proseguirá su peregrinación: 40 años -es decir, aproximadamente el tiempo de una generación- durará esta etapa de la historia de Israel.

Pero esta peregrinación tiene una meta: la Tierra que el Señor había prometido a los padres ya desde antiguo (Gén. 12,7; 17,8). Ambos hechos («el Señor nos condujo por el desierto»; «el Señor nos dio una tierra que mana leche y miel») serán en adelante parte esencial de la fe de Israel, es decir, de aquellos acontecimientos fundamentales en que los israelitas vieron claramente la mano de Yahveh actuando en su favor.

1.- Datos históricos

Acerca del largo período del desierto la Biblia no nos da con detalle y claridad el recorrido de los israelitas, interesada -como siempre- en descubrir el sentido religioso de esos hechos. Lo único que parece claro es que estas tribus -aglutinadas por la experiencia del Éxodo y de la alianza- intentan penetrar en Canaán por el Sur, pero son rechazadas; en consecuencia, se ven obligadas a permanecer bastante tiempo en el oasis de Cadés y a proseguir su peregrinación por el desierto dando diversos rodeos; finalmente entran en la Tierra prometida por el este a través del Jordán, frente a Jericó.

El momento histórico para la conquista de Canaán (hacia el 1250-1200 a. C.) era inmejorable, pues los grandes imperios estaban en plena decadencia: Egipto, después del esplendor del los Ramsés, había iniciado el letargo y Asiria aún no había levantado cabeza. Los habitantes de Canaán se encontraban establecidos en ciudades-estado independientes entre sí, incapaces de hacer causa común y de defenderse ante el empuje de las tribus nómadas que penetraban con entusiasmo y decisión.

Abundantes testimonios arqueológicos confirman que en la 2ª mitad del s. XIII a.C. hubo una invasión violenta por el este de Palestina. Pero a pesar de la guerra santa que practicaban, los israelitas no exterminaron ni mucho menos toda la población cananea; aun destruyendo varias ciudades fortificadas, gran parte de los habitante de Canaán fueron asimilados por Israel (cfr. el pacto de Jos. 24).

Según atestigua el libro de Josué, la conquista no fue fácil ni rápida. Después de tomar las ciudades de Jericó y Ay los cananeos se atemorizaron; los habitantes de Gabaón buscaron inmediatamente la paz, consiguiendo un tratado con los israelitas. Josué obtuvo una serie de victorias en el sur y luego se dirigió hacia el norte para derrotar a los aliados del rey de Jasor. Los israelitas lograron establecerse en el territorio conquistado, repartiéndolo entre las diversas tribus. A pesar de todo, los filisteos permanecieron en sus ciudades de la llanura costera y los cananeos seguían controlando muchas ciudades del interior. El libro de los Jueces es testigo de los frecuentes combates con estos vecinos incómodos y con los otros pueblos de alrededor (Moab, Amón, Madián…)

2.- La experiencia del desierto

Nada más vivir el acontecimiento de la liberación, el pueblo de Israel tienta a Dios quejándose de Él y protestando contra Él (Éx. 16,3;17,2-3). Los mismos que habían aclamado a Yahveh y exultado con su victoria (Éx. 15) ahora desconfían de Él, se rebelan contra sus planes.

Ciertamente el camino por el desierto es incómodo y difícil, pues se carece de todo; en medio de ese inmenso sequedal el pueblo se encuentra sin ayuda alguna, sin seguridad de ningún tipo. Pero precisamente entonces es cuando debían confiar plenamente en el auxilio de su Dios, que les había dado pruebas de su poder y de su protección. El desierto era una ocasión preciosa para experimentar la maravillosa providencia de Dios: «en el desierto…has visto que Yahveh tu Dios te llevaba como un hombre lleva a su hijo, a todo lo largo del camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar» (Dt. 1,31); Sin embargo, «ni aun así confiasteis en Yahveh vuestro Dios, que era el que os precedía en el camino y os buscaba lugar donde acampar, con el fuego durante la noche para alumbrar el camino que debíais seguir, y con la nube durante el día» (Dt. 1,32-33).

Después de la experiencia gozosa de la liberación, en que Israel ha palpado la mano de Dios que intervenía en su favor, las dificultades del desierto son una llamada a vivir de la de, es decir, a fiarse de ese Dios que les ha dado pruebas de su amor y de su poder, a confiar en que Yahveh que ha intervenido en su favor seguirá interviniendo. En este sentido el desierto es lugar de prueba, ocasión de fiarse de Yahveh cuando no se le ve, cuando aparecen las dificultades y se está al límite de las fuerzas (Dt. 8,2-6). En el desierto Israel es llamado a vivir en toda su profundidad la aventura de la fe.

De hecho, el pecado de Israel en el desierto es la falta de fe («en su palabra no tuvieron fe»: Sal. 106,24): se quejan de las dificultades del camino (Éx. 15,23-24) que Yahveh permite; desesperan de la ayuda de su Dios en el desierto (Éx. 16,3), le tientan (Éx. 17,2), dudan de Él (Éx. 17,4); se quedan en los hombres («vosotros nos habéis traído a este desierto»: Éx. 16,3; 17,3), cuando en realidad sólo son instrumentos de Dios (Éx. 16,8). Más aún, llegarán a pensar que Dios los ha sacado de Egipto «por odio», para entregarlos en manos de los amorreos y destruirlos (Dt. 1,27), cuando en realidad toda la intervención de Yahveh en su favor está motivada por el amor (Dt. 4,37; 7,8).

Comentando este pecado de Israel el Salmo 106 lo explicitará así: «no comprendieron tus prodigios, no se acordaron de tu inmenso amor, se rebelaron contra el Altísimo…, se olvidaron de sus obras, no tuvieron en cuenta su consejo…, a Dios tentaban…, olvidaban a Dios que les salvaba, al autor de cosas grandes en Egipto…, en su palabra no tuvieron fe, murmuraron…, no escucharon la voz de Yahveh…, le irritaron con su obras.»

Y después de la alianza continuará la misma obstinación e indocilidad, como testimonia el episodio del becerro de oro (Éx. 32): en lugar de fiarse ciegamente de un Dios al que no ven, prefieren hacerse un ídolo visible; intentan controlar y manipular a Dios en vez de someterse a Él y dejarse conducir por Él a través de los misteriosos caminos de la fe. Las tablas de la ley rotas por Moisés al pie de la montaña son el signo de una alianza que ha fracasado por el pecado y la incredulidad de Israel.

Debido al pecado de Israel el desierto toma en la tradición bíblica también el sentido de castigo; toda la generación pecadora perecerá en el desierto (Núm. 14,26-35). Y el mismo Moisés sólo verá la tierra prometida de lejos momentos antes de su muerte (Dt. 1,37; 3,23-28;34). El sufrimiento del desierto acaba sirviendo de expiación por el pecado y purificación del mismo. Por eso, cada vez que a lo largo de su historia Israel vuelva a pecar y a apartarse de Yahveh deberá ser conducido de nuevo al desierto (Os. 2,16) para ser purificado y poder así entrar de nuevo en la intimidad de su Dios.

3.- La Tierra, don y conquista

Si la experiencia del desierto subraya la infidelidad de Israel, también pone de relieve la fidelidad de Dios; a pesar de tanta obstinación e incredulidad por parte del pueblo, Yahveh cumple sus promesas: «Álzate ya, pues, y pasa ese Jordán, tú y tu pueblo, a la tierra que yo doy a los hijos de Israel» (Jos. 1,2). Es el cumplimiento del juramento hecho a los padres Abraham, Isaac y Jacob (Dt. 1,8).

Los hombres pasan, pero la historia de la salvación continúa. Moisés ya no está, ha muerto; pero el Señor, que «es el mismo ayer hoy y siempre» (cfr.Heb. 13,8), permanece con su pueblo. Él es el protagonista de toda intervención salvadora y por eso lleva adelante su plan de salvación. Si los instrumentos cambian o desaparecen, Él permanece. El mismo que eligió a Moisés y actuó a través de él (Éx. 3,12), ahora elige a Josué para seguir actuando su plan de salvación a través de él: «Lo mismo que estuve con Moisés estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré… Tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré dar a sus padres.» (Jos. 1,5-6).

Sabemos por el libro de los Jueces (cc.1-2) y por diversos pasajes del mismo libro de Josué que la conquista de Canaán fue lenta y laboriosa. Hubo que pelear con esfuerzo y sacrificio en situaciones notablemente arduas. Sin embargo, el estilo épico de los relatos acentúa con fuerza el poder de Yahveh. Él es el Señor de todo y toma por la fuerza la Tierra de Canaán para dársela a su pueblo elegido. Al lado de esta afirmación fundamental, los detalles de las batallas y medios humanos empleados interesan menos al autor sagrado; no los niega, pero va a lo esencial, y lo esencial es la acción de Dios: este pueblo, que lleno de fe en su Dios emprende la conquista y obtiene resultados que sobrepasan los medios puestos en juego, experimenta palpablemente la intervención de Dios en favor suyo. La tierra de Canaán será conquistada palmo a palmo, pero eso no será obstáculo para que en la fe Israel confiese con verdad que ha sido don de Dios: «Vosotros habéis visto todo lo que Yahveh vuestro Dios ha hecho en atención a vosotros con todos estos pueblos; pues Yahveh vuestro Dios era el que combatía por vosotros.» (Jos. 23,3).

Por lo demás, ciertos fracasos son interpretados como consecuencia de los pecados del pueblo (Jos. 7). Pues si el pueblo se aparta de su Dios y quebranta la alianza él mismo se acarrea la desgracia: «Si quebrantáis la alianza que Yahveh vuestro Dios os ha impuesto, si os vais a servir a otros dioses y os postráis ante ellos, la ira de Yahveh se encenderá contra vosotros y desapareceréis rápidamente de la espléndida tierra que os ha dado.» (Jos. 23,16).

Lo que queda en pie por encima de todo en el recorrido del desierto y en la conquista de la Tierra es la absoluta fidelidad de Yahveh a la palabra dada y a las promesas hechas: «Reconoced con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma que, de todas las promesas que Yahveh vuestro Dios había hecho en vuestro favor, no ha fallado ni una sola: todas se os han cumplido. Ni una sola ha fallado.» (Jos. 23,14). Y esta fidelidad es ratificada una vez más con la renovación de la alianza ya en posesión de la Tierra prometida (Jos. 24).

4.- Los cristianos, peregrinos hacia la Patria

Los Santos Padres han explotado abundantemente el tema del éxodo, del desierto y de la Tierra prometida, plenamente convencidos de que «todo aquello acontecía en figura y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos» (1Cor. 10,11).

Liberado de la esclavitud del pecado a través de las aguas del bautismo, el cristiano pasa a servir al Dios vivo y verdadero (1Tes. 1,9). Entrando en la Nueva alianza, sigue a Cristo, que -como nuevo Moisés- conduce al nuevo pueblo de Dios hacia la Tierra prometida, hacia la Patria del cielo, a través del desierto de este mundo.

El cristiano es por definición «extranjero y forastero» (1Pe. 2,11) en este mundo; se encuentra en él como en un destierro (1Pe. 1,17). En efecto, el cristiano es constitutivamente «ciudadano del cielo» (Fil. 3,20). Por eso tiende inconteniblemente a «las cosas de arriba» (Col. 3,1-2). Aspira a «una patria mejor, la celestial» (Heb. 11,16). Por eso es esencialmente peregrino, está de paso y no se instala en las realidades pasajeras de aquí abajo. Vive todo con profundo sentido de provisionalidad (1Cor. 7,29-31).

Mientras peregrina por este mundo experimenta como el pueblo de Israel, el cansancio, las dificultades, la tentación. Pero en el mismo desierto en que Israel fue tentado y pecó, Jesús es tentado y vence (Mt. 4,1-11). Y ahora Jesús es Jefe que lleva a la vida (Hech. 3,15) guía que conduce a la salvación (Heb. 2,10); a través del desierto de este mundo guía a los suyos alimentándolos con el maná de la Eucaristía y abrevándolos con el agua del Espíritu hasta conducirlos a la Casa del Padre; en medio de la pruebas y tentaciones Él mismo los cuida y protege como Buen Pastor (cfr. Sal. 23).

Israel fue experimentando que la Tierra de Canaán no era el verdadero descanso, pues las guerras y los enemigos turbaban su reposo y su felicidad. Por eso, los antiguos «murieron sin haber conseguido el objeto de las promesas, viéndolas y saludándolas desde lejos» (Heb. 11,13). A nosotros se nos ofrece «un cielo nuevo y una tierra nueva» en la que «ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas» (Ap. 21,1-2). Las condiciones para entrar en este perfecto y definitivo «descanso» son la fe viva en Cristo, el mantenerse firmes hasta el fin y el obedecer dócilmente a Cristo, el guía que nos conduce a ese descanso de la salvación plena y para siempre. (Heb. 3,7 – 4,11).

5.- Textos principales

Éxodo 16-17; 32-33

Números 11-14; 21

Deuteronomio 1-4

Josué 1-6

Salmos 77 y 94

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